Mi año de sexo y relajación 14
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Yo vi de una garza mora

dándole combate a un río ,

así es como se enamora

tu corazón con el mío .

Simón Díaz

No le dije a Jota que me había acostado con el expololo de Expolola en el viaje a Bali.

Valoraba de mí más que nada cómo lo hacía sentir: importante y elegido.

El hombre número uno de mi vida, el único que me culiaba como yo necesitaba.

Escuchaba con mucha atención y cariño cuando le hablaba de mi amor eterno por Pololo, me daba consejos, se entristecía cuando nos peleábamos y se alegraba cuando estábamos bien y amándonos.

Sabía que entre ellos dos yo hacía uno. Pero le gustaba quedarse con la mejor parte.

No quise decirle lo del expololo de Expolola porque era como ser infiel a nuestra tripleta.

Pololo me amaba, pero Jota era mi amante.

Era la relación perfecta, solo que ellos no se conocían y, spoilers, nunca lo harían.

Era la primera vez que íbamos a pasar tanto tiempo juntos, pero no me preocupaba tanto.

Había pasado algunas noches completas con sus mañanas con él, en la cabañita amoblada de su trabajo temporal en Melbourne, que cada vez se volvía más permanente. Comenzó a hablar de mudarse de ciudad de forma oficial, arrendar un departamento.

—¿No es por mí, verdad? —le preguntaba, sabiendo que sí lo era.

—No, me gusta Melbourne más que Sydney. —Prefería el frío—. Y además la gente con la que trabajo acá es más buena onda... —respondía, tratando de sonar convincente.

Yo lo dejaba mentirse. Lo entendía. Estaba viviendo una de esas cosas que a los veintiséis años te provocan una profunda transformación, te sacuden desde el centro y te cambian la esencia.

Yo sabía que no había forma de que lo que estábamos haciendo terminara bien.

Alguien iba a llorar, quizás los dos. Juntos jamás íbamos a estar, era lo único que teníamos bastante claro.

Eso no impedía que arriesgáramos el futuro y el inevitable sufrimiento por lo que en ese momento era necesario, cada uno por sus razones personales.

Yo, porque sin el sexo de Jota no podía seguir con Pololo.

Él, no sé. Habría que preguntarle qué lo motivó a ser una garza mora dándole combate a un río.

Arrendamos (arrendó) un departamento frente a la playa y al lado de mi restaurante italiano favorito.

Esa noche salimos a comer y habló por primera vez de su familia: su mamá, su tío, su hermana menor.

Estaba preocupado por ella. Tenía un problema grave de drogas y salud mental.

«Demasiado sensible para este mundo», me dijo al describirla.

Al escuchar eso sentí que Jota estaba comenzando a hablar como yo.

Llegamos al restaurante a las siete de la tarde y fuimos los últimos en irnos, tipo doce.

Ya estaban comenzando a entrar las sillas de afuera cuando nos dimos cuenta de que el staff nos estaba mirando feo para que nos fuéramos.

Antes de volver al departamento, sugerí pasar a ver el mar.

Entre la calle y la arena había un montículo de pasto bien cuidado.

Encontramos un gran árbol, él se sentó apoyando la espalda en su tronco y yo me senté apoyando mi espalda en su pecho.

Puso sus grandes brazos alrededor de mi cuerpo, para protegerme del frío.

Era una noche típica de invierno en Perth: diez grados, leve viento.

Con chaqueta podíamos estar horas mirando la luna reflejarse en el oleaje del océano Atlántico, pero solo nos quedamos diez minutos.

Nos quedamos hasta que Jota me susurró al oído que era el momento más especial de toda su vida y me giró la cara para darme un beso.

Tuvimos que correr a la casa para no terminar rompiendo la ley.

Entre la gran cita que habíamos tenido, los días de separación por mi viaje y sus veintiséis tiernos años (la deidad bendiga el ímpetu sexual de los varones veinteañeros), no alcanzamos a llegar a la cama, que estaba en el segundo piso, y tuvimos que hacerlo en el sillón: él sentado, yo encima, abrazados.

Siendo dos garzas moras dándole serio combate a un río que se vendría cada vez más y más correntoso, y nosotros cada día más obstinados en fortalecer nuestras alas, sabiendo que nos íbamos a hundir.