Mi año de sexo y relajación 5
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El vestido Zimmerman era negro y ajustado en la parte de arriba, tenía un corsé incluido, y tipo globito por abajo. Era, según yo, súper de «puta cara». Pero you look super cute fue lo primero que me dijo. Yo no quería verme «cute», fuck, yo quería verme sexy.

En vez de sentarme en la cama, me senté en el sillón con las piernas cruzadas, para que se fijara en mis zapatos. Jota se dio cuenta.

—¡Uuuhhh, fancy !

Ok, sabe de marcas y sabe masturbarme. No necesito nada más en un hombre.

Me costó mucho en ese momento entender su edad, o más bien entender que a sus veintiséis años se moviera por la vida con tanta desenvoltura. Estoy segura de que a esa edad yo no tenía ni la mitad de la seguridad que Jota. ¿Será un asunto de género? ¿De cultura? ¿Generacional?

—Pensé que deberíamos pedir algo para beber a la habitación. Hay un menú en la app. Tienen de todo. Vino, cocteles. ¿Quieres algo?

«¡SÍ!». Me salió casi como un grito.

Elegimos una botella. Tinto. Yo no bebo vino tinto en una cita, a menos que lleve mi cepillo de dientes (no me gusta manchar mis dientes o boca), pero esto no era una cita.

—Te compré algo —dijo de repente.

—¿Ah, sí?

—Un regalo.

«Qué miedo», pensé. Creo que nadie me ha hecho feliz con un regalo que no haya sido elegido por mí.

A menos que en esa bag negra con un lazo ídem (que después de escanear la habitación descubrí en el velador) haya otros mil dólares.

Dudé de que me fuera a gustar. Me preparé para que en la cara no se me notara la inevitable decepción.

Qué tierno igual traerme un regalo. Qué detallista.

Dios mío, ojalá que se vaya pronto de Melbourne, este princess treatment es demasiado peligroso.

Se levantó de la cama y buscó el paquete negro. Cuando lo levantó y vi el logo, emití un pequeño gasp : «Honey Birdette» en letras doradas. Es esa lencería de lujo. Esa que jamás me he comprado porque es carísima.

Lo miré con ojos grandes y cara de asombro, pero debí no poder esconder la de «qué chucha me habrá comprado», porque de inmediato dijo:

—Obvio que lo puedes cambiar si no te gusta. O si no te queda.

—¡Gracias! —lancé con sinceridad, mientras deshacía el lazo y desenvolvía el contenido.

Era un conjunto hermoso, verde esmeralda. Tenía una joya colgando del sostén. Nunca había comprado

nada tan lindo para mi cuerpo yo misma. Menos lo había hecho otra persona.

—¿Te gusta? Pensé que el color te sentaría.

—¡Me encanta! —exclamé—. ¡Es demasiado lindo! Si no me queda lo cambio por lo mismo. ¿Me lo pruebo? —pregunté coqueta.

Sin esperar respuesta, tomé el conjunto y me metí al baño.

Me quedaba perfecto.

Me miré al espejo.

AHORA SÍ ME SIENTO COMO DEBERÍA.

Antes de abrir la puerta, se me ocurrió mirar el recibo. Cuatrocientos mil. Okay. This is getting better and better . He must go back to Sydney soon .

Salí del baño y Jota me miró de pies a cabeza.

Vi esa cara que había visto en el club la primera vez.

Una cara de caliente que era demasiado seductora.

No de pajero, ¿me entienden? Cara de caliente del tipo que no existe nada más que tú en el mundo.

Que la habitación entera podría arder, pero mientras las llamas no me alcancen a mí, él no se enteraría.

Antes de que pudiera lanzarse a mí como una pantera (así lo veía yo), tocaron la puerta. Era el vino.

Pasó por mi lado, me dio un beso y me tocó el culo. Después me miró a los ojos, sin apuro.

Tocaron por segunda vez.

Abrió la puerta mientras yo volví a sentarme en el sillón.

Entró con la botella y buscó dos copas.

—Tenemos que hablar —indiqué.

—Okay... ¿todo bien? —preguntó mientras servía el vino.

—Sí. Es más algo personal. Tengo que hablarte de algo privado, que no te había dicho porque, bueno, no pensé que te iba a volver a ver. No me pareció necesario. Pero... ahora sí.

Me sorprendí a mí misma al contar todo eso. No había planeado hablar de Pololo con él. Jota era, además, técnicamente un cliente. Los clientes no tienen que (ni quieren, en realidad) saber de tu vida privada.

No sé por qué decidí decírselo. El presentimiento, quizás. La corazonada de que esta no iba a ser la última noche que lo vería.

—Tengo novio.

Su cara de alivio me indicó que esperaba algo más grave.

—Ok. No me importa mientras a ti no te importe.

—No es un problema. Sabe que estoy acá, le hablé de ti.

—¿Haces mucho esto?

—Es la primera vez, de hecho.

—¿Verdad?

Si no me creyó, tuvo la decencia de pretender que sí, cosa que valoro aún más.

—Sí. ¿Y tú?

—Primera vez también.

—¿Te puedo preguntar algo?

—Sí.

—¿Por qué tienes tanta plata? No es normal que a tu edad alguien que trabaja de arborista esté tan cómodo con gastar tanto.

—Bueno, sí. Te dije que trabajaba para una empresa.

Lo que no te dije es que es la empresa de mi familia.

Estoy haciendo esto por ahora porque me gusta y porque quiero trabajar en terreno.

Para aprender antes de... ser yo el encargado.

Ese es el plan. No quiero estar mandando o encargado de gente y que ellos piensen que soy un nepo baby .

Quiero levantarme a las cinco de la mañana con el resto.

Entender cómo funciona todo. Trabajo desde los diecisiete años.

Me pagan... mejor que al resto, dejémoslo ahí.

—Misterio resuelto —comenté, poniendo la copa en la mesa de centro y caminando hacia él.

—¿Todo hablado? Shall we ?

— We shall .