Mi Ángel nº 1 CAPÍTULO 52
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CAPÍTULO 52

La llevé a una cabaña pequeña, propiedad de mi familia, escondida entre cultivos a las afueras de Puerto Magara.

Al apagar el motor, el silencio del campo nos envolvió, solo interrumpido por el llanto sofocado de Génesis.

La bajé de la moto y, aunque al principio intentó soltarse, terminó caminando hacia la entrada con los hombros caídos.

Una vez adentro, la luz de una única lámpara iluminó su rostro.

Tenía el maquillaje estropeado y una marca roja en el brazo donde la había sujetado con fuerza.

Al verla así, tan frágil, la furia que me había traído hasta aquí se evaporó por completo.

Me dolió verla sufrir, pero sabía que era un mal necesario para alejarla de Kamil.

—Nena, mírame —susurré, acercándome despacio. Quería que viera que ya no estaba enojado.

—No me toques —sollozó ella, retrocediendo hasta chocar con la pared—. Estás loco, Malik. Casi nos matas. Me sacaste de ese carro como si yo fuera nada.

—Lo hice porque te amo tanto que pierdo la cabeza si te veo en peligro —le dije con toda la sinceridad de la que era capaz—.

¿No te das cuenta? Kamil solo quería usarte para darme donde más me duele.

Te iba a llevar a cualquier parte, te iba a tratar como a una cualquiera y luego se iba a burlar de nosotros.

No podía permitir que te ensuciara así. Prefiero que estés enojada conmigo, pero a salvo, que perdida por culpa de ese infeliz.

Me acerqué más, rodeándola con mis brazos.

Ella intentó empujarme, pero yo no me moví.

Empecé a besar sus lágrimas, susurrándole que ella era mi vida, mi oxígeno.

Le expliqué que todo lo que pasó en la discoteca, la frialdad y las otras chicas, era solo una forma de proteger lo nuestro, de que mi padre no viera lo mucho que ella me importaba.

—Perdóname, mi amor... —le rogué, hundiendo mi rostro en su cuello—. A veces soy un imbécil, pero es porque no sé cómo vivir si no estás tú. Eres lo único de verdad que tengo en este maldito lugar lleno de hipócritas.

Génesis soltó un suspiro tembloroso y, finalmente, sus manos dejaron de empujar para aferrarse a mi camisa. Me abrazó con una desesperación que me confirmó que ella también necesitaba este perdón tanto como yo.

El beso que nos dimos fue distinto a todos los anteriores.

Tenía una urgencia nueva, una desesperación que venía del miedo a habernos perdido.

La llevé a la cama y la desvestí con una lentitud que quería borrar la violencia de la calle.

Cada centímetro de su piel que descubría lo sellaba con un beso, como si quisiera pedirle perdón a cada parte de su cuerpo por el susto que le había dado.

Cuando nos unimos, todo se volvió más intenso.

Génesis se entregaba con una fuerza que me sorprendió, como si quisiera fundirse conmigo para olvidar lo que había pasado fuera de esas paredes.

Sus uñas se clavaron en mi espalda mientras yo me movía con un ritmo profundo, que sintiera que ella era parte de mí, que estábamos hechos el uno para el otro.

—Dime que eres mía —le exigí en un susurro, sintiendo el sudor pegando nuestras pieles.

—Soy tuya, Malik... siempre tuya —gimió ella con los ojos cerrados, entregada por completo a lo que estábamos viviendo.

En ese momento, nada más importaba. La forma en que buscaba mi boca y se aferraba a mí me aseguraba que todo volvía a estar bien. Me sentí el hombre más poderoso del planeta al ver que, después de la tormenta, ella seguía eligiendo mi refugio. Era una pasión que quemaba cualquier duda.

Al final, nos quedamos abrazados en la penumbra. El mundo exterior, con Kamil, las reglas de mi padre y el qué dirán, desapareció frente a la calidez de las sábanas. Ella se quedó dormida sobre mi pecho, y yo la rodeé con mis brazos, convencido de que nadie la cuidaría mejor que yo.

La había recuperado. Andar con su alma en el bolsillo ya no pesaba; ahora se sentía como algo que justificaba cualquier guerra. Y después de lo que me costó traerla de vuelta, no iba a permitir que nada ni nadie volviera a poner una barrera entre nosotros.