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En muchas ocasiones he sido presa de mis instintos más primitivos.
Cometo errores humanos por culpa del deseo y de seguir mis pasiones hasta el final.
No mido consecuencias y, como si fueran los últimos cien dólares de mi cuenta bancaria frente a un bolso que no puedo no comprar, trato mi vida romántica con el mismo motto con el que me manejo para el resto de mis asuntos: ahí veo qué hago.
Después veo cómo lo resuelvo. Esto que pasa ahora es más importante que lo que pasa mañana, porque ahora estoy viva y mañana no sé.
Ocupo el tercer condón con el expololo de Expolola de Pololo. El aire de la pieza apesta a sudor, látex y un poquito a cloro de la piscina.
El amorío mañanero es menos intenso que el nocturno y no entiendo por qué, el pene es el mismo, los besos también.
Las caricias. La cama. Yo. Todo está igual que hace unas pocas horas.
Sin embargo, en algún momento del acto me sorprendo haciendo los cálculos de cuánto me queda de rupias para sobrevivir hasta el próximo día, y si acaso me alcanza o quizás debo cambiar más dólares para la fiesta de despedida de soltera de Gaby, que es esa noche en un beach club .
De alguna forma el encantamiento se rompe y ahora estoy culiando con alguien y soy consciente de ello.
No estoy perdida en esa otra dimensión adonde vamos cuando se alcanza ese estado de euforia que hace que la gente termine follando en las plazas, y que una, tantas veces, confunde con el amor.
Dios mío. La noche anterior, entre un condón y otro, le dije «te amo».
Él me dijo que también. La mañana después, eso me pareció ridículo.
La noche anterior hubiera muerto ahí mismo si este Romeo me prometía que, al otro lado, en el infierno adonde nos iríamos los dos, íbamos a culiar por toda la eternidad.
Después de decidir que, en efecto, necesitaba cambiar más rupias, para estar safe y acabar en un gran orgasmo nonetheless , voy al baño y meo, como debe hacerse después de tener sexo.
Él se queda en la cama. Desnudo, sacándose el condón, amarrándole un nudito y haciendo puntería con él hasta el tacho de basura.
Después, con la sábana, se limpia el resto de semen. Yo vuelvo a la cama.
¿Y ahora? ¿Habrá que conversar o nos haremos los tontos con el amor que nos juramos?
Elegimos lo segundo. Y no es complicado.
De pronto toda la imagen que me había formado de él la noche anterior comienza a esfumarse al estar sobrios y sin el morbo de lo desconocido ni la impostación de personalidad que es inevitable en la conquista.
Con horror y un poco de alivio, descubro que expololo de Expolola es el tipo de hombre que hace una pregunta sin escuchar la respuesta, solo para decir algo que ya tiene planeado.
—¿Así que eres escritora?
—Sí, bueno, estoy...
—Yo también estoy escribiendo algo. ¿Te gustaría leerlo? Es algo de Expolola... como en honor a ella. O en homenaje. Para recordarla. Podrías leerlo. ¿Te parece?
—Mmm sí, podría, igual quizás es un poco comple...
—Te lo podría enviar y podrías ser mi editora. Decirme qué opinas. ¿Eres de Sudamérica, verdad? ¿De Chile me dijiste? ¿De qué parte?
—De Calbuco, es un lugar chico que queda en el su...
—Mi familia es nativa de Australia, tengo mucha conexión con la naturaleza. Me gustan mucho las historias que son como leyendas o mitos de lugares remotos, ¿hay algo así allá de dónde eres?
—¡Sí!, mucho, de hecho, donde yo vivo, que es muy cerca de un lugar que se llama Chiloé, hay much...
—Hay una historia muy linda que trata del viento y una mujer de pelos largos que me contaba mi abuelo. Déjame que te la cuente.
¿De qué trataba la historia? No tengo idea. A la cuarta interrupción apagué el cerebro y dejé que continuara su monólogo. Tengo una enorme capacidad de parecer interesada en algo mientras pienso en otra cosa del todo distinta. Eso me es muy útil cuando me enfrento con un narcisista.
En ese momento comprendí que además de ser presa de los instintos carnales, también se puede enceguecer por culpa de ellos.
Pasé por alto por completo la personalidad de este hombre desde el momento que lo encontré sexy.
Llevaba media hora hablando sin parar, ahora sobre sus estudios, y no me daba ni medio segundo para transformar su verborrea en diálogo.
Expolola debía estar riéndose de mí. Tal como se burló Pololo cuando le dije por teléfono que me acosté con él:
—Jajaja... la verdad es que me da lo mismo. Es apestoso, no sé cómo lo soportaste.
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Esa mañana tenemos que empacar para cambiarnos de hotel y sector.
Nos vamos al sur de la isla, donde nos espera una casona cerca de la playa, y en la noche la fiesta de Gaby.
La gran fiesta. A lo que vinimos. Para lo que en realidad compré los condones.
Expololo de Expolola me mira empacar y de pronto se fija en una polera que compré la noche anterior como regalo para Pololo.
Es azul y rosada, y tiene una gran orca asesina en la espalda que salta del mar, con la palabra «killer» escrita en la espalda.
—Qué linda.
—Sí.
—Es hermosa.
—Lo sé.
—¿Es para Pololo?
—Sí.
—Te la pediría, pero me parece un poco mucho tirarme a su polola y además quedarme con su polera.
Nos marchamos de ahí en un taxi a los pocos minutos. Unas con más dignidad que otras. Lección: culeos de ensueño vemos, personalidades de mierda no sabemos. Igual no me arrepiento. Aunque no sea por nada más que por poder escribirlo aquí.