Mi año de sexo y relajación 9
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—¿Qué pasó? —pregunté, levantándome de la cama de un salto. Del otro lado del teléfono hubo un silencio. Pololo debía estar en shock. Era evidente que yo era su primera llamada después de enterarse.

Mi intuición era, en parte, cierta. Estaba en shock, sí, y por eso se demoró más de cuarenta segundos en responder. Pero también —y sobre todo— porque la respuesta era difícil de decir.

—Se mató —dijo por fin.

—Fuck —exclamé, llevándome la mano a la boca.

—Sí. Fuck —respondió, con la misma consternación.

Era una noticia devastadora, pero no del todo sorprendente.

Expolola había intentado suicidarse varias veces desde la adolescencia.

Quizás vivía con tanta intensidad porque sabía, en el fondo, que su vida sería corta.

Por eso no sufría el rodearse de gente tonta y desechaba de inmediato a todo aquel que le hiciera arrugar la nariz.

Hay personas que parecen nacer solo para morir.

Y tal vez, justo por eso, son las únicas que en realidad saben vivir.

Había pasado por hospitales tantas veces como por la camilla de su doctor de bótox.

Tenía, más que largos, intensos episodios de depresión en los que pasaba mucho tiempo encerrada y en cama.

Imposibilitada de todo lo que sea adicional a respirar.

Y quienes conocemos ese estado sabemos que, si respirar no fuera involuntario, también se dejaría de hacer.

La noticia de su deceso se había propagado con rapidez y todas mis redes sociales estaban inundadas de su sonrisa y su vibrante energía.

Expolola tomando una cerveza con un vestido ajustado en el mismo bar donde solíamos toparnos con ella y arrancar.

Expolola en videos utilizando las señales de tránsito como caño de stripclub y ejecutando (¡difíciles!) piruetas.

Expolola cantando en un karaoke —con tirada al suelo y todo— una perfecta interpretación de su cantante, canción y película favorita: «Shallow» de Lady Gaga en Nace una estrella .

Fue la segunda muerte por suicidio en su grupo de amigos en menos de tres días.

El otro era un chico que vivía en una ciudad del norte de Australia.

Ambos tenían una relación intensa: diva hétero y gay pasivo, se amaban y se odiaban por temporadas.

No había intermedios. Cuando ella se enteró de su suicidio, esperó dos días... y lo siguió.

La gente decía que Expolola no soportó ver que hubiese sido él quien lograra algo en lo que ella había fallado tantas veces.

Cuando digo que «la gente decía eso», puede parecer falto de sensibilidad, pero la verdad es que ella era así.

Loquísima y hermosa por partes iguales, con el humor más negro y refinado que se puede tener, y su entorno lo sabía.

En su funeral, que fue en una playa y transmitido por internet, su mejor amigo abrió la ceremonia con un «observo a los asistentes y les tengo que decir que ella odiaba a, al menos, la mitad de ustedes». Risas.

Era verdad.

Gente de todo Australia se reunió para darle la despedida que consideraban que ella se merecía.

Pololo y yo vimos por streaming todas las anécdotas que se contaban de ella.

Una vez invitó a todos sus amigos a su casa y les hizo una presentación de PowerPoint titulada: «Todos los hombres que me han penetrado y fallado» y que incluía fotos y descripción de cada una de las conquistas que le habían jugado chueco.

Fue enterrada con un vestido de diseñador, rojo transparente, que una vez le vi a Rosalía, que ya hubiera deseado que le quedara tan bien como le quedaba a Expolola.

Al final de la ceremonia un amigo cercano entonó la canción «Shallow» y a Pololo se le llenaron los ojos de lágrimas.

Después todos se fueron a un karaoke, en su honor.

Pololo y yo nos abrazamos y le pedí que recordara sus momentos lindos o graciosos.

Pero él solo podía pensar en la canción.

—¿Viste la película? —me preguntó.

—No —le respondí.

En la película, el pololo de Lady Gaga, interpretado por Bradley Cooper, era un cantante famoso y conflictuado. Al final termina colgándose, me dice.

Y así es como la encontraron a ella. En la puerta de la casa que a sus cortos veintinueve años acababa de comprarse.

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Dos años después de la muerte de Expolola, es la despedida de soltera de Gaby, y ese evento me sorprende en el apogeo de mi año de sexo y relajación.

Jota, un hombre maduro, un mexicano, el hermano de una amiga.

Todos han pasado por mi cuerpo. Todos menos Pololo.

Llevamos tres meses sin culiar y ni lo hemos discutido.

Seguimos durmiendo juntos y queriéndonos tanto.

El sexo es nada comparado con el amor que nos tenemos.

De nuevo, no vemos falla en la lógica. Pero —en secreto— la he comenzado a sospechar.

Para su despedida de soltera, Gaby tiene ganas de hacer un viaje a Bali. Hay una cantante que se llama Erykah Badu y que no conozco ni me importa conocer, pero Gaby nos hace comprar tickets, y como me gusta que me digan lo que tengo que hacer, lo compro feliz.

Al llegar a Bali pasamos unos días en la selva.

Arrendamos una villa y motos para movernos.

Como no sé manejar, soy la única que va siempre atrás, por lo tanto la única que puede emborracharse de verdad.

El viaje se dividía en tres días en la selva-concierto-tres días en la playa.

Había que saber administrar la euforia de andar con amigas en un destino paradisíaco, así que concordamos en ser zen los primeros días y volvernos locas a partir del concierto.

Uno de esos días zen consiste en ir a un sanador, muy Comer, rezar y amar .

Esos que te dicen el futuro y dan consejos.

Las amigas pasan por turno. Yo decido que no quiero hacerlo.

No pienso que sea verdad. Y aunque fuera, ¿cuál es la gracia de saber?

