Mi Ángel nº 1 CAPÍTULO 55 #2
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CAPÍTULO 55 #2

El silencio en el baño de la oficina se prolongó, un tiempo muerto que se sentía como una eternidad sobre el eco sordo de la bodega.

Cada segundo que pasaba, mi frustración se transformaba en una inquietud que me carcomía.

¿Qué hacía ahí encerrada? ¿Estaba llorando para castigarme?

¿O planeaba cómo huir, como le había sugerido el infeliz de Kamil?

El sonido de la cerradura abriéndose me hizo saltar del sofá de cuero, donde me había sentado, todavía desnudo, esperando a que saliera para terminar con su numerito.

Génesis salió con el cabello húmedo, pegado a la frente, y una palidez tan extrema que casi parecía transparente bajo las luces fluorescentes del techo.

Estaba desnuda, y se movía despacio, cruzando los brazos sobre su pecho en un intento desesperado por cubrirse, evitando las juntas de las baldosas como si temiera que el suelo de mi oficina fuera a quebrarse bajo su peso.

No me miró. Su vista estaba fija en un punto cualquiera de las estanterías de metal, tratando de ignorar que yo seguía ahí.

—¿Ya terminaste tu numerito? —solté, levantándome de golpe, sin importarme mi propia desnudez—. Porque si crees que vas a ignorarme después de lo que pasó, estás muy equivocada. Todavía no hemos terminado de hablar de Kamil.

Ella se detuvo en seco en medio del despacho. Sus manos, pequeñas y temblorosas, se apretaron más contra su propio cuerpo, un gesto defensivo que me irritó porque me excluía.

—No quiero hablar, Malik —su voz fue apenas un hilo, un susurro que se perdía en la amplitud del lugar.

—Pues vas a hablar. Porque yo soy el que dice cuándo se termina una conversación aquí.

Me acerqué a ella, invadiendo su espacio de nuevo, queriendo forzarla a reconocer que yo seguía siendo el eje de su mundo.

Pero al estar frente a ella, algo me frenó.

Noté el brillo vidrioso en sus ojos y la forma mecánica en la que tragaba saliva, luchando contra algo que parecía quemarle la garganta.

—¿Te sientes mal? —pregunté. Intenté que sonara a reclamo, pero la confusión se filtró en mi tono—. ¿Ahora te vas a enfermar para no darme la cara? ¿Ese es el nuevo juego, Génesis?

Ella levantó la vista. Por un instante, la sumisión de antes desapareció, reemplazada por una confusión que me resultó aterradora.

—No es un juego… —murmuró, y por primera vez, el miedo en su mirada no parecía causado por mis gritos. Era un miedo hacia algo que estaba ocurriendo dentro de ella.

Se llevó una mano al vientre, hundiéndola en su propia carne con un gesto protector que me desconcertó. De repente, su cuerpo flaqueó. Vi cómo sus rodillas cedían y, antes de que pudiera procesarlo, sus ojos se cerraron mientras el mundo se le venía abajo en medio de la oficina.

La atrapé antes de que el suelo la golpeara. Su cuerpo desnudo pesaba menos que de costumbre; era una pluma rota en mis brazos.

—¡Génesis! —grité, sacudiéndola ligeramente, pero no hubo respuesta—. ¡Génesis, mírame!

El pánico, un sentimiento que yo siempre había enterrado bajo capas de soberbia, me golpeó de frente.

Estaba ahí, en mis brazos, desvanecida e indefensa sobre el suelo de la bodega de mi familia, con la piel fría y el pulso apenas perceptible.

En ese momento, ya no era el heredero de los Murad que mandaba en las fiestas, ni el tipo que acababa de marcar territorio; era solo un chico de dieciocho años con una niña de quince que acababa de colapsar bajo el peso de algo que yo no podía controlar.

La miré, buscando en su rostro pálido la respuesta a este caos, mientras las palabras de Kamil retumbaban en mis oídos, compitiendo con el silencio sepulcral de la oficina.

