Mi año de sexo y relajación 15
59%

15

El hijo de mi amiga Gaby se llama León, y durante la primera mitad de mi año de sexo y relajación tenía nueve años.

Crecimos juntos. Digo esto porque mientras él aprendía a hablar, yo aprendía a conocerme.

La vida en pareja es tan absorbente y cómoda que no hay tanto espacio para entender por qué es que eliges a las parejas que eliges, si también comerías pasta tres veces a la semana si vivieras sola, y de dónde viene la atracción a toda persona que pronuncie la «s» como «z».

Yo había estado en pareja casi sin respiro desde los veinte años.

Al separarme de mi exmarido comencé a vivir con Gaby y León, que por esos años recién tenía tres.

Nuestras piezas quedaban contiguas y a veces nos peleábamos como hermanos, a portazos, aunque yo tuviera treinta años más que él.

La verdad es que me cuesta relacionarme con los niños.

No los entiendo ni ellos a mí. Pareciera que les exijo algo que no pueden dar: madurez; ellos me exigen algo que no tengo ganas de dar: paciencia.

Por eso ser amiga de los pequeños del hogar nunca ha sido mi fuerte.

Prefiero hablar con los abuelos. Espero con calma a los hijos de mis amigas.

Espero a que lleguen a la edad donde podemos entendernos.

León está entrando a esa edad donde por fin le estoy encontrando el asunto.

Desde que me mudé a Melbourne lo veo muy poco, y los días que estoy en Perth son los días que le toca estar con el papá y no con Gaby, le pregunto a ella sí puedo ir a verlo a la escuela.

—Obvio.

Los niños serán pequeños, pero al fin y al cabo son humanos, y los humanos se compran. Si no le puedo dar tiempo, entonces le daré regalos. Pequeños gestos para que se acuerde de mí.

—¿Qué le puedo llevar? —le pregunto a Gaby.

—Un block para dibujar, y lápices de colores.

No sé nada de materiales de dibujo y cuando hay que elegir los lápices de colores me encuentro con un montón de variedad: pastel, Scripto, de palo...

témperas. Como no sé cuáles le gustan, decido llevar todos.

Total, no soy yo quien paga: es Jota, quien acaba de comer panqueques con helado como desayuno a las diez de la mañana en un café cerca de donde nos estamos quedando, mientras yo comía mis dos huevos pochados con palta de mujer adulta.

—¿Qué edad tiene León?

—Nueve.

—A esa edad también empecé a dibujar.

—¿Dibujas?

Abro grandes ojos al escuchar eso. Estoy desesperada por encontrar el lado interesante de Jota; algo, cualquier cosa que me haga entenderlo un poco más. ¡No puede ser todo solo trabajo y sexo! ¿O sí? Algo más debe haber ahí dentro.

No leía, no veía películas. Tenía pésimo gusto musical.

Le gustaba el stand up comedy pero casi nunca lo veía (¡y vivía en Melbourne!

, capital del stand up comedy de Australia).

Yo no comprendía cómo alguien podía vivir así, sin mayor interés en nada.

Sabía que le gustaba el anime. Sabía que le gustaba ver videos de YouTube de un hombre que reseñaba sardinas y anchoas en conserva.

Tenía cientos de videos guardados de ese hombre abriendo latas bajo una cámara HD, tomando una sardina con palillos y llevándosela a la boca para describir su sabor y textura.

Un día le pregunté si había probado alguna de las que había visto.

—No. No me gustan las sardinas.

—¿Y por qué te gustan tanto sus videos?

—No sé.

En tercero básico tuve que disertar sobre algo. Un tema libre. Elegí el lápiz. No sé por qué. ¿A quién le importa cómo se hace un lápiz? ¿Quién lo inventó? A mí. A mí me importaba.

Así era Jota con sus sardinas. Pero yo tenía nueve en aquel momento y él tenía veintiséis.

Dios, sí que me costaba entenderlo.

Sin embargo, desde la misma noche que lo conocí, decía o hacía cosas que me dejaban sin aliento. Era como un animalito, moviéndose por instinto, sin más estímulo que el que le otorgaba su sensibilidad natural.

Yo soy chamullera. Sé cómo enamorar a alguien si me lo propongo porque he visto todas las películas sobre eso y he leído demasiados libros como para no entender cómo fingir el arte de lo sensible.

Por eso, cuando escuchaba a Jota decir cosas como: «Siempre se me olvida que eres bajita.

Cuando te pienso te imagino más grande, alta.

Debe ser porque estoy a tus pies», tenía más valor que si las dijera yo.

Entonces me decía que, tal vez, solo yo podía ver qué tan especial era su interior, incluso más que él mismo.

