Mi Ángel nº 1 CAPÍTULO 55
89%

CAPÍTULO 55

El viaje en la moto fue una tortura silenciosa. El viento nos cortaba el rostro, pero no dolía tanto como el silencio de Génesis contra mi espalda. No dijo una sola palabra en todo el camino. Ni un reclamo, ni un suspiro. Nada. Sentía su cuerpo rígido, ausente, y eso me estaba volviendo loco.

Mientras el motor rugía, yo no podía dejar de ver la misma imagen: las manos de Kamil acariciando su cabello con esa lentitud casi sagrada, como si tuviera derecho a consolarla.

Esa imagen era un veneno que me recorría las venas; la rabia de saber que ella se permitió buscar en él el refugio que se negaba a encontrar conmigo.

Cuando llegamos a la bodega, subimos las escaleras metálicas en un silencio sepulcral.

Al entrar en la oficina, cerré la puerta de madera pesada de un golpe que resonó en el techo alto como un disparo.

No le di tiempo a reaccionar. La tomé del brazo y la empujé contra la pared del vestíbulo de entrada, justo al lado de los archivadores.

Necesitaba cercarla en mi territorio, invadir su espacio para que entendiera que aquí arriba, sobre el negocio de mi padre, no tenía a dónde ir.

Mi cuerpo bloqueó cualquier salida; necesitaba sentirla allí, asustada o sumisa, pero mía.

—Dímelo —murmuré contra su cuello, con la voz áspera—. Mírame y dime por qué te dejaste tocar así.

Mis manos se cerraron alrededor de sus brazos, obligándola a levantar la cara bajo la luz fría de la oficina. Sus ojos, que antes me buscaban con devoción, ahora parecían querer atravesarme para huir hacia la oscuridad del patio de maniobras.

—¿Qué hay entre tú y Kamil? —exigí, sintiendo que la sangre me hervía—. ¿Te gusta? ¿Te gusta que te mire como si fueras alguien que necesita ser salvado de mí? ¿Te gustó que te acariciara? ¿Te sentiste más protegida entre los brazos de ese infeliz que aquí, conmigo?

Ella guardó un silencio que me pareció una confesión. Su respiración chocaba contra mi pecho en jadeos cortos, nerviosos, mezclándose con el olor a cuero y papel viejo del lugar.

—¿Eso es? —insistí, acercando mi rostro al suyo hasta que nuestras frentes se tocaron—. ¿Te lo quieres tirar o qué? ¿Te pareció más hombre que yo por sus caricias de mierda?

—Estás loco… —murmuró ella con un desprecio que terminó de encender la chispa.

Ese tono fue el detonante. La empujé con más fuerza contra el muro, escuchando el jadeo que le arrancó el impacto contra el concreto.

No buscaba lastimarla, buscaba someter esa rebeldía que de repente me parecía una traición en mi propio territorio.

Mis manos bajaron a sus caderas, apretando con una presión que ya no sabía de delicadezas, sino de propiedad.

—Pues mírame a mí —gruñí—. Mírame y olvídate de él. Borra el rastro de sus manos en tu pelo.

La obligué a girarse, dándole la espalda a mi furia.

Sus dedos buscaron apoyo en la pared mientras yo la sostenía contra mi cuerpo, demasiado cerca, marcando cada centímetro de su piel.

La tela de su vestido cedió bajo la urgencia de mis manos; un sonido seco que en mi mente simbolizaba el fin de cualquier secreto entre nosotros en este despacho.

Tomé sus caderas y la penetré de golpe, un embate cargado de todos los celos y la inseguridad que la fiesta me había dejado.

No era solo sexo; era una demanda, una forma de gritarle que su cuerpo pertenecía a este lugar, a mi mundo, y a nadie más.

Quería borrar con cada movimiento el rastro de Kamil, quería que su cuerpo olvidara la sensación de sus manos y solo reconociera mi posesión brutal.

—¡Mírame! —le ordené cuando intentó esconder el rostro—. ¡No cierres los ojos!

La tomé del cabello para obligarla a echar la cabeza hacia atrás. Quería ver su entrega en el reflejo de los cristales de la oficina, quería que entendiera quién era el que estaba allí, quién era el que tenía el poder de quitarle el aire en este segundo piso.

—Quiero que veas quién está contigo —dije entre dientes—. ¿Crees que él sabe lo que es esto? ¿Crees que él te conoce como yo te conozco así?

Génesis soltó mi nombre entre sollozos, un sonido quebrado que en mi mente de dieciocho años sonaba como la rendición que yo necesitaba para calmar mi orgullo herido.

—Dilo —exigí, sujetándola con firmeza mientras su cuerpo colisionaba contra el mío—. Dilo ahora. ¿De quién eres?

—¡Tuya! —gritó ella, con la voz rota por la desesperación—. ¡Malik, por favor… soy tuya!

Escuchar eso fue como una descarga. Por un segundo me detuve, saboreando la victoria de su confesión, pero la rabia volvió de inmediato.

La apreté más contra mí, moviéndome con una intensidad desesperada, intentando anclarla a mi realidad, asegurándome de que no quedara espacio para nadie más en su mente.

No pensaba, solo sentía esa necesidad posesiva de marcar lo que era mío.

