13
Después de Bali volví a Perth. Jota quería verme con desesperación de joven caliente. Yo no tenía urgencia de nada más que de trabajar por unas semanas en ese club donde los mineros van a llorar sus penas y gastar su sueldo.
Cuatro noches íbamos a pasar en Melbourne. En la primera fuimos a un club de música techno duro, de esos donde están todos como zombis y no se toma copete, solo agua en botella plástica.
Recuerdo verlo sentado en un sillón redondo, con un jockey negro y una parka gigante.
Chupeteaba un koyac rojo mientras miraba al suelo.
Yo tengo devoción por los hombres introspectivos.
Se me hacía un hombre calladito y tímido, y así tal cual era.
Me senté a su lado y, después de mirarme una vez, volvió a posar la mirada en el suelo.
No parecía estar en drogas. Parecía estar pensando en algo trascendental y disfrutando de la música y el caos que había a su alrededor, pero que no lo alcanzaba a tocar. Hasta que llegué yo.
—Hola.
—Hola.
—¿Puedo? —dije extendiendo la mano, apuntando al koyac.
—¿Lo quieres?
—No para siempre, un rato. Te lo devuelvo.
De un solo lado de su boca salió una minúscula sonrisa. Me lo entregó. Lo chupeteé mirando hacia el piso, como hacía él. Después de un rato se lo devolví. Él se lo llevó a la boca y me miró.
— I’m T .
— I’m Romina .
— Nice to meet you .
— Nice to meet you too .
Nos besamos al tiro. Un beso genial. Ninguno de los dos parecía estar ni drogado ni borracho.
Fue puro arrojo. De esos besos que duran una hora, que es algo que haríamos mucho.
Recuerdo a T con precisión sobre todo porque nos besábamos TANTO mientras nos conocimos que aprendí a tener siempre algo frío a mano para bajar la hinchazón de labios que me dejaba su presencia.
Después de la hora de besos fui a buscar a mi amiga y le dije que yo me iba en ese mismo instante y que no volvería esa noche. «Vaya con Dios.»
No teníamos lugar. Él compartía casa en St. Kilda y yo Airbnb con Lau. Sugerí un hotel.
—No tengo dinero —me confesó con vergüenza.
—Yo sí.
Llegamos al único hotel que tenía disponibilidad a esas horas de la noche.
Era horrible. Un apart-hotel con una sola ventana pequeñísima.
Se notaba que era un lugar de extremo paso para gente que solo lo usaba como dormitorio, que pasaba el día turisteando o trabajando y no se sentaba en el sillón polvoriento a leer un libro a las cuatro de la tarde.
Había un hervidor chico y dos tazas blancas, sin plato.
Una toalla gris y delgada de tanto ser lavada, áspera, como la lengua de mi primera suegra.
Las cortinas eran como el resto de la habitación: beige.
Todo beige, incluida la cama de dos plazas.
Recuerdo entrar y sentir pena por la gente que viajaba sola y se quedaba en ese lugar desolado.
Daba la impresión de estar en otra época, en otro multiverso, en otra dimensión.
Me sentí afortunada de estar ahí con alguien y no sola.
Estar de paso. Estar ahí para tirar. Si eres lo que comes, yo era internacional.
En esa época había sido penetrada por Inglaterra, Francia, Australia y España.
Y esa noche, en ese hotelucho pagado por mí, iba por Alemania.
Hacía frío. Era invierno y era Melbourne.
Tres grados. En la habitación no era tanta la diferencia con el pasillo.
Ninguno se quitó nada más que las partes de abajo.
Él tenía un polerón negro y una gran chaqueta tipo puffer.
No se sacó ninguna prenda más que los pantalones, el calzoncillo y el gorro.
Con los calcetines puestos empezamos a besarnos encima de la cama y después por debajo.
Nunca había estado con abrigo abrazando y acariciando a otra persona entremedio de las sábanas.
Era bastante cómico, pero como estábamos ensimismados, nadie se reía.
Era un mago. Sacaba condones de lugares que no entendía.
Digo condones, en plural, porque usamos uno, dos, tres, cuatro.
Siempre en la misma posición, misionero, y siempre despacito, con calma.
Si en el segundo condón aún manteníamos las poleras y calcetines, para el cuarto teníamos las tazas de loza pobre empañadas y estábamos completamente desnudos.
