CAPÍTULO 57
Aquella noche en el sofá de la oficina, mientras la vigilaba, me sentí débil. Verla así me asustó y eso me dio rabia. No me gusta sentirme vulnerable; para un hombre de mi posición, eso es un error que hay que corregir rápido para no perder el control. Necesitaba recuperar el mando de inmediato.
Dos días después, mi teléfono empezó a repicar. La pantalla de mi Nokia mostraba su nombre una y otra vez, seguido de un par de mensajes de texto cortos: "Malik contesta", "Necesito verte, es urgente".
Se notaba que estaba desesperada, pero no le contesté.
Si la había ayudado antes fue para que no se me muriera en la oficina, no porque me interesaran sus lloriqueos.
Decidí que podía esperar hasta que a mí me diera la gana hablar.
Ignoré cada llamada perdida durante días.
Quería que se desesperara, que entendiera que yo soy el que manda en esta relación.
Pero esa tarde, mientras terminaba unos papeles en la oficina, uno de los muchachos de los almacenes pasó por la puerta, con esa cara de quien trae un chisme que sabe que me va a encender.
—Malik —dijo, apoyándose en el marco como quien no quiere la cosa—, vi a la niña esa, la que siempre anda contigo... entró en la heladería del cruce hace un rato con tu primo Kamil. Estaban sentados al fondo, se veían muy serios.
El aire se me acabó en los pulmones. No necesité más. No pregunté qué hacían ni cuánto tiempo llevaban ahí. Ni siquiera le agradecí al tipo; salí de la oficina como si me persiguiera el diablo.
Monté en la moto y corrí como un loco. La rabia era lo único que me movía, esa sensación de que mi territorio estaba siendo invadido.
Cuando llegué a la heladería, los vi a través del vidrio.
Ella se veía más rota que nunca; tenía la piel gris, los hombros hundidos por un peso invisible.
Kamil estaba inclinado hacia ella, con una expresión de preocupación que me revolvió las entrañas.
—No tengo a quién más acudir, Kamil —la escuché decir, apenas entrando por la puerta, con esa voz apagada y quebrada que me perforó el tímpano—.
Es un problema en mi casa... un error que me va a costar la vida si no lo resuelvo. Necesito esa plata.
Me detuve en seco tras ellos, justo cuando Kamil, sin pensarlo dos veces, puso una mano sobre la mesa, dispuesto a sacar su billetera.
—Cualquier cosa que necesites, Génesis, aquí estoy —dijo él, con esa voz calmada de tipo que se cree el salvador—. No tienes que pasar por esto sola.
No pude contenerme. El orgullo, la rabia y los celos explotaron dentro de mí como una granada. Golpeé la mesa de al lado, haciendo que los vasos saltaran.
—¿Así que este es tu plan? —mi voz resonó en toda la heladería, cargada de veneno—. ¿Pedirle limosna a este imbécil?
Génesis dio un brinco, palideciendo hasta volverse casi traslúcida. Kamil se levantó despacio, sin perder la compostura, y eso fue lo que más me enfureció.
—Llegaste tarde, Malik —me dijo él, mirándome a los ojos—. Ella no está pidiendo limosna, está pidiendo ayuda. Algo que tú, en tu infinita soberbia, no has sido capaz de ofrecerle.
—¡Ella es mi problema! —rugí, acercándome tanto que quedé cara a cara con mi primo—. ¡Es mi mujer, mi responsabilidad, y no voy a permitir que un imbécil con delirios de héroe se meta en lo que es mío!
Génesis se levantó, temblando.
—¡Cállate, Malik! —gritó ella, con un hilo de voz que, a pesar de todo, sonó firme—. No le digas así. Él me escuchó. Él no me ignoró durante tres días mientras yo me moría de miedo.
Sentí que el corazón se me paraba. Muriéndose de miedo. Me miró con un desprecio que nunca antes había visto. Ella estaba decidida, rota, pero decidida a dejarme atrás.
—¿Quieres plata? —dije, dándome la vuelta hacia ella, ignorando a Kamil—. Te la voy a dar. Pero no voy a permitir que le debas ni un centavo a este tipo.
—No la metas en tus juegos, Malik —intervino Kamil, dándome un empujón en el pecho—. Si ella quiere mi ayuda, se la voy a dar.
—¡No! —sentencié, dando un paso al frente y agarrando a Génesis por el brazo con una fuerza que no pude controlar—. Ella no te debe nada, Kamil. Y no va a aceptar ni un centavo tuyo.
—¡Suéltala, Malik! —Kamil se puso en pie, con los puños cerrados. La tensión en la heladería era tan espesa que los demás clientes empezaron a levantarse de sus mesas—. Estás loco. No puedes obligarla a seguir contigo si ella no quiere.
—¿Ah, no? —le solté una carcajada cargada de rabia—. Mírala. Mírala bien. Ella sabe exactamente dónde debe estar.
