Mi año de sexo y relajación 7
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Light of my life, fire of my loins ...

Hace un mes que no voy al club, porque no lo necesito.

Para desgracia mía (y de mi cuenta bancaria), nunca he sido muy ambiciosa.

Más que ganar demasiada plata, lo que a mí me gusta es vivir bien y ser feliz.

Si no tengo que trabajar, no trabajo. Es decir: si me alcanza para comer y costear mi maquillaje, entonces me basta.

Gano mil dólares a la semana (en rigor sí estoy trabajando, I guess ) viendo a Jota. Ya han pasado dos meses desde que lo conozco, y por lo tanto ha pagado casi diez mil dólares, sin contar comidas y hoteles. Solo plata para mi bolsillo.

En vez de sacrificarme y trabajar en el club —además de con Jota— para ahorrar mucho dinero ahora que todavía soy relativamente joven, me dedico a escribir, a ejercitarme, a cocinar mucho y muy rico, y, sobre todo, a leer.

Alterno tres libros dependiendo del mood en que me encuentre.

Estos días es: Mariana Enriquez para cuando me siento valiente, Dahlia de la Cerda para cuando quiero inspirarme y Lolita, porque es mi libro favorito y releerlo de manera anual es mi versión de hundir el cuerpo en el mar hasta que mis pies toquen fondo.

Sí, sigo siendo esa misma persona que se sorprendió hace veinte años encontrando belleza en medio de una historia retorcida.

Me gusta también darme cuenta de que pasan las décadas y para mí los personajes cambian de rol.

Esa primera vez, y por varios años, Dolores me parecía perversa.

Creía, quizás producto de mi misma juventud e inexperiencia, que ella jugaba de manera consciente con el profesor Humbert.

Eso me gustaba. Quería creer que ella había nacido así, al tanto de su poder.

Dolly era, por lo tanto, para mí, un buen personaje a quien admirar en la adolescencia.

Una mujer con agencia, brutalmente fría y manipuladora.

Ahora y desde hace bastante tiempo, Lo se ha convertido en mi hija, y me desespero por protegerla sin éxito, porque por más que me duela, el libro siempre va a terminar igual.

Lola ha sido víctima de un hombre parafílico que no debió cruzarse por su camino y cambiar el curso de su vida, que debió ser larga y llena de encanto.

Comencé a entender la historia como ese primer párrafo del libro de Eduardo Barrios que describe a un pájaro que ha sido despertado por un reflejo de luna y, confundiéndolo con el alba, se echa a volar antes de tiempo. Lolita y ese pájaro terminaron igual.

En esta relectura descubro que tengo un radar tipo Humbert con sus nínfulas para identificar, de entre todos los hombres, por una característica, una palabra, una forma de mirar, a quien me va a hacer daño de manera dulce. Nunca son mis novios, eso sí. Siempre amantes.

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Los jueves son nuestros días con Jota. Ya no vamos al hotel porque no necesitamos la performance ni el gasto extra: ahora voy directo a la cabaña donde se está quedando mientras trabaja, y extiende su estadía en Melbourne cada vez más.

—Me voy este domingo —me avisa cuando nos vemos.

Nos despedimos y promete volver a visitarme. También jura que me va a invitar a Sydney un fin de semana. Nos abrazamos mucho y culiamos como si fuera la última vez, pero el martes me pregunta si puedo ir a su casa el jueves, porque no se fue. Y así.

El lugar donde vive es parte de un conjunto de muchas cabañas destinadas a turistas.

Full equipada y muy pequeña. El interruptor de la luz del baño se traba y cuesta prender y apagar.

Después de un mes, ya aprendí que hay que golpearlo con el dedo índice hecho bolita, darle fuerte y rápido. Ya casi soy de la casa.

Un jueves me dice, entusiasmado, que ha traído ingredientes para hacer una pasta que vio en un TikTok.

Me la va a preparar usando la olla nueva que acaba de adquirir, porque la que venía con la cabañita no le gustaba.

Es de esas ollas gruesas, grandes y de colores (esta es amarilla).

También se hizo de un buen cuchillo y una tabla de cortar de madera.

Mientras cocina —después de haberme hecho acabar dos veces y media en la misma mesa donde ahora pica la albahaca— me doy cuenta de que esas compras no son las de alguien que planea irse de la ciudad pronto.