Seguro más que él mismo, que se trataba muy mal apenas podía.

No he visto a nadie ser más duro consigo mismo y tan amable con el resto.

A veces me parecía que era como un niño.

A veces actuaba como uno, sobre todo esa mañana cuando, en ese café lleno de jubilados tomando café negro sin azúcar, fue el único adulto comiendo panqueques con helado y jugo de naranja.

En la tienda, él escogió el block de dibujos: «Estos eran mis favoritos, seguro le gustan».

—¿Cuándo dejaste de dibujar?

—No sé.

—¿Qué dibujabas?

—Monos, cosas, personajes que inventaba...

Después de volver al departamento y hacer lo que sospecho le daba toda la conexión consigo mismo que una persona que no tiene hobbies necesita (ya empezaba a entender por qué estaba tan adicto a nosotros), nos duchamos y nos fuimos a almorzar: sopita pho para mí (era invierno) y thai green curry para él.

Coca-Cola Zero para la dama, Sprite para el varón.

Con la intención de empujarlo a hacer algo que lo impulsara a mirarse hacia adentro, mentí que tenía que hablar un asunto importante con alguien por mensajes, así que le sugerí que, mientras almorzábamos, él podía hacerle un dibujo a León en su cuaderno nuevo.

—¿De qué?

—Le gustan los dinosaurios, creo.

—¿Es un niño serio o gracioso?

—Gracioso.

Así, mientras yo fingía trabajar, lo veía dibujar y sonreír de vez en cuando. Su comida se enfriaba y él, muy concentrado. Le di media hora de playtime . Sí, era como un niño. En este caso, mío.

Fuimos a la primary school a dejar los regalos. El niño Jota y niño León se cayeron bien.

Esa tarde/noche comencé a sentirme extraña.

Un poco de malestar de músculos y el estómago raro.

Íbamos a repetir el restaurante de la noche anterior, pero no logré salir a comer.

Camino a una botillería a comprar un vino para Jota y las pizzas que había pedido, empecé a tener fiebre.

Ante mi debilidad, Jota se transformó enseguida en un hombre.

En un padre. Mi padre. Se sacó la chaqueta y me la puso sobre los hombros mientras yo, acurrucada en el asiento del copiloto, suspiraba el aire caliente de mis pulmones.

Se detuvo en una farmacia y compró un termómetro, paracetamol, ibuprofeno, Gatorade y vitamina C.

Me sacó del auto en andas y me acostó en el sillón donde la noche anterior habíamos follado, esta vez yo encima de él, pero tan solo la cabeza, apoyada en sus piernas mientras me sentía la frente y me acariciaba el pelo.

Vimos la serie que estaba de moda en ese tiempo, Bebé Reno .

Un par de horas después, y con todas esas atenciones, me sentía mejor.

No para tirar ni para salir a comer, pero sí para llevarme un trozo de pizza a la boca y tomar una copa del vino que Jota había elegido pensando en mis gustos (a él le gustaba el syrah, a mí el pinot noir).

Yo también tenía esos pequeños gestos con Pololo.

Compraba el blanco que le gustaba a él (a mí el chardonnay, a él riesling) y, como ya he dicho, siempre le daba el plato más lindo y el pedazo menos quemado de la comida.

Hacía eso porque cuidaba más de él que de mí misma.

Jota hacía lo mismo. Pololo no tenía la misma deferencia, me había dado cuenta.

Pololo se sentía cómodo amándose, mientras que Jota y yo preferíamos amar a otros. Quizás por eso culiábamos tan bien.

La copa de vino se mezcló de manera deliciosa con el Valium que había tomado para sobrellevar la noche de malestar físico que pensé que se avecinaba.

Me volví de goma eva. Me acurruqué contra Jota, que demostró ser un joven caballero; pasaban los capítulos de la serie y me divertía ver que, dependiendo de la posición en la que estuviéramos, se le notaba esa erección que siempre tenía cuando estábamos muy cerca.

Debía estar sufriendo ese dolor dulce del deseo amansado.

Me quedé dormida. No debe haber pasado mucho rato cuando, con ternura, me despertó con toquecitos en el hombro. «Creo que es mejor que te vayas a la cama, no deberías pasar frío», me dijo. Respondí un «ok».

Me estaba levantando del sillón cuando me detuvo y, envolviéndome en la manta, me levantó en sus brazos.

—Las princesas enfermas no caminan —señaló mientras me llevaba a la cama.

Recuerdo pensar que no importaba cuántos panqueques con helado pidiera de desayuno al día siguiente. Para mí siempre iba a ser ese hombre que me depositó con suavidad en la cama, me arropó hasta el cuello y, pensándome ya dormida, me dio un beso en la frente y susurró un «te amo».