Gaby dice que es una guía, que él, aunque no tengo cita, ha accedido a verme.

Tiene tiempo para una persona más esa tarde.

Digo que no, gracias, y busco un sanador cien por ciento real a una distancia caminable (un masaje), mientras las amigas se hacen las lecturas de futuro.

Al volver, Gaby ya ha terminado, pero las otras no.

El hombre le ha volado la cabeza con sus adivinaciones.

—¿Qué preguntaste?

—De mi negocio. De Tyler. De Hijo.

Yo solo tengo una cosa en mente: mi relación con Pololo. En realidad no quiero entrar por si me fueran a decir lo que sospecho.

Sale la última amiga y todas tienen la misma cara de taciturnas. Turbadas por la asertividad y la información recibida.

La asistente reconoce mi cara de curiosidad.

—¿Segura que no quieres verlo?

Entro a la sala y es una habitación pequeña con un altar lleno de colores, figuras e inciensos.

El hombre me saluda y me indica un cojín en el suelo, frente a él.

Me siento y me toca el dedo gordo del pie con una mano mientras juega con un pedazo de pañuelo desechable con la otra.

Lo enrolla con dos dedos hasta volverlo una tira delgada.

Veo el suelo y está lleno de tiritas. ¿Le llegará la información a través del papel?

¿O es un hábito? Hace poco leí Cometierra , un libro donde la protagonista es llamada así porque tiene visiones que vienen cuando mastica y traga tierra.

Estoy en medio de ese pensamiento cuando, de pronto, el sanador dice en voz alta:

—Estás sana.

—¿De qué?

—De todo.

—¿Desde antes o desde ahora?

—Desde antes. Tu salud es buena. No te tienes que preocupar de eso. ¿Qué más quieres saber?

Trick question . Quiero preguntar por Pololo, pero no quiero saber.

—El trabajo. Mi trabajo —menciono sin pensarlo mucho.

Él lo piensa mientras enrolla su papelito.

— You are going to be big —me sonríe.

Yo también sonrío.

—Lo sé —le respondo.

—¿Qué más?

—Mi relación —digo sin querer decir.

Enrolla su papel y cierra los ojos. Cuando los abre, me mira con pena. Yo bajo la cabeza y hago un gesto de devastación que se me nota en la boca.

— It’s ok —sentencia—. Vas a estar bien. Nunca vas a estar sola.

Al fin llega el día del concierto y las amigas deciden tomar ácido para disfrutar de la música. A mí no me gustan las drogas de largo aliento. Es un compromiso demasiado grande. No lo tomo y decido mantenerme en mi droga conocida: el alcohol.

Al llegar al recinto descubro que es un resort cinco estrellas y que el concierto es en un gran escenario entre la playa y la piscina y los tres bares distintos que la rodean.

Es un gran lugar. Todo el mundo está vestido hermoso y, de pronto, empezamos a encontrarnos con mucha gente conocida que ha venido desde Perth a ver a la cantante, que todavía no me provoca nada de curiosidad.

De pronto se acerca un hombre y se nos queda viendo.

Lo encuentro precioso. Camina más y más cerca.

Pienso que me va a hablar a mí, porque me está mirando, pero cuando llega al grupo, es una de mis amigas la que lo saluda efusiva.

Se conocen de Perth. Lo incluimos en el círculo y dice que está ahí porque fue invitado por el festival que trajo a la cantante para dictar un taller al día siguiente.

Nos miramos un montón. Tanto que me pone nerviosa.

Me pone incómoda que me guste alguien. No sé cómo actuar.

Me pongo torpe y hablo de más o de plano no hablo nada.

Esta vez: lo segundo. Miro hacia los lados mientras termino mi segundo tequila soda.

Cuando estoy dando los últimos sorbos, se me acerca.

—Eres polola de Pololo, ¿verdad? ¿Te llamas Romina?

—Sí —respondo—. ¿De dónde lo conoces? (y lo más importante:) ¿Son amigos?

—No. Solo lo conozco por gente en común. Pero lo sigo en las redes. Te reconocí de su Instagram.

Sonrío aliviada.

—¿Siguen juntos?

—Sí.

No me demoro nada en decir que tenemos una relación abierta. Hace tiempo no me gustaba alguien así, como a primera vista, tanto. Lo quiero para mí.

—Qué bueno —exclama con una sonrisa coqueta al escuchar mi respuesta. Tampoco esconde su atracción. Me encanta.

—¿Vamos a la barra? Te compro algo.

Le digo que sí. Se da vuelta para abrirnos camino, pero siento su mano tomar la mía.

Conchasumadre. This is real . La electricidad que siento mientras me lleva de la mano es de otra vida.

Vemos el concierto juntos, pegados de brazos.

Es alto, y de vez en cuando me mira para abajo, con cara de querer hacerme algo ahí mismo.

Yo estoy en éxtasis. Me siento hasta enamorada.

Tal es la cantidad de dopamina que ese hombre me provoca en el transcurso de dos horas de conocerlo.

Cuando termina el concierto, me toma de la mano y me lleva a un rincón.

Me da un beso largo que hace que se me olvide todo.

¿Qué Pololo? ¿Qué Jota? Yo me voy, me voy con este.

Hay una conexión demasiado grande. Inexplicable para mí.

Al menos sé que él también la siente. Entre beso y beso, me toma la cara para mirarme los ojos y sonreír.

Dios mío lo que me lo voy a culiar esta noche.

Cuando volvemos al grupo, la amiga que lo conocía se me acerca.

—¿Lo conoces, verdad?

—¡No! Nunca lo había visto. Dice que conoce a Pololo, eso sí.

—Claro que lo conoce —me responde ella—. Fue la pareja de Expolola justo antes de que ella muriera.