Mi Ángel nº 1 CAPÍTULO 53
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CAPÍTULO 53

Los días que siguieron a la noche en la cabaña fueron de una calma necesaria.

Me obligué a ser el hombre que ella necesitaba ver para sanar: el protector, el detallista, el que pedía perdón con la mirada.

La recogía del colegio con detalles, le hablaba en susurros y le aseguraba que mi violencia en la calle había sido un arranque de un hombre desesperado por no perderla.

Génesis, que venía de un hogar donde el afecto era un lujo que no existía, se bebió mis atenciones como si fueran lo único real en su mundo.

La vi bajar la guardia. Volvió a reír, a mirarme con esa devoción absoluta que me confirmaba que el susto con Kamil había quedado atrás.

Pero yo no podía relajarme del todo. Sabía que esta paz era solo el mantenimiento para asegurar que el vínculo fuera irrompible.

Tenía que prepararla para lo que venía: el futuro donde Samira ocuparía el lugar oficial y ella, Génesis, tendría que aceptar ser mi rincón secreto sin cuestionamientos.

Una vez que estuve seguro de que me había perdonado, decidí que era hora de empezar la transición.

No podía permitir que se acostumbrara a un Malik que solo vivía para ella; necesitaba que aprendiera a aceptar mi ausencia y mi autoridad sin rebelarse.

El cambio no fue brusco, fue una frialdad calculada que soltaba como gotas de advertencia.

—Malik, ¿vamos hoy a comer algo? —me preguntó esa tarde, abrazándome por la espalda con una confianza que yo ya no podía permitirle alimentar tanto.

Me solté de su agarre despacio, sin mirarla, manteniendo la vista en mi teléfono. Dejé que el silencio se estirara un buen rato antes de hablar.

—Tengo cosas más importantes que atender ahora, Génesis. No siempre puedo estar a tu disposición.

Sentí cómo se quedaba estática detrás de mí. El fantasma del miedo volvió a asomarse en sus ojos.

—Pero… habías dicho que estaríamos juntos hoy.

—He dicho muchas cosas, pero la vida real no se detiene —la interrumpí, girándome con una indiferencia que marcaba distancia—.

No te acostumbres a exigirme tiempo. Un hombre como yo tiene una vida que tú apenas alcanzas a imaginar.

Madura un poco y deja de ser tan demandante. Me agotas cuando te pones así.

Esperé que gritara o que amenazara con irse, pero ya no había rastro de la niña que se subió al carro de Kamil. Génesis simplemente bajó la cabeza y murmuró:

—Perdón, Malik. Tienes razón. No quería molestarte.

Esa respuesta me dio la seguridad que necesitaba. De nuevo volvía al ruedo.

Durante el fin de semana, llevé la prueba más lejos.

La cité en una terraza del centro y volví a ignorarla, dejándola a un lado mientras yo hablaba con otros.

Incluso permití que una conocida me coqueteara abiertamente frente a ella.

Génesis lo vio todo; vi sus ojos llenarse de lágrimas, vi cómo le temblaban las manos, pero no se movió.

No buscó a nadie, no hizo una escena. Se quedó allí, aceptando que su lugar era esperar a que yo decidiera mirarla.

—¿Viste cómo me buscaba esa chica? —le pregunté de camino a su casa, queriendo medir su nivel de entrega.

—Sí… —respondió ella con la voz rota.

—¿Y no vas a decir nada? ¿Ya no eres la valiente que busca refugio en otros carros? —la provoqué, buscando ver si quedaba algo de rebeldía.

—No —susurró, aferrándose a mi cintura con una fuerza desesperada—. Solo quiero que no me dejes. Haz lo que quieras, pero no me dejes, por favor.

En ese momento supe que la estructura estaba lista. Había logrado tenerla bajo control absoluto sin que ella tuviera poder sobre mí. Ahora, cuando llegara el momento de cumplir con Samira, sabía que Génesis seguiría ahí, aceptando lo que yo decidiera darle.

Llegamos a la bodega del fondo y apagué el motor.

Ella se bajó despacio, arrastrando los pies, y me siguió hacia la oficina sin decir una sola palabra, con la cabeza gacha.

Adentro, con la luz a medio encender, la tensión se sentía pesada.

Génesis se quedó parada cerca del escritorio, mirándome como esperando que yo la salvara de su propio desespero, pero yo lo que quería era dejarle las reglas claras de una vez por todas.

Me le acerqué despacio, acortando el espacio hasta dejarla contra la pared, y le tomé el rostro obligándola a mirarme.

—Tú vales lo que yo decida que vales —le dije al oído—. Afuera eres una niña sola, Génesis. Conmigo tienes un lugar, pero ese lugar tiene un precio: tu silencio y tu confianza. No me pidas historias de telenovela.

Ella se quedó quieta, mirándome con esos ojos apagados que ahora cargaba a todas partes.

Yo pensé que se iba a quedar callada, como siempre, pero de repente metió la mano en su bolso y sacó algo con mucho cuidado, como si estuviera cargando algo sagrado.

Era la cajita fina de madera que yo mismo le había mandado hacer en Cartagena meses atrás.

Al abrirla, brilló la pulsera de plata con la llavecita colgando que le regalé casi en esa misma época, y debajo, bien guardado, estaba el diario donde yo le había dicho que escribiera todo sobre lo nuestro.

