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Me tendí en la cama, desolada. Sí, Jota parecía de esos hombres que jamás buscaban a nadie. No porque se creyeran importantes, sino porque tenían miedo de correr cuando podían cojear en la vida.
A mí me gustaba vivir en maratón, no tenía problema en buscarlo.
Pero no podía. Solo sabía su nombre de pila y el noventa y nueve por ciento de su número de teléfono; no sabía qué dígito faltaba ni dónde.
Me dijo dónde trabajaba, pero era de esas cosas que entraban por mis oídos y salían de inmediato. No retenía.
Al mismo tiempo, sentía una necesidad inmensa de verlo.
Si llevaba once años trabajando de noche, como stripper, y por año había trabajado al menos cien noches en promedio (algunos más, otros menos), y en una noche normal hacía entre cinco y diez bailes, supongamos que a lo largo de mi carrera había bailado desnuda para alrededor de ocho mil personas (¡wow!).
Podía contar con los dedos de las manos, y quizás medio pie, las veces que había sentido conexiones románticas o eróticas.
Por ejemplo: me pasó con el hombre del que hablé antes, el que me culió en el baño; a ese también lo conocí dándole un baile.
Me pasó también con una mina de pelo liso que fue con el pololo y que me olía el pelo mientras yo me sentaba en sus piernas, y tenía la entrepierna tan caliente que yo la sentía con el culo.
Me pasó con el obeso mórbido que decía las cosas más eróticas y que me hizo llegar a mi casa a ver porno de obesos mórbidos (durante meses).
Y, por supuesto, con mi exmarido. No había un patrón ni un perfil definido.
Eran sutilezas. No sabría cómo explicar que, cuando sabes, SABES.
Eso me había pasado con Jota. Sabía que había algo entre los dos.
¿Entienden lo que digo? Algo que él tenía, a mí me faltaba.
Lo sentí mientras bailaba y me tocaba la espalda como si me estuviera haciendo cariño en la cara.
Con el revés de los dedos. O cómo me tomaba las piernas, delicado pero firme, sintiéndolas por partes.
O mientras conversábamos. La manera en que bajaba los ojos cuando lo miraba muy profundo, la forma en que pronunciaba ciertas palabras.
Que se conociera tanto y no tuviera vergüenza de no tenerla parada.
Que usara una polera que yo también tenía.
Que, en vez de llevar un gorro de marca, anduviera con el de su trabajo.
Pero... ¡TENÍA PUESTO EL GORRO DE SU TRABAJO!
Abrí los ojos. Dios mío, ¿qué decía el jockey?
Recordaba que era azul marino con letras blancas.
El logo decía algo con la palabra «tree».
Lo recordaba porque hablamos de su trabajo como arborista, que lo disculpara si tenía las manos rotas, que le avisara si me incomodaban cuando rozaban mi piel suavecita.
(«God no, me encanta», le dije). Y ahí fue cuando, indicando hacia su gorro, me dijo que así se llamaba la empresa donde llevaba casi siete años trabajando.
«Tree» algo. O algo «tree». ¿O «tres»? Quizás el logo tenía un árbol dibujado y no escrito.
Cerré los ojos.
Era azul marino.
Tenía letras blancas.
Un árbol dibujado.
...
Trees
Tree S...
¿TREE SALVATION?
Lo googleé de inmediato. Había una empresa que se llamaba Tree Salvation y que estaba en...
New South Wales... y Dandenong, Victoria.
Googleé Dandenong. Quedaba a cuarenta minutos de mi casa.
Ahora recordaba que me dijo que vivía lejos de la ciudad, que el taxi a esa hora le iba a costar carísimo.
Tenía que ser esa la empresa. Lo primero que hice fue buscar si tenían cuenta de Instagram.
Tenían. Tres mil seguidores, cuatro «Jotas», ninguno el mío.
Doscientos posts. Muchos trabajadores arriba de árboles, máquinas, manejando camiones... de nuevo, de todos esos, ninguno era el mío.
«¿Qué tanta poca vergüenza podía llegar a tener?», me preguntaba mientras me bañaba.
Me vestí, me hice un té. Abrí un libro. Lo cerré. Tomé mi teléfono, busqué el número de teléfono de la empresa en Melbourne. Lo pinché.
¿Llamar?
Sí. Llamar.
Llamé.
Me respondió una secretaria. Una mujer con voz joven.
— Tree Salvation , how can I help you ?
No tenía idea de qué decir. ¿Qué pensaba?, ¿que Jota me contestaría el teléfono?
—Hola. Emm... esto va a sonar extraño. Conocí a alguien anoche y trabaja ahí.
O sea, creo que trabaja ahí. No, estoy segura de que trabaja ahí.
Se llama Jota. Me dio su teléfono, pero se equivocó y le falta un dígito.
¿Es posible que me des su número? ¿Conoces a un Jota?
Es joven. O sea, no tan joven. Bien para mí, jeje.
O sea... normal para mí. Bien para mí. Una edad correcta para mí, quiero decir. Se llama «Jota». Creo que es de Sydney.
Silencio.
—Disculpa... ¿Qué es lo que quieres?
De pronto entendí que lo que estaba haciendo no debía ser tan normal, y más bien era ridículo. O una mala idea, no solo por la humillación que estaba sintiendo en ese momento.
¿Qué tal si Jota tenía novia y ella lo conocía? ¿Qué tal si esa misma que contestó el teléfono era su novia? ¿O la esposa?
Mala idea. Pésima. Pero ya estaba en eso. No quedaba otra que repetir mi pregunta, esta vez más clara y al grano.
—Conocí a alguien anoche y perdí su número. Trabaja ahí. ¿Hay un Jota que trabaje ahí?
Silencio.
—No. Acá no hay nadie con ese nombre.
—Gracias. Perdón la molestia.
Me había dado nombre y número falso.
«Qué vergüenza, weón.» Eso dije. Solté el teléfono, que cayó cerca de mi cabeza, y lo miré de reojo. Lentamente lo empujé con el dedo índice hasta que se cayó de la cama y quedó fuera de mi vista.
¿Por qué hacía esas cosas? ¿Qué era lo que estaba buscando? ¿Acaso me había inventado una conexión porque estaba desesperada por tener una? Además, ¿qué esperaba? ¿Otra infidelidad, otro romance fallido, otra complicación?
Debía dejar de tener tanto tiempo libre. Ese era mi problema. Vivía aburrida. Vivir me aburría. Dormir era lo único que me gustaba.
Dormir, curarme, comer, leer, ver tele.
Esas cosas eran las únicas que me gustaba en verdad hacer, y en ese orden. Todas tenían algo en común: hacerme desaparecer un rato. Ok, necesitaba buscar un hobby. Algo que por las mañanas me hiciera despertar y no cometer burradas. Quizás un taller de algo. De lo que fuera.
Me arrastré en la cama hacia el teléfono que aún estaba en el suelo y lo alcancé con una mano. Había una notificación.
Había un mensaje.
Había un mensaje de un número desconocido.
Había un mensaje de un número desconocido que decía:
¿Tú llamaste a mi trabajo? La secretaria me dio tu número.
El iPhone me decía que quizás fuera alguien que se llamaba Jota.