CAPÍTULO 58
Los días que siguieron fueron una agonía de silencio.
Ella no volvió a escribir. No me llamó al teléfono ni mandó mensajes pidiendo atención.
Con mi arrogancia de siempre, pensé que finalmente había entendido cuál era su lugar.
Me imaginaba que estaba en su casa, sintiéndose culpable por la deuda.
Mi padre, al verme "enfocado" y sin rastros de la inestabilidad que antes me rodeaba, empezó a mirarme con otros ojos.
—Has aprendido, Malik —me dijo una noche, mientras tomábamos Arak—. Las mujeres son como el comercio: si controlas la plata, controlas lo que hacen.
Sonreí, convencido de que tenía la verdad absoluta.
Ella estaba fuera, confinada en la precariedad de su mundo, esperando a que yo decidiera buscarla.
Pero pasó una semana, y luego otra. El silencio, que al principio me pareció una victoria, empezó a volverse pesado.
Ya no era sumisión; era una ausencia absoluta.
Una tarde, me cansé de esperar. Decidí que era hora de marcar territorio. Le envié un mensaje corto, una orden: «Mañana a las siete. En el lugar de siempre. No llegues tarde».
No hubo respuesta. Ni esa noche, ni al día siguiente.
El viernes, la ansiedad se convirtió en una furia ciega. Agarré la moto y me fui hacia el barrio donde ella vivía. Mi plan era bajarla a las malas si era necesario, recordarle que no podía simplemente ignorarme. Golpeé la puerta de su casa con una fuerza que casi la tiro.
Cuando la madre abrió, vi el infierno en sus ojos: estaba demacrada, con las manos temblorosas y la ropa arrugada. Al verme, su expresión cambió de cansancio a un odio visceral. Se lanzó sobre mí, agarrándome por la camisa con una fuerza desesperada.
—¡¿Usted?! —gritó, sacudiéndome—. ¡Dígame dónde está! ¡Dígame a dónde se la llevó, maldito sea!
—¡Suélteme! —le grité, apartándola de un empujón—. ¡Vengo a buscarla a ella!
—¡Se fue! —chilló la mujer, desplomándose contra el marco de la puerta—. ¡Se escapó hace tres días, en la madrugada! ¡No dejó ni una nota! ¡No se llevó casi nada, solo un maletín pequeño! La policía dice que no hay rastro... ¿Qué le hizo, Malik? ¡¿Qué le hizo?!
Me quedé helado. El mundo se me empezó a mover de una forma insoportable. Una semana. Una semana desde que la dejé en la puerta de la bodega, una semana desde que le entregué el dinero que me costó robarle a mi padre.
Los billetes que le puse sobre la mesa en la oficina, esos que yo creía que eran una cadena para mantenerla atada a mi voluntad, habían sido el precio de su libertad.
Ella no estaba pagando deudas, no estaba arreglando nada en su casa; estaba comprando un pasaje fuera de mi alcance.
Yo mismo, con mi soberbia, había financiado su huida.
—Yo... yo no sé dónde está —susurré, y por primera vez en mi vida, sentí miedo de verdad.
La madre siguió gritando maldiciones, pero yo ya no la escuchaba.
Me subí a la moto y arranqué sin rumbo. Las calles de Puerto Magara me parecían de pronto extrañas, un escenario vacío.
Todo el control del que presumía se había esfumado como humo.
Ella podía estar en cualquier ciudad y yo nunca la encontraría.
Se había vuelto un cuerpo sin alma, una sombra inalcanzable.
Lo entendí con una claridad que me rompió por dentro: me había ganado la partida.
Me había utilizado, me había mentido a la cara y se había burlado de mí.
Me dejó solo con el vacío y el terror de saber que mi padre pronto se daría cuenta de que su heredero no era más que un tonto, un imbécil al que una muchacha le dio una lección de estrategia que me va a costar todo.
Me subí a la moto y arranqué sin rumbo. El motor rugía como la rabia que me quemaba las entrañas, pero a medida que avanzaba, una sola idea se clavó en mi cabeza como un clavo ardiente: Kamil.
Ese imbécil había sido su confesor, la piedra en el zapato.
Si alguien sabía dónde se había metido, era él.
Llegué al apartamento de Kamil derrapando en la entrada.
Subí las escaleras de forma acelerada, con los puños listos para hacerle hablar por las malas.
Lo encontré parado en la sala. Ni siquiera me dio tiempo de saludar.
Lo agarré por la pechera de la camisa y lo estampé contra la pared con tanta fuerza que los cuadros vibraron.
—¡Dime dónde está, pedazo de mierda! —le grité, escupiéndole casi en la cara—. Sé que la ayudaste. ¡Dime a qué ciudad la enviaste o te juro que te rompo la cara aquí mismo!
Kamil me miró, y por un segundo, la soberbia se le borró del rostro. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, pasando del impacto a una confusión que me desarmó.
—¿De qué hablas, Malik? —respondió, forcejeando para soltarse—. ¡Suéltame, imbécil! ¿A dónde se fue quién?
