Mi año de sexo y relajación 10
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Nada nunca es tan fácil, pienso. Cuando todo se da de manera tan orgánica, desconfía.

Lo sospeché desde siempre, pero lo compruebo cuando el primer hombre que deseo con el alma después de mucho tiempo está ligado a mí de una manera trágica.

Antes de que vuelva del baño, le pido a mi amiga que me haga un resumen en dos minutos máximo y me lo cuente todo.

—Fueron pareja por alrededor de un año. Iban, venían, se amaban, se deseaban y terminaban cada cierto tiempo.

O sea, había sido como todas las relaciones de Expolola: románticas o de amistad. Caos, intensidad y, entre medio, el amor para soportar las dos primeras. Había sido su último pololo oficial.

Me reí. Expolola y yo tenemos el mismo gusto, pensé. Tal vez no hubiéramos podido ser amigas después de todo.

De pronto me di cuenta de que él lo debía saber antes de besarme. Lo supo al momento de verme. Por eso me miró así, intenso. Me reconoció.

«Ella es polola del expololo de Expolola que ha muerto», debe haber pensado.

De pronto me pareció todo muy siniestro. ¿Por qué me besó a mí? Si sabe la historia que nos une. Hay muchas chicas acá con las que no tiene una muerta en común.

Después lo vi llegar con dos tequila sodas en la mano y una sonrisa coqueta, caminando directo hacia mí, y pensé: la obsesión que alguna vez tuve con la imagen de Expolola es tan solo conocimiento mío. No lo sabe Pololo, menos expololo de Expolola.

Quizás la única que ve el panorama torcido soy yo. Tal vez, para él, soy solo una chica más que por coincidencia es pareja de alguien que hace muchos años fue pareja de alguien que también fue suya.

Me recuerda a crecer en Calbuco e inevitablemente compartir fluidos con el resto del pueblo. Hasta con mi hermana.

Quizás no había nada escabroso detrás, solo atracción. Si Expolola y yo tenemos el mismo gusto, capaz que él y Pololo también.

Cuando me sonrió y me abrazó por los hombros, luego de entregarme el vaso, preferí creer que era así.

—¿Me puedo quedar contigo hoy? —me susurró cuando ya la gente comenzaba a dispersarse.

Teníamos cada una su pieza en una villa hermosa con una piscina al medio. Camas grandes, extragrandes, para retozar con alguien o dormir sola en forma horizontal.

Claro que se podía quedar conmigo, pero ¿debía?

Fui al baño. El teléfono mostraba un montón de mensajes de Jota.

Hola

Holaaa

¿Estás bien?

Me había estado escribiendo todo el día. Pero apenas conocí al otro, me olvidé de responderle.

El mensaje anterior a todos los «hola» era: «Avísame que llegaste bien», eso en respuesta a cuando le dije que estaba a punto de salir hacia el concierto, montada en la parte trasera de la moto y mientras conducía mi amiga que había tomado ácido.

«¡Perdón! Sí, estoy bien. Mañana te escribo.»

Así nomás. Nada más le dije. Nada más tenía de tiempo o ganas de decir.

Cuando me gusta alguien, me olvido de todo y me vuelvo muy egoísta.

Es un defecto de persona desesperada, una especie de impulso existencialista.

Significa que lo que sea que me haga sentir viva o haga que estar aquí cobre sentido pasa a primera fila en las prioridades de mi mente, incluso por sobre mí misma.

Supongo que será así hasta que por fin entienda de qué va vivir.

El egoísmo con Jota es una cosa. El egoísmo con Pololo era otra muy distinta.

Pololo siempre ha sido mi talón de Aquiles, porque Pololo me ha dado un hogar y la seguridad para ser lo feliz que puede ser alguien que pasa la mitad del mes triste sin razón.

Si cocino algo, siempre le daré el plato más generoso.

Si salió algo quemado, me lo comeré yo.

Cuido a Pololo como debería cuidarme a mí, porque es la extensión de mí que más amo.

Pero la verdad es que mientras Jota se desesperaba por mi integridad, con Pololo no habíamos hablado en todo el día.

«¿Me puedo quedar contigo hoy?»

Todavía no le respondo.

Quizás para este hombre no signifique nada acostarse conmigo.

Pero sospechaba que para Pololo sí significaría.

