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Nos juntamos un jueves. Al otro día salí a caminar y a hacer los diez mil pasos que me obligo a cumplir todos los días.
Todo —pero absolutamente todo— me recuerda a Jota.
Hay un envoltorio de condones extra-large en el suelo: Jota.
Camino entre dos edificios y alguien dejó ahí un colchón que parece haberse incendiado.
Esos fuimos Jota y yo anoche, pienso. Incluso mirar los árboles entre los edificios. Árboles: Jota.
Todo, todo me recuerda a la noche llena de orgasmos (míos, solo uno suyo) que pasamos juntos.
Todavía no sé casi nada de su vida privada ni de sus gustos.
No me interesa. Tengo la impresión de que quiso preguntarme algo personal en algún momento y que yo logré desviar el tema hacia lo inmediato.
Hacia la fogosidad. Hacia estar ahí, desnuda con un hombre joven que tiene la capacidad de mantenerla parada las horas que yo quiera.
Me interesa, eso sí, saber cuándo se va. Me interesa ponerle un punto final a esto, aunque sea imaginario, y así darle rienda suelta al goce. Hay una diferencia en la entrega cuando la preocupación por las consecuencias desaparece. Por eso, al vestirme, le pregunto:
—No sé. No hay apuro. ¿Por qué?, ¿quieres que me vaya? —me responde, con una sonrisa de quien sabe que la respuesta es «no».
¿O no lo sabe? Me olvido de que es más joven y que yo soy stripper. En sus ojos, capaz que todos los días me tire a un Jota distinto.
«Sí, quiero que te vayas», murmuro hacia mis adentros, mientras camino hacia el ascensor después de dejarlo por segunda vez.
Solo que ahora voy con los bolsillos llenos de billetes, pero igual de alineada que la primera vez, cuando lo hice gratis.
Hubo solo un poco más de morbo, al principio.
(Me hizo chupársela con un gesto de los brazos.
No lo dijo, pero el «te estoy pagando» estaba implícito en la acción.
Excitación máxima.) A excepción de ese gesto, todo fue como la otra vez, solo que más relajado.
Sin el apuro, sin las torpezas esperables al enfrentarse a un cuerpo nuevo.
Con ganas de seguir descubriendo y de entregarse.
¿Por qué es así de especial para mí? Es la persona más común y corriente que existe.
No me voltearía a mirarlo en la calle, creo que ni siquiera le daría like en Tinder.
No es tan alto, no tiene ningún rasgo particular que me haga admirarlo, no es famoso (eso a veces vuelve atractiva a cierta gente).
Aún no sé nada de su mundo interior o intelectual...
¿Qué es lo que tiene? ¿Seré yo tan especial para él?
¿Culea así todo el tiempo? ¿O es solo conmigo? ¿O, mejor dicho, somos los dos, juntos?
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El lunes es nuestra primera sesión de terapia de pareja. Con Pololo hemos decidido empezar una para navegar bien —y con herramientas— esta nueva etapa oficial de estar abiertos (abiertos a otros), pero juntos. También esperamos que nos ayude a reconectar en lo sexual, por fin.
Además, he cobrado por sexo. Otra novedad en nuestra relación.
Con todas estas actualizaciones, él busca ayuda para que esta nueva vida no nos separe.
Pololo es un hombre cauto y precavido. No era esa la impresión que tuve de él cuando nos conocimos, a los treinta años de ambos.
Me da la sensación de que con el tiempo se parece cada vez más a su padre, algo que no es una mala cosa.
Su mamá es maníaca, y su padre la ha aguantado casi cuarenta años, con mucha paciencia.
Me pregunto quién se parece más a mi papá, ¿Pololo o Jota?
La terapeuta que nos va a ayudar tiene chasquilla tipo Amélie y botines Dr. Martens. Me cuesta no ser prejuiciosa.
Es la primera vez que asisto a terapia con alguien al lado.
Para mí la terapia no funciona si no eres honesta en extremo, aunque tengas ese miedo natural a que la persona que está enfrente te juzgue.
Suelo exponer mis pensamientos más oscuros: siento celos, envidia, rabia, quisiera que ______ se muera, no amo a ______, me da vergüenza ______.
Por eso, cuando Amélie me preguntó qué había sido para mí el sexo con Jota, no dudé en exclamar: «Fue magnífico. Siento que me alineó los chakras. Soy una mujer nueva después de ese follón», con Pololo ahí, al lado.
Capté un reajuste en el sillón. Un leve alejamiento del contacto con mi pierna.
Seguimos la consulta y ya no hablamos de sexo, sino de nuestra vida en pareja.
Nos dan de tarea hacer una lista: cosas que me prenden en la cama/cosas que no.
Mostrarnos esa lista al final de la semana y descubrir esas cosas que, en cinco años de relación, ya deberíamos saber... pero que no sabemos en realidad.
Al salir de la terapia nos damos un abrazo. Pololo va para un lado y yo para otro. Su abrazo es menos largo y apretado de lo que suele ser.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Pololo, dime. Siempre que pasa algo y no me lo dices, terminas guardándotelo y después lo acumulas y me terminas. Aprendamos de los errores, hagamos las cosas bie...
—¿¡CÓMO DICES ESO DELANTE DE MÍ!?
Su tono es alto. Como si fuera obvio. Como si no creyera que tenga que decirlo.
—¿Qué dije? —en realidad no lo sé.
—Te pusiste a hablar de que te alinearon los chakras, de no sé qué más, que estás renovada... ¿Cómo crees que eso me hace sentir? ¿No te parece que podrías pensar un poquito en cómo eso me afecta?
—Pero es terapia... ¿No se supone que uno tiene que decir la verdad?
—Romina, no hay necesidad de ser tan explícita.
—Perdón.
—Hey, está bien. Pero weón, ¿la próxima vez podrías pensar un poquito en que estoy al lado, escuchando?
Pasa martes, miércoles, y llega jueves, día en que trabajo en el club.
Durante esos días logro dejar de pensar en el follón y ya imagino a Jota en el avión de vuelta a Sydney.
No me ha escrito ni un solo mensaje. Seguro que ya se fue.
Me da un poco de pena (¿el ego?), pero también me alivia.
Creo que debería enfocarme cien por ciento en mejorar todo con Pololo y tener esos alineamientos de chakras juntos, en el futuro.
Me convenzo de que así será y ese pensamiento me otorga la tranquilidad de espíritu que necesito desde hace tanto tiempo.
Hago las tareas que nos dio Amélie para nuestra próxima sesión y después voy al parque a caminar y a mirar los árboles.
Logro que vuelvan a ser solo eso: árboles.
Ya no me hacen recordar a Jota. En vez de caminar escuchando un libro o un podcast, decido poner música.
Así de bien estoy, así de en paz con mis pensamientos.
Al sacar el teléfono del bolsillo tengo una notificación en WhatsApp de un número que aún no he guardado como contacto. Me da una puntada en la guata. Lo abro.
— Would you get in trouble if I pay you to have the day off again ?