No recuerdo hablar de nada ni preguntarnos cosas, más que «mueve la pierna para acá» o «cuidado con mi pelo» o «¿quieres agua? ».
«¿Quieres agua?» fue una frase muy popular esa noche.
Igual que «terminé». Porque él cuatro, pero yo como diez.
Eso de estar casada cinco largos años y no haber tenido nunca el goce que tuve esa sola noche con un completo desconocido y sin amor de por medio es para reírse, cuestionarse y sentir un poco de alivio por mí y lástima por las ancestras que se mantuvieron casadas porque estaba mal visto separarse, o porque dependían económicamente del marido. O la peor razón: por los hijos.
Mis papás habían sido una mezcla de las tres.
Si me hubieran preguntado a los ocho años si hubiera querido que siguieran juntos, yo les hubiera gritado que se separasen.
Si la razón para estar juntos es «por los hijos», quizás habría que probar preguntarles a ellos qué prefieren. Les sorprendería la respuesta.
En fin. Al otro día el chico tenía que trabajar.
Se fue temprano, se despidió de mí con un beso en la cara.
Intercambiamos teléfonos. A las tres de la tarde me escribió.
Quería verme esa noche. Yo también quería verlo, me iba en unos días a Chile y en Calbuco no iba a encontrar mucha aventura ni tampoco quería buscar.
Tenía ganas de estar sola. Este hombre había sido un milagro y una forma de decirme: estás viva y tu vagina también.
Mi vagina, que había estado en piloto automático los últimos dos años, porque mi entonces marido exigía sexo marital.
Porque estábamos casados. Porque yo era su mujer.
Teníamos que hacerlo en la ducha para que no me doliera.
Teníamos que hacerlo para él, no para mí.
Teníamos que hacerlo cuando a veces yo no me daba cuenta de que lo estábamos haciendo; me despertaba con el pico adentro.
Teníamos que hacerlo a pesar de que yo no me movía y que una vez me cayó una lágrima que estoy segura de que vio, ignoró y terminó igual.
Mi amiga sabía todo eso, así que cuando le dije: «Girl, tengo que arrendar algo y tirar bien con este milagro por estos días», lo que significaba que la iba a dejar sola en aquel lugar que habíamos arrendado juntas, me dijo lo mismo que me dijo en el club cuando me fui con él: «Disfrute, amiga, y vaya con Dios».
Arrendé un Airbnb en el centro de la ciudad.
Era hermoso. Nada que ver con donde habíamos pasado la noche.
Tenía de todo, hasta un restaurant de pastas justo abajo, para cuando necesitáramos carbohidratos.
Era moderno, colorido, cómodo, calentito.
Listo para que llegara el weón, que me dijo que apenas saliera de su trabajo como mesero se iba directo, con la misma ropa de la noche anterior, a mis brazos abiertos de mujer recién separada.
T llegó a las siete de la tarde. Yo lo estaba esperando con un vino, un pantalón negro y una camisa semiabierta.
Tomamos dos copas conversadas. Quería conocerlo un poco.
Estábamos tímidos porque, aunque nos habíamos recorrido los cuerpos por completo, no nos conocíamos de verdad.
Le pregunté las cosas que me importan: signo zodiacal y eso.
Era escorpión. Mi primer escorpión, pensé.
Hasta ese momento, excelente representante del alacrán.
Gran aguijón. No de tamaño, sino de potencia.
El veneno que había salido de forma consistente toda la noche anterior me había hecho abandonar a mi amiga y arrendar un departamento.
Era un hombre un poco extraño. De carcasa dura, pero tierno al acariciar.
No hablaba de su vida privada ni de su familia, pero esa noche se acurrucó en mi pecho y durmió abrazado a mí como si yo fuera su única ancla en medio del océano que era su vida nómade.
Comprendí que estaba medio solo, no solo en esa ciudad sino que también en el mundo, y que la introspección que yo había percibido al conocerlo no era timidez, sino su forma de existir.
Cuando me hablaba, lo hacía mirando al suelo, no a mí.
Yo buscaba sus ojos, pero él prefería mirar sus zapatos o sus manos.
Éramos, sin duda, muy diferentes. Solo nos unía el hecho de ser jóvenes y estar dispuestos a arriesgarlo todo por encontrarnos a nosotros mismos y vivir una vida auténtica.
La de él silenciosa, la mía llena de ruido.
