CAPITULO 56
El ambiente en la oficina de la bodega estaba viciado, pero esta vez no era solo el olor a tabaco y papel viejo, era la tensión que Yasir había dejado tras de sí al marcharse.
Me quedé solo frente a la ventana, observando el patio de maniobras.
Mi pulso, que antes vibraba por la rabia, ahora lo hacía por una sospecha más fría, más calculadora.
¿Y si no es solo ella?
Recordé la forma en que Kamil me miraba en la fiesta. No era la mirada de un loco despechado; era la mirada de alguien que está esperando el momento justo para dar el golpe de gracia.
Me acerqué al escritorio de mi padre. Ahí estaban las carpetas de las importaciones del Puerto, los pagarés, el flujo de caja que yo, como heredero, debería estar manejando con mano de hierro.
Si Kamil lograba que Génesis hablara, si ella contaba lo que pasaba entre estas cuatro paredes, Kamil no solo tendría mi cabeza por el tema de ella.
Tendría los argumentos para ir con mi padre, con mis tíos y con el abuelo, y decirles: "El heredero de los Murad no tiene control de sí mismo. Es un peligro para los negocios".
En ese momento, la puerta se abrió. No era Yasir. Era Kamil. Se había quedado en la bodega, esperando a que Yasir se fuera. Entró sin pedir permiso, con el labio todavía hinchado por mi puñetazo, pero con una postura que destilaba una tranquilidad que me enfermaba.
—¿Qué haces aquí, infeliz? —le grité, aunque mi voz sonó un poco más delgada, menos autoritaria de lo que hubiera querido—. Por qué no te largas.
Kamil caminó hacia el escritorio y se apoyó contra él, invadiendo el espacio que yo consideraba sagrado. Me miró fijamente, sin parpadear.
—No vine por ti, Malik. Vine por ella. Y no me importa si tu padre o el mío me desheredan. He pasado toda mi vida viendo cómo te regalan todo mientras nosotros nos partimos el lomo haciendo crecer esto que tú te vas a encargar de destruir.
—¡Tú no sabes nada! —rugí, dando un paso hacia él—. ¡Soy el sucesor! ¡Todo esto será mío!
Kamil soltó una carcajada seca, llena de desdén.
—¿Tuyo? Malik, tú no eres dueño ni de tus impulsos.
Mírate, te tiemblan las manos cuando piensas que puedes perderla.
Y sí, si tengo que perder cada centavo de esta familia para que ella deje de ser tu rehén, lo haré.
Pero aquí está el detalle que te tiene cagado de miedo: si tú y yo vamos a una guerra por ella, tú tienes mucho más que perder que yo.
Yo no tengo que demostrarle nada a mi padre.
Tú, en cambio, tienes que demostrarle que no eres el desastre que todos sabemos que eres.
Me quedé helado. Kamil no estaba jugando a los celos. Estaba jugando a la insurrección. Él sabía perfectamente que, si yo perdía el control, la "sociedad" familiar se me vendría encima.
—Vete de aquí —dije entre dientes, sintiendo cómo mi mundo empezaba a tambalearse—. Antes de que te saque a golpes.
—Ya veremos quién se queda fuera de esta bodega al final, Malik —respondió él, dándose la vuelta con una calma que me dejó marcado—.
Ella no sabe que la estoy salvando. Pero lo sabrá.
Y cuando lo sepa, la pregunta no será si la amas, sino si eres capaz de ser algo más que un dictador en una bodega de mala muerte.
Se dirigió hacia la puerta, pero antes de salir, se detuvo y miró a Génesis, que seguía inconsciente sobre el sofá. Sus ojos, por un segundo, perdieron esa frialdad de negociador y se suavizaron con una intensidad que me hizo querer matarlo.
—No me la llevo hoy, Malik —dijo sin mirarme, con una voz que era una promesa—.
Porque no quiero que ella sienta que está cambiando de dueño.
Quiero que ella elija, y quiero que, cuando se vaya de este despacho, sea con la cabeza en alto, no huyendo contigo o conmigo.
Pero te aseguro algo: el reloj empezó a correr.
Cada segundo que pases tratándola como un objeto, es un segundo menos que tienes al mando de la sociedad Murad.
Caminó hasta el sofá y, con una delicadeza que me hirió más que cualquier golpe, le acomodó un mechón de cabello que le caía sobre la mejilla. Fue un gesto de posesión, una marca que me dejó claro que él ya la consideraba suya, no por derecho, sino por devoción.
—Si vuelvo a encontrarla así —añadió, girándose hacia mí con una sombra de sonrisa cínica—, no voy a hablar con Yasir, ni voy a esperar a que tu padre se entere. Voy a venir por ti.
Dicho esto, salió de la oficina. Escuché sus pasos bajando por la escalera metálica, uno a uno, lentos y pesados, como si estuviera marcando los segundos de mi cuenta atrás.
Me quedé en medio del despacho, con los puños apretados hasta que me temblaron. Miré a Génesis. Se veía tan pequeña, tan frágil. Y por primera vez, sentí el peso de la trampa en la que estaba metido: ella es el premio, pero si la gano, pierdo el negocio; si la pierdo, me pierdo a mí mismo.
Kamil no se la llevó físicamente, pero se llevó algo mucho más peligroso: la seguridad de que ya no soy el único que tiene el control.