La apreté contra mi pecho desnudo, sintiendo el vacío de su inconsciencia.

Tuve la sospecha de que había cruzado una línea de la que no se podía volver.

¿Era esto culpa mía, o era algo que escapaba a mi poder, algo que estaba a punto de destruir el trono de cenizas que yo mismo había construido bajo el techo de la bodega familiar?

◈ ◈ ◈

La llevé al sofá con una torpeza que me dio rabia. La acomodé sobre los cojines fríos y le aparté el cabello húmedo del rostro. Estaba tan pálida que, bajo la luz fluorescente, parecía una figura de cera.

—Génesis, despierta —ordené, aunque mi voz, lejos de sonar mandona, me salió quebrada, rebotando en las paredes altas de la bodega.

Busqué mi celular entre la ropa tirada en el suelo; mis manos me temblaban tanto que casi se me cae. Marqué el número de Yasir. Lo odiaba en ese momento, lo sabía, pero era el único que no correría a contarle a nuestros viejos si escuchaba algo que no debía.

—¿Qué quieres, Malik? —respondió tras tres tonos. Su voz sonaba gélida.

—Yasir... —mi voz se quebró, esa soberbia que traía de la fiesta se me esfumó de golpe—. Se desmayó. Génesis... estábamos hablando y, de repente, se me fue al suelo. Está pálida, no reacciona bien. ¿Qué hago?

Hubo un silencio largo. Me imaginé a Yasir cerrando los ojos, harto del "niño" en el que me había convertido. Pero su voz, cuando respondió, fue la de alguien que sabe cómo manejar una crisis.

—Haz lo que te digo, Malik: sube sus piernas, dale aire. Y no le des agua de golpe. Si no reacciona en cinco minutos, la llevas tú mismo a la clínica. Y que no te vean los tíos. ¿Sabes qué? En 10 minutos estoy allá.

Me puse los pantalones con una prisa torpe y cubrí a Génesis con la camisa que había sacado del armario. Estaba tan pálida que, al verla envuelta en mi ropa, sentí una punzada de culpa que me negué a aceptar.

Cuando la puerta de la oficina se abrió de golpe, ahí estaba Yasir.

Entró con el rostro endurecido, todavía con el fastidio de la pelea de la fiesta.

Pero al ver el panorama —la oficina a oscuras, el sofá, y a Génesis ahí tirada, envuelta en mi camisa, sin una gota de color en la cara—, su expresión cambió de irritación a una seriedad de miedo.

—¿Qué demonios ha pasado aquí, Malik? —preguntó, acercándose al sofá sin preguntar nada más.

—No lo sé… —respondí, sintiéndome más pequeño que nunca bajo su mirada—. Discutimos, ella se puso mal y… se desplomó.

Yasir suspiró, un sonido que me dolió más que cualquier insulto.

Sin pedir permiso, me hizo a un lado con un empujón seco en el hombro.

Se arrodilló con una agilidad que yo no tenía en ese momento.

Con manos firmes, pero extrañamente cuidadosas, tomó los tobillos de Génesis y los elevó, apoyándolos sobre unos cojines.

Inclinó su cuerpo suavemente hacia un lado, asegurándose de que pudiera respirar bien.

—¿Qué haces? —pregunté, con la voz ronca.

—Lo que tú no tuviste la decencia de hacer: dejar que la sangre le llegue al cerebro —respondió Yasir sin mirarme.

Su rostro estaba tenso. Mientras él trabajaba, yo me quedé parado ahí, con los pantalones a medio abrochar y la vergüenza empezando a filtrarse por mi máscara de tipo duro.

Ver las manos de mi primo, un tipo que siempre andaba en negocios grandes, acomodándole el cabello a Génesis con esa delicadeza me revolvió las tripas.

Él no la tocaba como un dueño; la tocaba como si fuera algo frágil que yo había destrozado.

—Está en shock, Malik. Y tiene un agotamiento que ni te imaginas. ¿Qué le has hecho? —su voz era baja, pero tenía una autoridad que me obligaba a bajar la cabeza.