Mi año de sexo y relajación 3
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Era viernes.

De inmediato me dijo que nos juntáramos: «¿Qué haces hoy? Veámonos hoy mismo».

Y yo le dije que sí. Que nos viéramos. Tenía el cumpleaños de un amigo, pero pensaba encontrarme con él, revolcarnos, y llegar así: toda manoseada y feliz. Dichosa.

—¿A qué hora?

—A las siete. Termino de trabajar a las cinco y a las siete puedo estar en la ciudad.

—¿Y para dónde vamos?

—¿Cómo que a dónde? Tengo treinta y seis años —le dije—. Vamos a un hotel.

Cosas que no voy a olvidar: él esperándome en la cima de la escalera mecánica. Mi outfit: pantalones negros, camisa negra, chaqueta negra.

Él viéndome desde arriba, buscando entre la gente.

Su cara cuando me reconoció.

La sonrisa de nervios que teníamos los dos.

La torpeza de sus dedos que no sabían qué hacer cuando me tomó la mano para conducirme a la habitación.

Ese mismo día, mientras me vestía para ir al hotel, le mandé un mensaje a Pololo:

Deberíamos volver a abrir la relación.

Me respondió con un simple:

Sí. Conversemos cuando llegue del trabajo, pero sí.

A mí no me da morbo mentir. No me calienta la culpa.

Soy pilla, eso sí. Y creo que hay cosas que son innecesarias de contar.

Después de la seguidilla de cagadas, me parecía que era muy pronto para decirle: «Conocí a un weón. Quisiera que me penetre».

Así que me dije:

Este pendejo no dejará rastro.

Lo veré una vez. Está de paso por mi ciudad. In and out .

Será como si no hubiera pasado.

Después de esto dejaré todo claro con Pololo.

Y a partir de mañana, esta vez sí, haré todo bien.

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Entré a la habitación. Jota había arrendado la más cara disponible. Supuse unos setecientos dólares la noche.

Tenía vista a toda la ciudad, un baño del porte de mi pieza entera y una cama enorme donde me tendí de costado.

Me parece que tuve la intención de decir algo importante. Tipo: poner reglas de sana convivencia (usar condón, no sexo oral, solo será una vez, etcétera).

Pero antes de poder pronunciar palabra, Jota ya se había acurrucado a mi lado, y tomándome de la cabeza, no alcancé a darme cuenta cuando ya me estaba besando con delicadeza.

Estaban las ganas desde la noche anterior.

Estaba la tranquilidad de lo efímero.

Estaban dos personas en una cama sin recuerdos, en una habitación que no era de nadie, en un territorio neutral, donde lo único que había en común era la confirmación de ese presentimiento que tuve la noche anterior: Jota y yo teníamos una gran manera de saber estar juntos.

Antes de llegar había pasado por un barcito cerca del hotel. Un cosmopolitan, en estos casos, es la elección perfecta.

El jugo de cranberry ayuda a prevenir infecciones urinarias, el limón da un pequeño golpe de energía, el vodka da el coraje para meterte con un weón que apenas conoces y el azúcar se queda como sabor en la lengua.

La lengua de Jota, en cambio, sabía solo a lengua. Estaba completamente sobrio.

Ahí me di cuenta del arrojo que debía tener este pendejo. Quizás eso es justo lo que me atrajo.

Hay gente que entiende de qué se trata el sexo. Se detienen a explorar lugares, perciben en la respiración o el movimiento de la otra persona si deben seguir donde están.

Gente que se toma las cosas con la calma que amerita la intimidad con un cuerpo nuevo.

Jota era eso y mucho más.

Recuerdo pensar: «Tiene diez años menos que yo, y no necesita beber ni una gota para hacerse de valor. Este hombre se mueve por la vida así, tranquilo y por instinto».

Como yo quisiera... y que mi ansiedad me impide.

Eso era lo que él tenía y que a mí me faltaba.

Jamás llegué a la fiesta de cumpleaños, por supuesto.

Lo último que recuerdo es pedir un uber después de cinco horas de esos culeos que son tan monumentales que sabes que ya nunca vas a ver la vida igual.

A modo de despedida, me dio un beso suave mientras me acariciaba el clítoris. El vehículo estaba a cuatro minutos. Le tomó uno hacerme acabar por cuarta y última vez esa noche.

Me despedí, según yo, para siempre.

‘Twas the day before ANZAC —un feriado australiano que conmemora a los soldados muertos en alguna guerra innecesaria— cuando volví a saber de Jota, unas semanas después del encuentro.

«No me fui a Sydney», me dijo. «Decidí quedarme un tiempo más en Melbourne. Quizás quieras verme. ¿Qué haces hoy?»

—Hoy no puedo. Hoy trabajo y es de esas noches que no me puedo perder. Mañana es feriado, ¿recuerdas? ANZAC.

—¿Cuánto haces una noche como hoy?

—Mil dólares, más o menos.

Aún recuerdo en qué estaba.

Estaba haciendo escaleras en el gimnasio. A punto de llegar a los diez minutos que mi pésima capacidad de cardio me permite hacer.

Mi teléfono se iluminó.

Abrí el mensaje:

Yo te los pago. Volvamos al hotel.