Cuando cocina, lo observo. Escucho su voz, con ese timbre agradable y tranquilo de siempre.

Tiene el aceite quemándose y el fuego a todo lo que da.

Demasiado alto, quiero decirle. Pero me quedo callada y me dedico a observar el aceite quemarse mientras doy sorbitos del vino que yo misma elegí, y él pagó.

Tiene la misma calma para cocinar que Pololo. La misma que mi exmarido. Y que el exexpololo, y que el anterior a ese. Busco hombres opuestos a mi padre, que se enerva en todo momento de la vida, pero sobre todo en la cocina.

Los domingos en mi casa tocaba que él cocinara.

Bistec con papas fritas era siempre su menú, y nos encantaba.

Todas las semanas, eso sí, lo mismo: «Tienen que sentarse apenas yo les diga, porque si no la carne se va a pasar y entonces toda la comida va a estar arruinada y por lo tanto todo el día estará arruinado y no dejaré de quejarme de que hubiera sido un gran almuerzo si tan solo se hubieran sentado a la mesa cuando les dije».

Yo también soy así. Neurótica.

Me carga haberme convertido en lo que tanto odié.

Jota, en cambio, quema el aceite, la salsa de tomate, el ajo, y no se le mueve ni un pelo.

Se mueve por la cocina relajado y demora veinte segundos (los cuento) en leer un envase de crema que saca del refrigerador, mientras siento cómo la vena del cuello se me hincha por el estrés que me produce su calma.

Vierte la crema en esa salsa pegoteada y casi burdeo, que al contacto con el sartén hirviendo salta para todos lados. Tengo ganas de gritar.

Al final sirve los dos platos de «penne a la vodka» y está exquisito. Tal vez la templanza en la cocina sea el ingrediente más importante.

Como cocina, folla.

Como cocina, besa.

Como cocina, acaricia.

En el uber de vuelta a casa, no puedo creer mi vida actual.

—¿Cómo estuvo tu noche? —me pregunta el chofer.

—Bien —respondo. Me quedo pensando largo rato en mi suerte.

Haber encontrado a este pendejo aquel jueves, y que todo lo que yo había deseado para este año se me esté cumpliendo. Yo había querido un mecenas tanto, que descargué una foto de Gayo Mecenas —el patreon original, el primer benefactor de las artes— y la puse de fondo de pantalla en mi teléfono.

Necesitaba un hombre maduro que me mantuviera para poder dedicarme a escribir el segundo libro. No llegó el viejo maduro, pero llegó un joven ídem, que es bastante mejor.

Sentada en la parte de atrás de ese auto, me hundo en el regocijo por mi suerte y doy gracias al destino. Después pienso que, si bien el destino me lo dio, fui yo quien lo supo tomar. Fui yo quien lo buscó hasta la humillación, ¿recuerdan?

Al otro día me masturbo apenas despertar.

Incluso antes de ir al baño. He comenzado a notar que los viernes en la mañana experimento algo que he llamado: resaca de Jota.

Me siento usada de la mejor forma posible.

Drenada de todo fluido, molida como si hubiera corrido una maratón, con las piernas temblorosas y débiles, y sin embargo llena de energía.

Tengo ganas de trabajar, escribir, ir al gimnasio, tomarme una Coca-Cola, salir de fiesta y llamar a mi familia.

Mientras yo vivo mi sueño de artista, Pololo trabaja sin parar por primera vez como profesional, y parece gustarle.

Además, ha conocido a una chica en una app de citas.

Es de Middle East. Hermosa (no me da rabia), escritora (me da rabia) y joven.

Tiene la misma edad que Jota, pero no sé por qué eso no es problema para nadie.

Cuando hablamos con nuestros amigos de nuestras andanzas, nadie reacciona a la edad de ella.

Pero sí reaccionan a la edad de Jota («¡Qué joven! »), y yo lo encuentro muy injusto.

Desde que los dos tenemos nuestros romances, hemos dejado de preocuparnos por nuestra relación, porque nunca había estado mejor.

Dejamos de ir a terapia de pareja porque preferimos gastar esa plata en salir a comer los viernes y conversar por horas.

Además, empezamos la terapia porque no teníamos sexo.

Ahora sí tenemos. Solo que no entre nosotros.

No vemos (aún) falla en esa lógica.