De alguna forma, iba a importarle, incomodarle, cosquillearle en algún lugar confuso que no se entiende si no se vive la situación.

Así que llegué al crossroads .

El chamán de Bali me había augurado término de relación.

«Nunca estarás sola», me había dicho.

Mañana le cuento a Pololo y por hoy me miento que no sé. Si mi amiga no me hubiera dicho, no hubiera sabido, me convenzo y retuerzo en mi forma de ser maquiavélica, porque puede más el deseo que estoy sintiendo que la incomodidad de Pololo.

—Vamos.

Acá quiero describir al hombre.

Ya saben que es alto.

Saben también que es coqueto y fácil a la vista.

Tiene el pelo muy corto, casi al rape (probablemente adelantando a la calvicie), y es moreno.

Tiene barba y pelo en el pecho bien expuesto a través de su camisa semiabierta. Muy calculado todo.

Manos grandes.

Leve olor de axila (si es de alguien que me gusta, eso me vuelve loca) y un timbre de voz ronco, sensual.

Cosas que me fascinan de ser mujer de treinta y siete años: no tener que pretender que se va a otra cosa.

No. No vamos a conversar. No vamos a seguir tomando por largo rato más hasta que alguien se atreva a dar el beso que lo desencadena todo.

No vamos a querer bañarnos en la piscina con las amigas para sociabilizar.

A esta edad se va al grano.

Qué terrible pensar en todas las jornadas que pasé hablando con hombres que no me interesaban, o que incluso me caían mal, por no atreverme a quedar como una fácil.

Una mujer que desea con libertad es una mujer fácil, una puta.

A mí me enseñaron a reprimir mi deseo en pos de mi valor como mujer, de mi decencia y mi honra.

Por eso sufrí riéndome de chistes que no me parecían graciosos.

Acepté invitaciones a comer de gente que no me interesaba conocer más allá del sexo.

Que alguien te caiga mal o que no lo admires no quiere decir que no lo desees.

La vagina y la mente a veces se contradicen, y está bien. Así funciona el deseo.

De la mano me lo llevo a mi regia habitación y busco el paquete de tres condones que compré como broma en una estación de servicio el primer día.

Tres paquetes con tres condones adentro.

Los repartí entre nosotras y dije: Happy holidays, m’ladies .

Pero no lo encontré.

Estaba segura de que los había puesto en mi bolso de mano que tiene como diez compartimentos.

El hombre, sentado con el pecho descubierto en la cama, me dice: «Ven aquí, lo buscamos después», pero yo no me rindo e insisto, porque si algo me enseñó mi primer pololo (además de no volver a salir jamás con un hombre capricornio) fue la técnica de dejar el condón bajo la almohada para minimizar el momento, ese donde tienes que esperar los quince segundos que demora un weón entre abrir el envoltorio, asegurarse diez veces de que se lo va a enrollar del lado correcto y cerciorarse de que no le entre aire a la punta.

Imagínate añadir a eso tener que levantarse de la cama a buscarlo.

No. El condón va siempre debajo de la almohada. Yo ya aprendí.

Busco, busco, busco y me desespero de no encontrarlo. Por mi mente pasa fugaz la idea de que es Expolola, desde el más allá, muy en desacuerdo con lo que está a punto de ocurrir.

Me digo que eso es imposible, y que lo más probable es que lo haya perdido.

( Fun fact : al otro día lo encontré. Estuvo siempre en el bolso, y es el condón que usé después con un italiano en Santiago durante el verano.)

—¿Tú no tienes? No encuentro los míos —le pregunté, rindiéndome, hincada en el piso con todas mis pertenencias tiradas.

—No. Lo siento.

Me dijo algo en inglés que en chileno sería como «me aweoné».

Sí, pienso. Le veo la pinta de semihippie y no le creo la teoría del aweonamiento.

Creo que es de esas personas que nunca usa condón (en Australia es común, la tasa de VIH entre heteros es casi nula, y para todo lo demás hay tratamiento, es el raciocinio).

Pero yo no soy de esas. Yo soy mujer, y no solo de las enfermedades me tengo que proteger.

Me amurro. Lo miro amurrada y él me sonríe extendiéndome la mano.

—Déjame hacer otras cosas.

Tres horas pasamos haciendo esas otras cosas.

Me acuerdo y me da algo.

Me acuerdo y no me arrepiento de nada, a pesar de todo lo que pasó después.