CAPÍTULO 58 #2
—Don Carlos pasó toda la noche cruzando las facturas de la mercancía que llegó de los puertos con los arqueos de caja del mes —dijo, mirándome desde arriba con unos ojos que destilaban pura decepción—.
Faltan tres millones de pesos en efectivo que sacaste de la caja mayor el lunes de la semana pasada.
Pusiste que era para un pago de fletes a un proveedor de Barranquilla, pero el recibo físico que dejaste es falso, Malik.
No tiene sello, no tiene firma real. ¿Me estás robando en mi propia cara?
¿Para esto te di el control de las bodegas?
Yo ni siquiera me moví. Me quedé tirado en la silla de cuero, con la cara desencajada, la camisa desabrochada y los ojos inyectados en sangre, mirando el techo. Su presencia, que antes me ponía firme, ahora me importaba una mierda.
—¡Mírame cuando te hablo, carajo! —gritó, dándole un puñetazo al escritorio que hizo saltar los papeles—. Llevas tres días sin supervisar un solo camión, dejando que Alfonso maneje esto solo, y encima metes la mano en la plata de la familia. ¿En qué te lo gastaste? ¿En juego? ¿En deudas? ¡Habla!
Una risa seca, pastosa por el alcohol, se me escapó del pecho. Me incorporé despacio, apoyando los codos en la mesa, sintiendo el peso de mi propia decadencia.
—No hubo fletes, papá... —susurré, arrastrando las palabras, con una sonrisa amarga que me deformaba la cara.
—¿Entonces? ¡¿Dónde está la plata?!
—Se la di a ella —solté, y la confesión me supo a ceniza en la boca.
Mi padre se quedó callado un segundo, procesando la información, y luego su rostro se encendió de rabia. Se inclinó sobre el escritorio, invadiendo mi espacio, destilando esa furia implacable de los Murad.
—¿A la muchachita esa? —siseó con asco—.
¿Te volviste loco, Malik? Te advertí que a las mujeres se les controla con el bolsillo, no que les regalaras el capital de los negocios.
¡Te vio la cara de pendejo! Te sacó una millonada y tú aquí metido como un perro sarnoso llorando por las esquinas.
Reacciona, no seas tan poco hombre. Mañana mismo mandas a la policía a su casa y que te devuelva cada billete o la metes presa a ella y a la mamá.
Esa palabra, "pendejo", me rompió lo último que me quedaba de orgullo. El dolor, la humillación de saber que yo mismo había comprado su libertad y la impotencia de no poder rastrearla en ningún lado porque la tierra se la había tragado, me explotaron en el pecho.
Me levanté de la silla de un tirón, tumbándola contra la pared. Las lágrimas, calientes y cargadas de rabia, me nublaron la vista. Me convertí en un niño indefenso frente al monstruo de mi padre, pero le grité con toda la fuerza de mis pulmones, directo a la cara, rompiéndome la garganta:
—¡No la puedo meter presa porque no está!
—el grito me salió con un nudo de llanto visceral, patético—.
¡Se fue, papá! ¡Se largó del pueblo en la madrugada!
¡Me engañó en mi puta cara! Esos tres millones que don Carlos está buscando...
esos tres millones fueron su pasaporte. ¡Yo mismo le pagué el pasaje para que se escapara de mí!
Mi padre no me levantó del suelo. No hubo un abrazo, ni una palabra de consuelo.
Se me quedó mirando un buen rato con la respiración pesada, mientras yo seguía apoyado contra el escritorio, con los hombros sacudidos por un llanto que ya no podía contener.
La carpeta de hule seguía firme ahora en su mano izquierda.
El silencio que se instaló en la oficina era el de un juez que acaba de confirmar que su heredero está defectuoso.
—Límpiate la cara —dijo finalmente, con una voz tan fría que pareció congelar el aire de la oficina.
Al ver que no reaccionaba, dio un paso al frente y me agarró del brazo con una fuerza que me dolió, obligándome a ponerme derecho—.
Un Murad no se arrodilla por una mujer, Malik.
Y menos por una que se fue usando nuestra propia plata.
Ella no te ganó. Tú te entregaste solo por pendejo.
Te advertí que no mezclaras los negocios con la cama.
La dejaste entrar demasiado y te robó la dignidad.
—No me importa la plata, papá... —logré articular, con la voz rota, pastosa por el ron—. No entiendes... no sé dónde está. No sé con quién, ni a dónde fue...
—¡Y no te tiene que importar! —me interrumpió mi padre, dándome un sacudón que me hizo castañear los dientes—.
Se fue. Muerta la perra, se acabó la rabia.
Da gracias a Dios que esa muerta de hambre te dejó el camino libre antes de que te amarrara con un hijo o te arrastrara a su fango.
Que se hunda en la capital o donde sea que se haya metido. Para ti, esa niña dejó de existir hoy.
El silencio que siguió a sus palabras fue más pesado que cualquier golpe.
Escucharlo hablar de un hijo como si fuera una cadena, como si hubiera sido una amenaza, me provocó un vacío atroz en el centro del pecho.
El ron me quemaba la garganta, pero el dolor de lo que nunca pudo ser me estaba calcinando por dentro.
En mi mente, por un segundo, se materializó todo lo que me habían arrebatado: la posibilidad de que ella llevara algo mío, una vida que nos hubiera unido más allá de cualquier circunstancia.
Ese deseo, que antes era una esperanza de futuro, ahora se sentía como un fantasma que me torturaba.
Me di cuenta, con una claridad cruel, de que esa oportunidad se había esfumado con ella.
Ya no me importaba el apellido. Ni el dinero. Ni la maldita mirada de desprecio de mi padre. Sin ella, el desierto que él llamaba "imperio" ya no era nada; era solo un lugar vacío.
—¡Ojalá lo hubiera hecho! —le grité en la cara, empujándolo para soltarme de su agarre, ciego de la rabia y el ron—.
¡Ojalá la hubiera preñado, papá! ¡Ojalá cargara un hijo mío en esa barriga porque yo no quiero hijos con nadie más si no es con ella!
¡Me importa un carajo el fango, me importa un carajo el apellido!
¡Prefiero estar hundido con ella que metido en este maldito desierto tuyo!
Mi padre dio un paso atrás, con los ojos abiertos de par en par, encendido de indignación. Para un Murad, lo que acababa de decir era la peor de las traiciones, una blasfemia contra el dominio y cultura familiar. Me miró con un asco profundo, como si ya no reconociera a su propio reflejo.
—Estás enfermo, Malik —siseó, recuperando esa compostura gélida—.
Das lástima. Menos mal la tipa fue más inteligente que tú y se largó antes de cometer esa desgracia.
Límpiate la cara. Don Carlos va a cuadrar esos tres millones como una pérdida por mercancía dañada.
No quiero volver a oír de ese desfalco, ni de esa aparecida.
Te doy hasta mañana a las seis de la mañana para que te saques el alcohol del cuerpo, te asees y te pongas al frente de los camiones.
Si a las seis no estás aquí firmando las remisiones, Alfonso asumirá la gerencia de la bodega y tú te vas a la calle con una mano adelante y otra atrás.
A ver si el orgullo te mantiene el estómago lleno.
La puerta se cerró con un golpe seco.
Me dejé caer en la silla, tapándome la cara mientras el llanto me ahogaba de nuevo. En mi cabeza seguía retumbando mi propio grito, ese deseo desesperado que le había lanzado a mi padre como un veneno.