CAPÍTULO 54
El aire en la propiedad de los Lora estaba viciado; olía a perfume caro, a tabaco de exportación y a esa seguridad que solo tiene la gente del interior dedicada al comercio en Puerto Magara.
Yo caminaba por el jardín con una confianza que me llenaba el pecho, manteniendo la mano firme en la nuca de Génesis.
No era una caricia, era una marca; una forma silenciosa de recordarle, a ella y a todos los presentes, a quién pertenecía.
Ella estaba tensa, pero no era una resistencia activa, sino un agotamiento que la hacía ver más pálida de lo normal. El vestido que yo mismo le había elegido la hacía resaltar, convirtiéndola en el centro de todas las miradas, justo como yo quería.
—Sonríe, nena —le susurré al oído, asegurándome de que sintiera mi cercanía—. Estás en lo más alto. Mira a estas tipas; darían lo que fuera por estar en tu lugar. No me dejes mal con esa cara de tragedia.
Ella asintió de forma mecánica. Sus ojos, que antes brillaban con esa rebeldía que tanto me costó domar, ahora estaban apagados. Me irritaba que se cerrara así, como si hubiera decidido retirarse a un lugar donde yo no pudiera entrar. Necesitaba que estuviera presente.
De pronto, el ambiente se cargó. Vanessa, una de las muchachas con las que me había acostado semanas atrás, apareció con esa seguridad descarada que siempre la caracterizaba.
—Malik… te habías perdido —dijo con una voz que buscaba provocar.
Antes de que pudiera marcar distancia, me rodeó el cuello y me dio un beso voraz, público, una declaración frente a todos los invitados.
Sentí a Génesis endurecerse a mi lado. En lugar de apartar a Vanessa de inmediato, le devolví el gesto con una lentitud deliberada.
Quería que Génesis viera que yo era un hombre con opciones, que mi mundo no se reducía a ella y que su lugar a mi lado era un privilegio que yo decidía mantener cada día.
—¡Ya basta! ¡Respétame! —El grito de Génesis cortó el ruido de la fiesta.
El murmullo de la gente se detuvo en seco. Me giré hacia ella, manteniendo esa máscara de hielo.
—¿Respeto? —bajé la voz, dejando que el peso de mis palabras la hundiera—. El respeto se gana, Génesis. Y acabas de demostrar que sigues siendo la misma niñita de pueblo que no sabe comportarse. Me estás haciendo quedar en ridículo.
—Me estás humillando —susurró ella, con una lágrima a punto de caer—. Delante de todos, Malik.
—No te humillo, solo pongo las cosas en su sitio —le apreté el mentón, obligándola a sostener la mirada—. ¿Vas a seguir con estas escenas infantiles o vas a aprender a ser mi mujer? ¿Sí o no?
Durante un segundo infinito, no hubo respuesta. Ella sollozaba en silencio, un gesto que me molestaba más que cualquier grito.
—Respóndeme —exigí, apretando un poco más.
—Sí… —murmuró finalmente.
La solté, pero al verla escabullirse hacia la penumbra del pasillo, mi rabia no cedió.
La seguí de cerca. Al doblar la esquina, mis pasos se detuvieron en seco.
Allí estaba Kamil. Mi primo la tenía acorralada contra la pared; no era una agresión, era un abrazo.
Génesis estaba hundida en su pecho, sollozando con una entrega que ya no me daba a mí.
Kamil le acariciaba el cabello con una lentitud que me revolvió las estómago.
—¡Suéltala! —rugí, avanzando como un animal herido.
Kamil me miró por encima del hombro de ella con una calma que me provocaba náuseas. Solo entonces la soltó, aunque mantuvo una mano protectora cerca de su brazo.
—¿Te duele, Malik? —dijo Kamil, clavándome los ojos—. ¿Te duele ver que ella busca en mí el refugio que tú, con toda tu prepotencia, jamás le vas a dar?
—Te voy a matar, Kamil. Te lo juro.
—¿Matarme? —Kamil soltó una carcajada cargada de asco—. Mírate. Eres un niñato jugando a ser el dueño del mundo. Eres un pobre diablo que necesita romper a alguien para no sentirse tan insignificante como realmente es.
No le di tiempo a terminar. La furia me nubló el juicio. Kamil cayó hacia atrás al recibir mi primer golpe, pero se recuperó con una velocidad felina. Nos fuimos al suelo, rodando entre los invitados que retrocedían, aterrorizados.
A pocos metros de la pelea, alcancé a ver a Vanessa entre el tumulto.
La sonrisa de suficiencia con la que me había besado minutos antes se le había borrado por completo, reemplazada por una mueca de desconcierto.
Se había quedado petrificada viendo cómo el hombre que ella creía tener a su disposición estaba dispuesto a destrozar a su propio primo y arruinar la fiesta, todo por la misma "niñita de pueblo" que ella despreciaba.
En sus ojos ya no había superioridad, solo la comprensión humillante de que para mí ella no era nada; en medio de mi furia, Vanessa ni siquiera existía, ella no me importaba en absoluto.
Su "victoria" de haberme besado frente a todos se sentía ahora como una derrota patética.
—¡Eres un maldito enfermo, Malik! —bramó Kamil, conectando un puñetazo en mis costillas que me dejó sin aire.
Kamil me soltó un cabezazo que me hizo ver estrellas, y mientras forcejeábamos, susurró a mi oído:
—Mírala, Malik. Ese llanto no es por ti, es de alivio porque alguien, por fin, se atrevió a ponerte en tu lugar. Te odia. ¿lo ves? Eres un niño jugando a ser hombre con el dinero de tu papá, pero en el fondo, los dos sabemos que, si ella tuviera una salida, no te miraría ni para escupirte.
Aquello fue suficiente. La rabia me dio una fuerza ciega, pero antes de que pudiera volver a golpearlo, manos fuertes nos sujetaron. Era Yasir, que acababa de llegar con otros hombres. Entre varios nos separaron a la fuerza.
Me puse de pie, jadeando, con la ropa arruinada. Miré a Génesis; estaba temblando, blanca como un papel, sus ojos fijos en el suelo. Sin decir palabra, caminé hacia ella y la tomé del brazo con una firmeza brutal, obligándola a caminar hacia la salida.
—¡Suéltala, Malik! —Kamil se soltó de los hombres que lo retenían, avanzando hacia nosotros con los ojos inyectados en sangre—. ¡No le vuelvas a poner una mano encima!
—¡Ya basta! —gritó Yasir, con una autoridad que nos obligó a callar a ambos—. La fiesta se acabó. ¿Es eso lo que querían? ¿Parecer animales de pelea?
No contesté. Arrastré a Génesis hacia la moto, sintiendo cómo ella tropezaba a cada paso.
Kamil me miraba desde lejos, limpiándose la sangre del labio con una sonrisa de triunfo que me dejó marcado.
Salimos a la noche, con el peso de la humillación y el silencio sepulcral de Génesis persiguiéndonos en cada metro de oscuridad.