Mi año de sexo y relajación 4
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Apreté stop en la máquina de ejercicios y me quedé parada mirando el mensaje.

Si bien durante mi vasta carrera me habían ofrecido dinero a cambio de sexo MUCHAS veces, que me pagaran por sexo se había quedado solo en una fantasía excitante jamás cumplida.

Nunca había pensado en concretarlo, porque tengo un problema.

Necesito cierto tipo de conexión/confianza para acostarme con alguien.

Me gusta sentirme a salvo en todas las circunstancias de la vida, no solo en el ámbito sexual.

Siempre me voy a sentar cerca de la puerta del bus, o en el pasillo en los aviones, jamás en la ventana.

Siempre llevo una pastilla de diazepam en la cartera por si la ansiedad ataca, y me lavo el poto cada vez que salgo de la casa, por si tengo un accidente.

No me lanzaría en paracaídas ni necesito volver en la vida a subirme al Barco Pirata (gran error en la infancia).

Nunca le confieso a nadie que me gusta sin asegurarme de que le gusto de vuelta.

Me gusta sentirme segura, ¿ven? En todo ámbito. Si ordeno algo en un restaurante y me gusta, volveré a ese mismo restaurante mil veces y siempre pediré lo mismo.

Entenderán entonces por qué hacer realidad mi fantasía de ser una grandísima puta cara suponía un problema. Las únicas personas que me lo habían propuesto habían sido clientes por la noche (una vez un italiano parecido a Tony Soprano me ofreció ocho mil dólares).

Claro que me había acostado con gente que había conocido trabajando, pero bastante tonta, lo hacía gratis por el puto gusto.

Por creer también que el sexo además era de las pocas áreas de mi vida donde la ansiedad no se escabullía.

Lo disfrutaba sin ahogos ni dissociation .

Plena y presente. Quizás quería cuidar eso.

Tal vez no quería arriesgarme a arruinar otro de mis espacios seguros por arrebatada o ambiciosa.

Hasta que llegó Jota.

Tomé el teléfono y me encerré en el baño del gimnasio. Pensaba en la propuesta de Jota mientras miraba el mensaje.

Esto es serio, pensé. Esto es oficial. Esto no es ni borrable ni omisible ni un desliz. Esto además es una transacción. No hay sentimientos, no hay confusiones.

Esto es pura pasión.

En vez de llamar a Gaby, como siempre hacía ante estos dilemas, llamé a la única persona a quien, además de a mí, esta situación competía. Llamé a Pololo.

—Sucedió —dije. De haber sido yo la interlocutora, mi pregunta hubiera sido: «¿Quién se murió?».

Pero a diferencia y continuo asombro mío, Pololo es una persona que vive en calma.

—¿Qué es lo que sucedió, Romina? —No intenta adivinar, simplemente pregunta.

—Conocí a alguien trabajando el jueves. Es un pendejo con plata, tranquilo, buena onda... me ofreció dinero para acostarme con él. No de manera oficial, pero me dijo que no trabaje hoy y que en vez salga con él, que vayamos a un hotel, que es prácticamente lo mismo.

Largo silencio en la sala.

—Ok. ¿Qué quieres hacer?

Habíamos hablado de esta posibilidad. El full service no era algo que yo hubiese desechado por completo.

Si alguna vez aparecía alguien que no solo ofreciera bien, sino que además yo creyera que podía sentirme segura, era una posibilidad.

Habían pasado cinco años de relación y esa posibilidad nunca se había presentado, por lo tanto, la conversación siempre fue: «Lo hablaremos cuando suceda».

Y sucedió.

—Quiero decirle que sí.

Silencio de nuevo.

—Si piensas que es seguro... y estás convencida...

—Sí... y sí.

—Bueno... dale la información del chico a Gaby, y la ubicación y eso. Recuerda que te puedes ir en cualquier momento. No estás obligada a nada.

— I know .

—Ok, bueno... supongo que finalmente sucedió —exclamó, sin buena ni mala emoción.

—Sucedió —le respondí, tratando de sonar casual y controlada. La verdad es que estaba en la gloria. Cuando corté el teléfono me di cuenta de que estaba mojada por adelantado. Mis piernas ya estaban abiertas.

I was going to be a fuck doll .

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Ese día me disfracé de todas las putas que había visto en el cine. Si no me diera tanto asco el cigarro, me hubiera puesto toalla en la cabeza y lentes negros mientras contemplaba mi vida mirando los edificios desde el décimo piso de mi terraza, piernas cruzadas, dando bocanadas.

Preparándome.

Todo eso era muy tonto, lo sabía. Ya me había acostado con él.

Pero tenía tantas ganas de sentirme pagada, cara, usada, por TANTO tiempo, que el proceso de arreglarme para esa noche fue inmaculado.

Me depilé pierna entera (me encanta hacerles sentir mis piernas suaves, literal, les tomo la mano y los obligo a recorrerlas), me embetuné en la crema cara que solo utilizo para ocasiones muy especiales.

Me maquillé con un tutorial (casi nunca lo hago), me armé unos rulos y, mientras me peinaba, disfrutaba sabiendo que no tenía caso, que lo más probable era que serían destruidos en dos segundos en el acto sexual o bajo la ducha.

No importaba. Yo quería llegar siendo una reina. Me emocionaba también que él quisiera verme y tenerme de nuevo, tanto, que estaba dispuesto a pagar. A pagarme a mí. A pagar quizás la mitad de su sueldo semanal por estar conmigo, por besarme y que lo bese de vuelta.

Dios, qué lindo me parecía todo eso.

Para mi cumpleaños número treinta me compré unos Louboutin de suela roja que usé dos veces en mi vida. (No gasten en esos zapatos. Lo que nadie te dice: son imposibles para caminar.)

Los desempolvé. Iba a tener que tomar uber para una caminata de quince minutos, pero no importaba. Era parte del personaje: el vestido negro y toda la macana. Condones, un gas pimienta (siempre en mi cartera), mentas, pañuelos, un miniperfume y ganas.

Llegué al hotel. El mismo de la vez pasada.

Esta vez subí solita. Él me estaba esperando en la habitación, una menos sorprendente que la vez anterior.

Cuando abrió la puerta descubrí que él también se sentía un personaje y estaba cumpliendo una fantasía.

Se había engominado el pelo, olía a perfume, y había puesto los diez billetes de cien dólares en forma circular encima de la cama.

Pero lo más importante: esta vez sí estaba nervioso.