Mi año de sexo y relajación 11
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En algún momento de mi vida comencé a tener un sueño recurrente: de mi lengua roja salía un pelo blanco.

Era largo y colgaba por fuera de mis labios, o se enredaba entre mis dientes.

Si pasaba lo segundo, yo lo tomaba entre el dedo índice y el pulgar y lo tiraba suave pero con firmeza.

Esa sensación era tan incómoda como morder lana mojada o sentir el ruido de las uñas en una pizarra de tiza.

Me despertaba con una sensación que —de tan solo recordarla ahora— me hace rechinar los dientes, apretar los puños y encoger los hombros.

Quiero protegerme de ese recuerdo y olvidar esa sensación de inmediato.

Es algo parecido a lo que me pasa cuando recuerdo a expololo de Expolola y nuestra noche de comernos. «Comernos.» Utilizo esa palabra porque eso hicimos. Fue lo más cercano a un canibalismo que he vivido con otro cuerpo humano.

Después de no encontrar el condón, pasamos horas comiéndonos en todas las posiciones posibles.

Nadie nunca había estado tanto tiempo lamiendo y chupando y mordiendo no solo (pero sobre todo) mi vagina.

Yo también hice lo mismo. Sumida en el placer más placentero.

Ni música había, solo el ruido de las salivas y las respiraciones.

No hubo demasiadas palabras tampoco. Creo que nunca había hecho el sesenta y nueve de manera no performática, hasta esa noche.

Es decir: era una total necesidad darnos placer al mismo tiempo, entonces, nuestras bocas y cuerpos se doblaron como animales y se buscaron por instinto hasta formar una bola en movimiento y quietud.

En algún momento los dos acabamos. Pero sabíamos —sin haberlo conversado— que esa era la única noche que íbamos a estar juntos (y así fue).

Al otro día yo iba a contar a Pololo y Pololo iba a decir: «Bueno, ya lo hiciste, pero no lo vuelvas a hacer, con él...

demasiado rara toda su cercanía a Expolola fallecida».

Yo lo sabía, él también. Es por eso por lo que, después de terminar, seguíamos dándonos besos y lamidas hasta que estábamos los dos erectos de nuevo.

Es un milagro que no le haya dejado penetrarme sin condón. Así de responsable soy.

De pronto decidí que no podía más. Si no encontraba los míos, tenía que escabullirme a las habitaciones de las otras y buscar los de ellas. Yes, I will .

Con la linterna de mi teléfono y las pupilas dilatadas de desesperación salí de mi pieza hacia la contigua.

No sabía cuál de mis amigas dormía ahí. Abrí la puerta corrediza con mucho cuidado y me encontré con Louise durmiendo encima de su cama con el bikini puesto y el ventilador del techo andando sobre su cuerpo.

Cubrí la luz de la linterna para no despertarla y, como un Gollum, me puse a hurgar entre sus cosas buscando my precious .

En cuclillas, como la «mujer gallina», pasaba de un montoncito de ropa a otro tanteando, buscando la famosa caja azul de tres condones LifeStyles, que no estaban ni en su cartera, ni en el banano, ni en su bolso de mano.

Después de considerar abrir la maleta y pensar si no era demasiada la angustia y si valía la invasión de privacidad, se me ocurrió que mi amiga sagitario es tan práctica como un hombre capricornio, y que si yo fuera una caja de condones, mi amiga Louise me hubiera guardado en un lugar de fácil acceso por si se necesitaban con urgencia.

Fue así como me encaminé hacia el velador y lo abrí con sigilo. ¡Eureka!

Volví con la caja y el hombre estaba en la misma posición en la que lo dejé: echado y erecto.

Abrí el paquete con seriedad y sin desespero.

Saqué uno y se lo pasé. Me miró de la misma forma y lo puso debajo de la almohada antes de tomarme de la nuca y comenzar a besarme desde cero.

Son esos momentos, que se cuentan con los dedos de una mano, los que hacen la vida soportable, pienso.

Los momentos donde no hay un pasado ni existe el futuro.

Donde se habita el presente con intención.

Hacer el amor con alguien que deseas es poner diez mil pies descalzos en el pasto más verde del día más primaveral.

Aquí me viene la sensación del pelo blanco en la lengua roja.

De tirarlo con firmeza hasta que me llegue al nervio.

Recordar cómo me la metió, de a poco. Cómo la dejó ahí un rato, sin moverla.

Cómo comenzó a hacerlo de manera lenta. Cómo sentía que quería llorar y reír y que no pensaba vivir sin él ni eso que estaba sintiendo nunca más, a medida que alcanzaba un ritmo frenético.

