Mi Ángel nº 1 CAPÍTULO 55 #3
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CAPÍTULO 55 #3

—Nada que no… nada que no fuera necesario —mentí. Aunque al ver la camisa de hombre que le quedaba gigante, el peso de mis actos me golpeó como un mazazo.

Yasir me miró con desprecio, pero no dijo nada. Se levantó y buscó un vaso de agua, humedeciéndole los labios a ella. Sus dedos se detuvieron un segundo al notar una marca en su cuello, justo debajo de la mandíbula. Yasir levantó la vista. No necesitó preguntar; su mirada fue un juicio sumario.

—Malik, escúchame bien —me dijo, girándose hacia mí—. Esto ya no es un juego de posesión. Estás arruinando a esta muchacha. Si tu papá llega a saber que la tienes aquí, en estas condiciones, no solo vas a perderla, vas a perder tu lugar en la familia.

—No la voy a perder —mentí, aunque la voz se me rompió—. Es... es mía, Yasir. Tú no entiendes.

Yasir me observó con una lástima que me dolió.

—Entiendo que eres un mocoso con un juguete que no sabe cuidar —replicó él, volviendo su atención a ella—. Y si sigues así, cuando despiertes a la realidad, ella ya no va a estar aquí para cuando te canses de jugar.

En ese momento, Génesis soltó un quejido débil.

Yasir se quedó inmóvil, observándola, mientras yo contenía el aliento, esperando que ella me mirara a mí.

Pero cuando sus ojos oscuros finalmente se enfocaron, no buscaron mi rostro.

Se perdieron en la figura de Yasir, buscando refugio en la única persona en la habitación que, en ese instante, no representaba una amenaza.

Yasir no se apartó. Al contrario, le dedicó un gesto apenas perceptible de calma antes de dirigirse a mí, con la voz baja y letal:

—Vístete. Y sal de aquí. Necesito que respire aire que no esté viciado por tu urgencia.

Por primera vez, no le llevé la contraria. El peso de sus palabras y la mirada de Génesis, perdida y ajena a mí, me obligaron a retroceder hacia la salida, sintiendo que, en esa pequeña oficina, el trono que había construido se estaba desmoronando.

Yasir esperó a que Génesis se quedara dormida, agotada tras el desmayo. Entonces, se puso de pie, se dirigió a mí y me hizo una seña seca para que lo siguiera al pasillo, lejos del sofá.

—Tenemos que hablar, Malik. Y no es sobre tu comportamiento —su voz era baja, pero cortante—. Después de que te llevaste a Génesis de la fiesta, Kamil se quedó. Hablamos.

Sentí un ardor en el pecho que me obligó a apretar los puños hasta que me dolieron los nudillos.

—¿Hablando con ese infeliz? ¿Desde cuándo le das audiencia a sus estupideces? —escupí con desprecio.

Yasir me ignoró. Se cruzó de brazos, clavándome esa mirada calculadora que usaba cuando negociaba con los proveedores.

—Me contó todo, Malik. No solo lo que pasó hoy. Me habló de cómo la tratas, de tu inseguridad, de tu necesidad de romperla para sentir que es tuya. Me dijo que no la quieres, que solo la usas para alimentar un ego que no te cabe en el cuerpo.

—¡Es mentira! —grité, ahogando la voz para no despertar a Génesis—. ¡Esas son puras patrañas, Yasir! Kamil no sabe nada. Solo quiere meter cizaña, quiere ver cómo me jode la vida porque sabe que ella me pertenece. Es puro despecho, ¿entiendes?

—¿Despecho? —Yasir soltó una risa amarga—. Te diré algo que no te va a gustar: si eso fuera una actuación para fastidiarte, no habría puesto esa cara al hablar de ella. Kamil está dispuesto a hacer las cosas bien. Y, para mi desgracia, parece que sí, que el idiota se ha enamorado de la niña.

Sentí que el suelo se tambaleaba. Mis pulmones se cerraron.

—No... eso es imposible —negué con la cabeza, riendo con una rabia descontrolada—. Tú no lo conoces. Él es igual de sucio que yo, es un juego para él. Me la quiere quitar para darme donde más me duele, eso es todo.

—Pues sigue creyendo eso y te vas a quedar sin nada —me advirtió Yasir, dando un paso hacia mí—.

Pero te voy a decir algo más: no quiero que vuelvas a tocar a Kamil.

Ni a él, ni a nadie de la familia. Si vuelves a armar un escándalo como el de hoy, si vuelves a arriesgar el apellido de los Murad por un berrinche de celos, no voy a ser yo quien te separe.

El próximo golpe no será de tu primo, será de nuestros padres.

Me quedé en silencio, viendo cómo Yasir se acomodaba su camisa con una calma que me daba rabia.

—Kamil no es un chiquillo jugando —añadió Yasir antes de caminar hacia la puerta—.

Es un hombre que ha visto cómo tratas a esa muchacha y ha decidido que él puede ser mejor que tú.

Así que deja de buscar peleas y empieza a pensar, Malik.

Porque si Kamil habla con tu padre y le cuenta que estás destrozando a la niña de esa forma...

no habrá moto, ni oficina, ni bodega que te salve.

Cuando Yasir se fue, me quedé solo en el pasillo, a oscuras.

Las palabras de mi primo se repetían en mi cabeza como una sentencia.

¿Enamorado? ¿Kamil? Quería romper todo lo que tenía a mi alcance, pero el miedo —ese miedo nuevo y repugnante— me mantuvo inmóvil.

Por primera vez, el enemigo no estaba afuera; el enemigo era la posibilidad de que, después de todo, Kamil tuviera razón y yo estuviera a punto de perder lo único que me hacía sentir importante.