El final llegó como un impacto violento que me dejó sin aliento.

Me quedé allí unos segundos, respirando con dificultad, con mi cuerpo todavía fundido al suyo mientras el silencio de la bodega que nos rodeaba.

Cuando la solté, ella se dejó caer al suelo de la oficina, sin fuerzas, como si se hubiera roto algo por dentro.

Me quedé mirándola desde arriba. Su cabello estaba desordenado sobre las baldosas, su piel marcada por la urgencia de mis dedos y su respiración aún temblaba en el aire frío del despacho. Pero lo que me heló la sangre fue su mirada.

No había lágrimas, ni odio, ni rastro de la pelea de antes.

No había nada. Su silencio ya no era una forma de resistencia; era un vacío absoluto.

La había reclamado con tanta violencia, con tanta necesidad de triunfo, que, al verla ahí, tan ausente sobre el suelo, sentí una punzada de duda.

Había ganado, sí. Tenía su confesión y su cuerpo bajo mi mando total, pero en el proceso, la niña que me miraba con luz parecía haberse apagado para siempre.

Ya no quedaba nada que conquistar. Solo el eco de mi propio nombre en una oficina donde ella, aunque estaba presente, parecía haber empezado a marcharse de verdad.

◈ ◈ ◈

Me quedé ahí, de pie sobre ella, esperando que reaccionara.

Quería que me gritara, que me lanzara algo, que me devolviera la furia que yo mismo le había provocado para sentir que seguíamos en el mismo juego.

Pero Génesis no se movió. Se quedó hecha un ovillo sobre las baldosas frías de la oficina, con el cabello cubriéndole el rostro como un velo.

El aire en el segundo piso de la bodega se sentía denso, estancado entre los dos.

—¿Te vas a quedar ahí tirada? —pregunté. Sentía cómo mi propio corazón se calmaba a regañadientes, sustituido por una irritación sorda ante su silencio.

Ella no respondió. Vi cómo sus hombros se elevaron en una respiración profunda, pero terminó en un gesto de arcada que cortó rápidamente, llevándose una mano a la boca.

Fruncí el ceño, observándola desde arriba.

Se veía pálida, y ese pequeño espasmo en su garganta me molestó; sentía que era su forma de demostrarme cuánto le pesaba mi presencia en mi propio territorio.

—¿Ahora qué? —espeté, cruzándome de brazos—. ¿Vas a empezar con el drama de la víctima para que me sienta mal?

Se puso en pie con dificultad, apoyándose contra la pared del pasillo que conectaba con el área de carga.

Sus movimientos eran lentos, como si el equilibrio le costara un mundo después de nuestra pelea.

Se llevó una mano al vientre, un gesto distraído, casi automático, mientras evitaba mirarme.

Sus ojos estaban vidriosos, hundidos en una distancia que no me gustaba nada.

—Necesito aire —susurró, con la voz tan débil que apenas logré escucharla.

Pasó por mi lado sin rozarme, con una fragilidad que me hirió el orgullo.

Quise sujetarla, retenerla, obligarla a que me viera con la intensidad de antes, pero me quedé quieto, dejando que pasara.

Noté cómo el asco cruzó su rostro cuando pasó cerca de la pequeña cocineta de la oficina, donde el olor al café de los empleados de la mañana todavía flotaba en el aire, mezclado con el rancio de las cajas de cartón que subía del patio.

Entrecerré los ojos, convencido de que era una señal de su resentimiento.

Seguramente es el rechazo, pensé con amargura.

Estaba tan saturada de mi control, tan herida por lo de la fiesta y por cómo la había reclamado hace un momento, que ni siquiera podía soportar el olor de mi entorno.

En mi mente de dieciocho años, su malestar era puramente emocional; una barrera que ella levantaba para castigarme por mi mano dura.

La seguí hasta el baño del fondo y escuché cómo cerraba la puerta con seguro. Me apoyé contra la madera, frustrado por ese muro invisible que ahora nos separaba en el lugar donde yo debía tener el mando total.

—No te hagas la sufrida ahora, Génesis —dije a través de la puerta, con la prepotencia de quien cree que siempre tiene la razón—. Sabes perfectamente por qué pasó esto. Tú lo provocaste en la fiesta dejándote manosear por Kamil. No me culpes a mí de tus propias decisiones.

Desde adentro, solo escuché el sonido del agua abriéndose de golpe, ahogando cualquier respuesta.

Escuché su respiración agitada, ese forcejeo que ella trataba de ocultar tras el ruido del grifo.

Me pasé las manos por el cabello, irritado.

Estaba convencido de que era el rencor, la rabia acumulada y el choque de nuestra intimidad lo que la tenía así, mareada y ausente.

Me alejé hacia el área de la estancia, con los nudillos todavía doliéndome de tanto apretar.

Me dejé caer en el sofá de cuero negro, con la mirada perdida en la ventana que daba al patio de maniobras vacío, esperando a que ella saliera para terminar de ajustar cuentas.

Estaba tan concentrado en mantener mi trono sobre ella que no sospechaba que el vacío que tanto me inquietaba estaba empezando a llenarse de una forma que cambiaría todas mis reglas.

◈ ◈ ◈