Cómo empezamos los dos a gemir y cómo, cuando terminó, hizo el sonido más delicioso que he escuchado, quizás el único, en un varón.

No un gemido exagerado, no demasiado ni demasiado poco, ni impostado ni ahogado.

El gemido perfecto de un hombre entregado.

Eso, ese recuerdo, me provoca cerrar los ojos, rechinar los dientes, empuñar las manos y encogerme de hombros.

En el tren, trabajando, almorzando, ahora mismo.

Cuando conocí a Pololo, él estaba recién rehabilitándose de su adicción a Expolola.

Ella todavía gobernaba sus emociones y creo, no estoy segura, pero tampoco soy tonta, que mientras empezábamos, ellos aún se veían.

Lo que es probable que haya sucedido es que ella se enteró de mi presencia y decidió reclamar lo que ya no quería, pero debía seguir siendo suyo.

La entiendo. ¿Cómo Pololo osaba superarla?

¿Enamorarse de otra? Enamorarse sí, obsesionarse no, quisiera decirle.

Una noche, Pololo tuvo una pesadilla y comenzó a gritar en el medio de la noche.

Yo lo contuve con caricias de madre. Dos días después, lo mismo.

No recordaba qué era lo que soñaba, pero me despertaba con gritos de terror que comenzaban como simples quejidos y desembocaban en terrores nocturnos en los que se despertaba todavía en el limbo del mal sueño y me miraba con pavor sin reconocerme.

Eso sucedió durante un mes. Justo en el mes en que decidió cortar contacto con Expolola y decirle que no quería ser ni su amigo.

Que necesitaba alejarse si quería que él y yo funcionáramos.

Después de eso no volvió a soñar feo ni a pegarme patadas y manotazos, ni a asustarme al mirarme como poseído en el medio de la noche.

Un día durmió de corrido y al otro también, y así por los siguientes seis años que compartimos cama.

Estaba tranquilo. Dormía con placidez. Estaba conmigo y a salvo.

Después de culiar dos veces seguidas con expololo de Expolola, y al ver el sol que ya estaba arriba a través de las cortinas, nos quedamos dormidos. Abrazados.

Caí en un sueño profundo, en ese pecho que olía a todos mis fluidos mezclados con mi perfume y el olor de mi bálsamo. Toda yo había estado en todo él.

De pronto me desperté con unos quejidos familiares. Abrí los ojos y descubrí a expololo de Expolola luchando en sus sueños contra algo que le hacía mover los ojos cerrados hacia todos lados y poner cara de pavor. Cuando comenzó a gritar con terror y a dar manotazos, me asusté.

Me senté en la cama y pensé en salir corriendo, pero de pronto recordé los malos sueños de Pololo y decidí calmarlo de la misma forma, como si también fuese mi hijo.

Lo tomé con suavidad —como tomaba a Pololo esos primeros meses— por los hombros, sin despertarlo, y lo acurruqué en mi pecho diciéndole en un inglés bajito que yo estaba ahí, que todo estaba bien.

Para que lo escuchara de lejos en el sueño y entendiera que estaba a salvo de lo que sea que lo atormentaba.

«Yo estoy acá. Yo estoy acá. Yo estoy acá», repetí hasta que se tranquilizó. «Yo estoy acá», dije hasta que se volvió a dormir, pero no pude evitar pensar en que no debía yo ser la única que estaba ahí con él.

Nos dormimos otra vez, cuando por fin desperté, él aún dormía.

Me bañé. Salí al sol y me comí un plátano de desayuno.

Después me hice un té y me senté en el borde de la piscina a beberlo con calma mientras veía mi teléfono.

Tenía dos mensajes de Jota. Me preguntaba si quería que viajara a Bali.

No le respondí, había otro mensaje más importante en mi teléfono.

Pololo me había escrito un mensaje en el medio de la noche: «Me encontré con tus amigos en rooftop . Te mandan abrazos, espero que lo estés pasando bien, ¡te amo!». Fue a las dos de la mañana, hora de Melbourne. A esa hora, en Bali, yo era la «mujer gallina» robando el condón de mi amiga.

«Te llamo hoy», le respondí. Me pegué un suspiro tan grande como mi pequeña gran culpa. Lo hecho, hecho está, pensé.

La puerta corrediza de mi habitación se abrió justo después de enviar el mensaje y, cubierto con una toalla, sale de ella expololo de Expolola con cara de sueño y confusión mañanera. Me busca con los ojos y, al verme, sonríe.

Lo miro como se mira algo que casi ya no se tiene. No hay nada que decir más que levantarse del borde de la piscina y llevarlo de vuelta a la cama. Lo hecho, hecho está. Pero todavía se puede hacer por última vez. Total, en la caja azul todavía quedaba un condón.