Intenté arrastrarla hacia la salida, pero Kamil dio un paso para cerrarme el camino, listo para lanzarse contra mí. Sin embargo, antes de que el choque fuera inevitable, ella reaccionó. Puso sus manos sobre el pecho de Kamil, deteniéndolo con una desesperación que me dejó helado.
—No, Kamil, detente —dijo ella, con una voz que, aunque quebrada, sonó decidida—. No voy a permitir otro escándalo. Ya no soporto más esto. Por favor, déjame ir con él.
Kamil la miró, atónito.
—Génesis, no tienes que hacer esto...
—Sí, tengo que hacerlo —interrumpió ella, girándose hacia mí con una mirada de profundo cansancio—. Vámonos, Malik. Ya tienes lo que querías, ¿no? Deja a Kamil en paz.
La arrastré fuera de la heladería mientras Kamil se quedaba ahí, con los puños temblorosos, dándose cuenta de que ella prefería irse con el monstruo que ver un derramamiento de sangre.
La subí a la moto y, en silencio, aceleré hacia la bodega.
Al llegar, la empujé hacia la oficina, asegurándome de que nadie nos hubiera visto entrar.
Ella se dejó caer sobre una silla, pálida, con la respiración entrecortada. Se tocaba el vientre, un gesto que ignoré, convencido de que era solo parte de su fragilidad.
—¡Ya estás aquí! —le grité, caminando de un lado a otro, sintiendo la rabia hervirme en la sangre—. ¿Contenta? ¿Qué carajos tenías en la cabeza al buscar a Kamil? ¿Te hace falta atención o es que te gusta jugar con fuego?
—Necesito la plata, Malik —respondió ella, con una voz que ya no temblaba, una frialdad que me caló los huesos—. No me importa quién me la dé. Es un problema grave en mi casa. Algo que me va a costar la vida si no lo resuelvo.
Me acerqué a ella, acorralándola contra el escritorio.
Saqué el dinero de una gaveta que había sacado a escondidas de la caja de la mercancía, moviendo números que me había costado una pelea interna y un movimiento contable arriesgado en los libros de contabilidad para justificar el faltante.
Se lo puse en la mano, apretando sus dedos hasta que el sobre crujió.
—Aquí tienes tu maldita plata. —dije, dejándolo caer en sus manos. Es más de lo que pediste. No quiero que te vuelvas a quejar de que no estoy pendiente de ti.
Ella tomó el sobre con una torpeza casi infantil, guardándolo en su bolso sin contarlo. No me dio las gracias. Solo se quedó ahí, con la mirada vacía y los hombros encogidos, como si estuviera esperando a que yo le diera permiso para respirar.
—Pero te lo pregunto una sola vez y más te vale que me digas la verdad: ¿Por qué tienes que pedirle a otro macho? ¿Acaso te gusta que te vean como una cualquiera? —le escupí, bajando la voz
Ella levantó la cabeza. Sus ojos estaban vacíos, desprovistos de todo el amor que alguna vez me tuvo.
—Es un problema familiar, Malik —dijo con esa voz apagada, monótona, que tanto me irritaba porque no me dejaba ver qué pasaba por su cabeza—. Nada tiene que ver con Kamil. Solo es-taba desesperada porque no me contestabas. No quería meterme con nadie más, te lo juro.
Me acerqué a ella, invadiendo su espacio, obligándola a que me mirara. Quería ver arrepentimiento, quería ver que me necesitaba.
—¿Problema familiar? —pregunté, escéptico—. ¿De qué hablas? ¿Tu mamá? ¿Te van a echar de la casa?
—Algo así —mintió ella, clavando sus ojos oscuros en los míos.
—Ok —respondí, dándole la espalda—. Pero escúchame bien: no quiero volver a saber que te viste con mi primo. Si te veo cerca de él otra vez, no solo le rompo la cara a él, te aseguro que a ti no te va a gustar cómo voy a reaccionar.
Ella no respondió. Se limitó a asentir y se dirigió a la puerta.
—Génesis —la llamé antes de que saliera. Ella se detuvo, pero no se giró—. Más te vale que esto arregle lo que sea que tengas que arreglar. No me gusta tirar mi dinero a la basura.
—Lo sé —dijo ella, con una calma que me inquietó.
Me miró una última vez, y aunque intenté buscar en sus ojos esa chispa de miedo o de adoración que solía encontrar, no hallé nada. Solo un vacío que, por un instante, me hizo sentir un escalofrío.
—Adiós, Malik —dijo, sin más.
La puerta se cerró tras ella con un chasquido seco.
Me quedé solo en el despacho. El silencio de la bodega, que antes me parecía el sonido del poder, ahora se sentía pesado, casi asfixiante.
Me serví un trago, tratando de convencerme de que todo estaba bajo control, de que ella volvería en un par de días a buscarme, a pedirme permiso, a ser mi sombra.
Pero mientras miraba la puerta vacía, una sensación extraña me carcomió: no era la victoria lo que sentía, sino una duda fría, una espina clavada en el pecho que no me dejaba tranquilo.