Esa noche nos desvelamos culiando. Todavía conservo la sensación de su forma de hacer el amor en algún lugar del cuerpo.
No sé si fue que era tan bueno, o que yo llevaba años follando mal y que, por lo tanto, la vara estaba baja.
Quizás fue una mezcla, pero sospecho que si me lo encontrara en este momento sería igual de magnánime.
Él me deseaba tanto como yo a él, y estaba tan encantado como yo.
Eran las tres de la mañana cuando decidió pretender que estaba enfermo y así pedirse el día siguiente para poder estar conmigo y aprovechar las treinta y seis horas que me quedaban en la ciudad.
Dormimos. Nos despertamos a tomar, él un café, yo un té, y seguir abrazados.
Transformábamos ese abrazo en un roce y ese roce en sexo, descansábamos y volvíamos a abrazarnos, rozarnos, y así. Era la gloria. No había ni hambre.
A las diez de la mañana recibió un llamado del manager de su trabajo. Me hizo una seña con la mano para que no fuera a hacer ningún ruido, y contestó el teléfono con voz ronca, de supuesta enfermedad. Del otro lado del teléfono se escuchaba un hombre con vozarrón italiano, gritando:
—Te necesito hoy acá a las doce. Si no te veo, no te molestes en volver. Te lo advierto.
— Fuck you , I quit —exclamó después de una pausa, y le cortó el teléfono.
Yo no podía creer que hubiera renunciado por quedarse conmigo, pero después de pensarlo, me pareció que yo también lo habría hecho.
Hasta ese momento había estado en relaciones con australianos que no priorizaban el sexo ni el amor.
Todo venía antes de los placeres: los amigos, el trabajo, la familia, los estudios.
T me había recordado a un hombre latino que era capaz de perderse el funeral de su abuela por una buena cacha.
—OMG, ¿estás seguro? ¿En esta crisis? —Yo sabía lo escasos que eran los trabajos temporales. Sabía también que T estaba viviendo paycheck to paycheck —. ¿Qué vas a hacer?
— That’s my problem —me respondió, y volvió a abrazarme. Creo que prefería pasar hambre a perderse de esos abrazos que terminaban en sexo. Lo amé en ese momento. Me sentí comprendida. «Ahí veo qué hago» es también mi forma de existir.
En la noche salimos a comer. Caminamos una cuadra y decidimos ir al restaurante de pastas más cercano, bromeando que debíamos reponer carbohidratos para aguantar esa última noche.
Al otro día, a las doce del día, debíamos dejar el departamento.
Yo partía hacia el aeropuerto, y él a su casa a ver cómo pagaba su próximo arriendo.
Vivir en esa burbujita de ilusión donde, por casi tres días, nos olvidamos de todo me sanó el alma quebrada.
T lamió las heridas que había dejado en mi cuerpo mi exmarido.
Al otro día nos despedimos en la puerta.
Nos besamos largo. Nos despedimos «para siempre» con dramatismo innecesario.
En ese momento no sabíamos que sí nos volveríamos a ver, apenas yo volviera de Chile.
No sabíamos que yo lo iba a perseguir cuando se fuera a vivir al extremo más extremo de Australia: Darwin.
No sabíamos que él me iba a perseguir después, yéndose a vivir a la ciudad donde yo vivía con Gaby.
No sabíamos que iba a estar con él y que iba a llegar un chico que se iba a transformar en Pololo, rompiendo el corazón de T, que aún no me perdona la traición de haberlo enamorado para después enamorarme de otro.
¿Han roto el corazón de un escorpión? Es grave.
Así que yo entendía a Jota, cuando estaba dispuesto a salir del país para transformar abrazos en sexo.
Quería verme con esa misma urgencia con que yo decidí arrendar un departamento con T por tres días, y la misma urgencia que hizo a T renunciar a su trabajo por quedarse conmigo.
Después de Bali yo iba a Perth, a trabajar.
Le dije a Jota que nos viéramos allá mejor, que fuera a Perth por unos días, si tanto me extrañaba.
Compró su pasaje y, al otro día, yo llegué a las siete de la mañana desde Bali y él a las nueve desde Melbourne.
A las diez me pasó a buscar a la casa de Gaby en un auto arrendado.
Se bajó del auto cuando me vio salir de la casa y, abrazándome, me dijo:
—Siempre se me olvida que eres bajita. Cuando te pienso te imagino más grande, alta. Debe ser porque estoy a tus pies.