La miré mientras dormía, y por un momento, el odio hacia Kamil se esfumó, reemplazado por un miedo que me helaba la sangre.
Génesis se veía tan pequeña, tan desamparada en ese sofá de cuero, que por un segundo me sentí el tipo más miserable del mundo.
Quise pedirle perdón, quise decirle que esto no tenía que ser así...
pero en cuanto esos pensamientos cruzaron mi mente, los enterré.
No. Nada de pedir perdón. Si me abro, si le muestro que estoy jodido, va a pensar que puede hacer conmigo lo que quiera.
Tengo que seguir mandando. Si me ve débil, estoy muerto.
Me acerqué y le acaricié la mejilla. Estaba fría.
Tan fría que me asusté. "Vas a estar bien", susurré, y me convencí de que, si ella se recuperaba, si ella volvía a ser la niña sumisa de antes, todo este infierno de Kamil, de los negocios y de la culpa, se desvanecería.
No quería que ella supiera lo que estaba pasando afuera.
Quería mantenerla ahí, en mi despacho, en mi bodega, donde el resto de la familia no pudiera tocarla ni Kamil pudiera meterle ideas en la cabeza.
Ella era mi refugio, aunque la estuviera destruyendo un poco para que así fuera.
Génesis abrió los ojos lentamente, como si le costara trabajo recordar dónde estaba. El aire de la bodega, pesado y con olor a madera vieja, pareció golpearla de nuevo. Cuando me vio, sus pupilas se dilataron un segundo, un destello de ese miedo animal que empezaba a odiar ver en ella.
—¿Malik? —su voz salió rasposa, casi como un hilo de seda.
—Estoy aquí —le dije, ayudándola a sentarse. Mis manos, que hace unos minutos temblaban de rabia, ahora buscaban mantenerla firme—. Te desmayaste. Estás fatal, Génesis. Mira qué color tienes, parece que te hubieras drenado la sangre.
Ella no respondió. Intentó apartarse, pero la sujeté por los hombros, no con violencia, sino con esa posesividad que, a mi edad, yo confundía con "cuidado".
Saqué un fajo de billetes que había preparado. Era dinero de mi bolsillo, dinero que mi padre me daba para mis "gastos de representación". Se lo puse en la mano y cerré sus dedos sobre los billetes. Estaban fríos.
—Mañana mismo vas al médico —le ordené, mirándola a los ojos, tratando de que mi voz no sonara quebrada—. No quiero excusas. Te haces el chequeo completo. Exámenes de sangre, todo. Y con el resto, compras comida, vitaminas, lo que sea. Te quiero fuerte, ¿entiendes? No quiero que te pase nada.
Ella miró el dinero, luego me miró a mí, confundida por este cambio de tono. No entendía si era una orden, un chantaje o un acto de desesperación.
—¿Por qué...? —murmuró, sin terminar la frase.
—Porque no quiero que te desmorones aquí en mi oficina —mentí, porque era más fácil admitir que era un tirano que admitir que me aterraba que se me muriera en los brazos—. Vístete. Te voy a dejar cerca de tu casa.
Ella no protestó. Estaba demasiado agotada para hacerlo. Salimos de la oficina y bajamos hasta el patio de maniobras, donde mi moto estaba aparcada bajo una de las lámparas de sodio. El motor rugió al encenderse, rompiendo el silencio nocturno de la bodega.
Génesis subió a la parte trasera con movimientos lentos, como si cada paso le costara un mundo.
En cuanto se acomodó, sentí sus brazos rodear mi cintura, débiles, sin la fuerza que antes usaba para intentar apartarse.
Ese contacto me sacudió. A pesar de la noche cálida, su cuerpo estaba helado contra mi espalda.
Conduje por las calles de Magara esquivando los baches. Cada vez que frenaba en un semáforo o giraba en una esquina, ella se pegaba a mí, obligándome a sentir la respiración de ella contra mi hombro. Era una proximidad que me ponía los nervios de punta; era demasiado íntima, demasiado silenciosa.
Cuando llegamos a un par de cuadras de su casa, frené en seco. Ella bajó de la moto con una torpeza que me hizo apretar los dientes. La vi tambalearse un segundo antes de encontrar el equilibrio.
—Mañana —le dije, gritando un poco por encima del ruido del motor—. No quiero excusas, Génesis. Hazte los exámenes. Come lo que te dije.
Ella se quedó ahí parada, bajo la luz mortecina de un poste de luz, con la camisa mía todavía puesta, que le quedaba gigante.
Me miró, pero no vi gratitud ni miedo en sus ojos; solo vi un vacío inmenso.
Se dio la vuelta sin decir una palabra y empezó a caminar, una sombra delgada perdiéndose en la oscuridad del barrio.
Me quedé ahí, montado en la moto, con el casco en la mano y el motor al ralentí. El dinero que le había dado —— no me servía de nada para calmar el nudo que tenía en la garganta. La vi desaparecer de mi vista y sentí un vacío en la cintura donde antes estaban sus brazos.
¿Qué estoy haciendo?
Esa pregunta me golpeó que cualquier otra cosa.
Mientras aceleraba para volver a la casa de mi padre, el viento caliente de la noche me rozaba la cara, pero no lograba quitarme la sensación de que, al dejarla ir esa noche, estaba empezando a perder el control de todo lo que creía tener bajo mi mando.