—¡Génesis! —rugí, apretando más el agarre—. ¡Se largó hace tres días! ¡No dejó ni rastro!
Kamil se quedó petrificado. Sus manos, que intentaban quitarme las mías de encima, se tensaron y luego cayeron, inertes. El shock en su mirada era genuino; no estaba actuando.
—¿Se fue? —balbuceó, con la voz rota por la incredulidad—. ¿Me estás diciendo que Génesis se esfumó sin decir nada?
—¡No te hagas el estúpido! —le grité, aunque mi convicción se tambaleaba al ver su reacción—. ¡Tú le dabas alas, tú la escuchabas! ¡Si no sabes dónde está, es porque eres un inepto, o porque te utilizó para que yo no sospechara!
Kamil me empujó con una fuerza bruta, sacudiéndose de mi agarre. Se pasó las manos por la cara, furioso, desesperado mirándome con un desprecio que me encendió la sangre, pero yo no iba a soltar la presa.
—¡Deja de actuar, maldito! —rugí, señalándolo con un dedo tembloroso—.
¡No me vengas con esa cara de inocente! ¡Tú sabías lo que ella planeaba!
Siempre fuiste su sombra, el tipo comprensivo que la escuchaba mientras yo me partía el lomo para mantenerla a salvo.
¡Dime dónde está o te juro que voy a arrancarte la verdad a golpes!
Kamil soltó una carcajada amarga, seca como un disparo.
—¿A salvo? ¿A eso le llamas tú "mantenerla a salvo", Malik?
—caminó hacia mí, invadiendo mi espacio personal—.
La asfixiaste hasta que no le quedó aire.
Ella no es un trofeo, ni una mercancía que puedas encerrar en tu bodega.
¡Si se fue, es porque tú mismo la empujaste al vacío con tu maldito control y tu arrogancia!
—¡Cállate! —le corté, cerrando los puños—. ¡Tú le traías ganas desde el principio porque sabes que es mía! ¡Querías lo que yo tengo, y seguro le ayudaste a escapar solo para ver cómo me hundía! ¡No eres más que un envidioso que se muere por quitarme lo que me pertenece!
Kamil se quedó en silencio un segundo, con la mirada clavada en la mía, cargada de una honestidad que me hacía hervir la bilis.
—No te voy a negar que, al principio, la quería solo para joderte —escupió las palabras con frialdad—.
Por la golpiza que me diste esa vez... responderte con golpes no era suficiente, quería darte justo donde más te doliera: quitándote a ella.
Te equivocas, Malik; no pude seguir con ese plan.
Ella me cambió, cambió mi forma de ver este infierno en el que vivimos, y aunque intentes negar tu podredumbre, ella terminó siendo lo único real en mi vida.
—¡Mientes! —grité, incapaz de procesar la magnitud de su cinismo—. ¡Eres un manipulador igual que ella! ¡Los dos se burlaron de mí!
—¡Mírame bien, idiota! —me tomó de los hombros, obligándome a encararlo—.
¡No sé dónde está! ¡Estoy tan jodido y perdido como tú!
Pero la diferencia es que yo acepto que ella nos ganó la partida a ambos, mientras tú prefieres encerrarte en tus mentiras para no aceptar que fuiste tú quien, con tu asfixiante obsesión, la obligó a desaparecer.
El silencio que siguió fue más violento que cualquier tormenta.
Sus palabras me cayeron encima como plomo, pero mi mente, bloqueada por la rabia, se negó a darle la razón.
Me di la vuelta, con el orgullo enterrado bajo el peso de una verdad que me negaba a digerir.
Salí de allí sin decir una palabra más, dejando que el veneno de la duda terminara de carcomerme.
Manejé de regreso a la bodega con la vista nublada por el ron que me había bajado directo de la botella.
Llevaba tres días metido en la oficina del fondo, con las persianas cerradas, tragando rancio y escuchando el eco de las palabras de Kamil.
Mi mundo se había reducido a cuatro paredes mugrientas y al olor a encierro.
Afuera, el negocio seguía andando gracias a Don Alfonso, el bodeguero viejo que mi papá había contratado hacía diez años; él se encargaba de abrir los portones a las seis, de gritarle a los coteros y de recibir los camiones mientras yo me caía a pedazos en la oscuridad.
El ruido de los bultos de mercancía golpeando el suelo me taladraba la cabeza, pero no me importaba. Estaba vuelto mierda.
A la mitad de la tarde, la puerta de la oficina se abrió de un golpe. La luz del pasillo me cegó y me obligó a taparme la cara con el brazo, apestando a sudor y a licor barato.
Era mi padre. Detrás de él, con la cabeza gacha y una carpeta de hule bajo el brazo, estaba don Carlos, el contador de la empresa.
—Déjanos solos —ordenó mi padre con esa voz que hacía temblar a cualquiera. El contador asintió y cerró la puerta a sus espaldas.
Mi padre caminó hasta el escritorio, apartó con desprecio dos botellas vacías de un manotazo y tiró una pesada libreta de auditoría y un fajo de extractos bancarios impresos en papel continuo sobre la mesa.