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Siempre tuve celos de la expolola de Pololo.
No porque pensara que él la quería de vuelta —todo lo contrario, estaba segura de que no era así—, sino por el hecho de que él ni siquiera soportaba oír su nombre.
Si la veíamos en una fiesta, salía arrancando.
Esa era la raíz del problema: la imposibilidad de indiferencia que provocaba su imagen.
Yo no lo soportaba.
Su cara hermosa, su piel morena que daban ganas de tocar, su sonrisa de muñeca, sus imperfecciones perfectas, su personalidad avasalladora, el hecho de que todo el mundo hablaba (para bien o para mal) de ella, que Pololo le haya escrito tantas canciones.
Era de verdad odiable. La peor ex. De esas mujeres magnéticas que no sabes por qué te las quedas mirando.
Emanaba una energía de perra pitbull en envase de princesa malasia.
Causaba en todo el mundo sentimientos encontrados; en mí también.
Sus mejores amigxs la temían y amaban por igual. Yo conocía ese sentimiento.
En primero básico mi mejor amiga se llamaba Gloria Mariana Huenchumán Brown.
Con su metro de estatura y dos trenzas cayéndole por los hombros morenos, me provocaba devoción y terror en partes iguales.
Para mí, ella lo sabía todo. Ser su amiga era no tener que preocuparme de nada.
Tomaba todas las decisiones por mí: con quién debíamos juntarnos, qué debía hacer con las esquelas que me regaló Marcos («rompérselas en la cara»), cómo debía pararme en la fila, cuántas galletas comer en el desayuno.
Incluso me hizo postular a candidata a reina («¡Eres la más bonita, po! »).
Aunque me daba una vergüenza atroz, a fin de año de tercero básico me vi vestida de blanco, con una banda que decía «Romina I».
La primera reina de la enseñanza básica con mi nombre.
Me moría de vergüenza, pero Gloria estaba orgullosa.
Era la mejor amiga de la reina. Forcé sonrisas en todas las fotos.
Nunca quería decepcionarla. Me reía de todo lo que le daba risa, y si a ella le molestaba algo, a mí también, aunque no me pareciera.
Jamás me hubiera atrevido a contradecirla. Pasé tres años bajo su tutela/tiranía.
Un día no llegó a clases. Al otro tampoco. Cuando pasó una semana, pregunté.
La profesora Luisa me dijo que la habían sacado de la escuela. No supe por qué, ni volví a tener noticias de ella. Me quedé sin saber qué hacer. Literal. Ni siquiera tenía idea de cómo comportarme ante su repentina ausencia: ella no me había dejado instrucciones.
Desde entonces creo que comencé a buscarla en otras amigas, sin resultado. Nadie tenía sus ovarios. A todas podía yo manejarlas. Nadie me daba la satisfacción de ser manejada.
Lo cierto es que mis mejores amigas siempre son mandonas ( Hi , Gaby), y las elijo así, con pinza. Todas son un pedacito de la Gloria perdida.
La expolola de Pololo me recordaba a Gloria. Me daban muchas ganas de ser su amiga y que me manduqueara.
Pololo me contaba cosas para que yo entendiera por qué terminaron: «Era una paja salir a caminar con ella porque siempre, cada dos cuadras, hacía diez sentadillas. Nos tomaba horas ir al súper».
Yo me imaginaba lo feliz que sería si ella me obligara a hacer sentadillas cada dos cuadras.
Todas las cosas que a él le molestaban de ella me hacían tenerle más respeto.
Y, por lo tanto, más celos.
«Hice una reserva para su cumpleaños en el restaurante más caro de la ciudad y cuando le conté, me dijo que prefería la plata para comprarse algo en vez de comer.»
DIOS, CÓMO LA AMABA YO.
La gota que rebalsó el vaso fue cuando me dijo que «utilizaba el sexo como modo de chantaje».
No podía dejar de imaginar lo buena que era en la cama. Debía ser infinitamente mejor que yo.
Lo peor era que ni siquiera tenía que imaginarlo.
Podía verlo.
Ella era actriz porno.
Sus videos estaban en todas las páginas gratuitas. Resistirme fue mi deporte por unos meses, pero al final me ganó la curiosidad. Tenía unos donde aparecía masturbándose, otros donde culiaba con hombres, pero más que nada hacía videos con otras mujeres.
Era alta diosa.
Culiando era sensual, tierna y agresiva a la vez. Tenía pelos en axilas y pubis, muchos. Se le veían deliciosos y rebeldes. Todo en ella era icónico y atrevido.
No entendía cómo Pololo había pasado de eso a mí.
I couldn’t help but wonder si lo que sentía era celos...
...o ganas de estar con ella.
De ser su sumisa, su amiga o su amante.
Disfrutar su humor negro y sus pezones oscuros.
De que a mí también me hiciera daño, como a la mitad de la ciudad.
Una mañana me despertó una llamada. Estábamos recién mudados a Melbourne porque Pololo iba a hacer un máster.
Él se levantaba muy temprano para ir a la universidad, y yo había encontrado trabajo en un stripclub que cerraba todos los días a las cuatro de la mañana.
Así que cuando sonó el teléfono a las nueve, y vi que era él, supe que algo había pasado.
Siempre pienso: «¿Quién se murió?», cuando recibo un llamado imprevisto. Casi contesto así. Pero en vez de eso —y menos mal— solo dije:
—¿Qué pasó?
— Expolola está muerta.