Le temblaban las manos. Hacía meses que no le veía esa chispa de ilusión en la cara, esa mirada de niña enamorada que tenía antes de que todo se volviera tan pesado entre los dos. Sus ojos me miraban con una desnudez que me dio pánico; era una entrega tan limpia que me sentí desnudo frente a ella

—Mira, Malik… —susurró, abriendo el diario con una delicadeza que me dio fastidio—. Quiero que leas esto. Por favor. Solo las primeras páginas. Acuérdate de lo que me decías antes… de cómo me mirabas. Tú no eras así. Yo sé que ese Malik todavía está aquí adentro. Léelo, por favor, mírame…

Ella buscaba conmoverme. Pensaba que con cuatro poemas y unos recuerdos de cuando yo era un carajito me iba a ablandar el corazón y me iba a poner a llorar con ella.

Quería arrastrarme otra vez a ese romance de colegio que a mí ya no me servía para nada.

Yo ya estaba metido en los negocios de las bodegas, preparándome para cosas de verdad, y ella venía a frenarme con un cuaderno viejo.

Me dio una piedra berraca verla tan patética, rogándome con los ojos aguados.

Sin pensarlo dos veces, le manoteé el diario y la caja de madera.

Se los arranqué de los dedos y los tiré con fuerza hacia el rincón oscuro de la oficina.

El diario cayó abierto sobre el piso empolvado y la cajita reventó contra las baldosas, dejando la pulsera botada por allá, como una maricada vieja sin valor.

—Ya madura, Génesis —le solté, frío, sin mirarla—. No estoy para estas estupideces de escuela. El mundo real no es un diario de quinceañeras. Sácate esas pendejadas de la cabeza.

El golpe de la madera contra el suelo sonó seco, pero el ruido que vino después fue peor.

A Génesis se le vació la expresión de la cara.

Fue como si el golpe se lo hubiera dado a ella en el pecho.

No gritó, no me reclamó. Simplemente se dejó caer de rodillas en el piso sucio de la bodega, arrastrándose como una sombra para recoger el diario y los pedazos de madera.

Agarró el diario contra su pecho, abrazándolo con una fuerza desesperada, doblada en dos sobre sus propias piernas.

Y ahí rompió a llorar. Pero no era el llanto de los celos o del berrinche de antes; era un llanto descontrolado, un quejido ronco que le salía desde el fondo del alma, como si se estuviera ahogando.

Lloraba como si se le hubiera muerto alguien.

Y en verdad, algo en ella se había muerto para siempre en ese piso. Yo mismo lo había matado.

Me colgué las llaves de la bodega en el cinturón y agarré mi teléfono del escritorio, obligándome a mirar hacia otra parte para no ceder al impulso de consolarla.

—Camina, Génesis —le dije, manteniendo la voz firme mientras abría la puerta de la oficina—. Voy a cerrar esto ya.

Se levantó del suelo despacio, sin mirarme, guardando los restos de su caja destrozada en el bolso. No abrió la boca en todo el camino. Cuando la dejé cerca de su casa, se bajó de la moto como un autómata y caminó hacia la luz mortecina del poste sin decirme ni adiós.

A partir de esa noche, Génesis cambió por completo.

Fue como si le hubieran bajado el suiche.

Se convirtió en un títere que solo se movía si yo se lo ordenaba, callada, con la mirada perdida en ninguna parte, como si estuviera ida.

Ya no se atrevía a decirme ni mu, no me reclamaba nada, ni me miraba con la devoción de antes.

Se cerró por completo. Si yo le preguntaba algo, me respondía con palabras cortas, con monosílabos secos, y obedecía lo que yo quería sin poner ni un pero. Estaba completamente apagada.

A su silencio conmigo se le sumaba el infierno que estaba viviendo en su casa.

Hace unos días, mi amigo Nicolás me contó el cuento completo mientras nos tomábamos unas cervezas en la avenida.

Me dijo que la mamá de Génesis andaba más amargada que nunca y que las peleas con el padrastro eran un espectáculo casi todas las semanas; que gritaban tanto en la terraza de la casa que los vecinos salían a mirar el escándalo.

Y al final, por una u otra vaina, Génesis terminaba pagando los platos rotos del desorden de esos dos viejos.

Sabiendo todo eso, me resultaba todavía más fácil manejar las vueltas a mi acomodo. Ella no tenía a dónde huir, no tenía un lugar seguro, y el único puente que le quedaba para no hundirse en la miseria de su realidad era yo.

La última tarde que la recogí, se subió a la moto en silencio, con la misma cara de fantasma que cargaba ahora. Me quedé mirándola por el retrovisor antes de arrancar.

—¿Tienes hambre? —le pregunté, seco.

—No —respondió ella, con la voz plana, mirando al vacío.

—Vamos para el lote del río, entonces.

—Bueno —murmuró, sin levantar la cabeza.

“Ese “bueno” me quedó sonando feo en los oídos.

Génesis ya no peleaba nada. Andaba en otro mundo, sin ganas, sin opinión, con la mirada perdida como si estuviera atrapada en un hueco oscuro del que no quería salir.

Yo sabía que la situación en su casa la tenía así de jodida, que el desorden de la mamá y el padrastro le estaban apagando la vida, pero tenerla al lado tan vacía me generaba un corrientazo raro en las tripas.

Al principio me gustaba que se tragara el orgullo, pero verla ahora como un títere que no reaccionaba a nada me picaba el ego.

Yo quería que fuera mía, sí, pero no un fantasma que parecía que no sentía nada.

Me incomodaba verle esos ojos vacíos, pero enseguida sacudía la cabeza y me convencía de que conmigo estaba a salvo del infierno de su familia.

En mi mente ese silencio de cementerio era mejor a cualquier tormenta de reproches.

Metí primera y aceleré por la avenida, sintiendo el peso de su cuerpo estático a mi espalda. Ya no me quedaba ninguna duda de que la tenía donde quería, aunque esa mirada perdida se me quedara clavada en la cabeza como una espina que no me podía sacar