CAPÍTULO 51
Me quedé estático, con la mano aún extendida en el aire, sintiendo cómo el frío de la discoteca se me metía en los huesos.
El murmullo de la gente a mi alrededor se sentía como un enjambre.
Yo, que siempre creí tener todo bajo mis pies, estaba ahí parado, viendo cómo Génesis se alejaba de mi lado siguiendo el rastro de Kamil.
No era tristeza lo que sentía; era una rabia ciega.
Verla a ella, mi mujer, caminando hacia el tipo que yo más despreciaba, fue como una bofetada que me sacudió el orgullo.
Salí de la discoteca casi tumbando a la gente. El aire caliente de Puerto Magara me golpeó la cara, pero no logró enfriarme la sangre. Los alcancé justo cuando llegaban a la camioneta de mi primo.
—¡Génesis! —grité, y mi voz sonó ronca, cargada de una urgencia que me quemaba—. ¡No te atrevas a subirte a ese carro!
Kamil se detuvo con una calma que me dio náuseas. Abrió la puerta del copiloto como si fuera un caballero, burlándose de mí con la mirada.
—Ya escuchaste, Malik. Déjala en paz. Ya hiciste suficiente por hoy —dijo con esa sonrisa de suficiencia.
Me acerqué a ellos, ignorando a mi primo y fijando mi vista en ella. Génesis tenía el maquillaje un poco corrido y los hombros hundidos, pero cuando me miró, no vi la devoción de siempre. Vi un cansancio que me puso alerta.
—Nena, ven acá. Vámonos en la moto. Olvida lo que pasó adentro, estaba… estaba presionado por lo de mi padre —intenté justificarme, queriendo que entendiera que mis actos tenían una razón.
—No, Malik —respondió ella, y su voz me golpeó—. Me dijiste que podía irme, que nadie me detenía. Pues me voy. Me hiciste sentir como nada frente a todos. Kamil al menos me está escuchando.
—¡Kamil es un hipócrita! —rugí, señalándolo—. ¡Solo te está usando para darme donde más me duele! ¿De verdad eres tan estúpida para no verlo?
Y ese fue mi último error. La palabra "estúpida" terminó de romper el hilo que nos unía. Génesis cerró los ojos, apretó los puños y, sin decir una palabra más, se sentó en el asiento de cuero de la camioneta.
—Parece que la niña ya se dio cuenta de quién es el verdadero salvaje aquí —soltó Kamil, rodeando el carro. Antes de entrar, me miró por encima del techo—. Mañana me cuentas cómo se siente dormir solo, primo. A lo mejor ella necesita a alguien que sepa tratarla como se merece.
—¡Kamil, te juro que te mato! —me abalancé, pero el motor de la camioneta rugió, cortándome el paso.
Vi los cristales subir. Vi la silueta de Génesis mirando hacia el frente, sin girarse.
El carro arrancó dejando una nube de polvo y el olor a caucho quemado.
Me quedé solo en medio de la calle, sintiéndome burlado en mi propio terreno.
Me había pasado de la raya, pero no iba a permitir que ese buitre se la llevara frente a mis ojos.
Lancé la moto sobre el asfalto, forzando el motor hasta que el sonido se convirtió en un lamento metálico.
No iba a dejar que esto terminara así. La camioneta de Kamil iba rápido, pero en las calles estrechas de Puerto Magara, mi agilidad era superior.
Lo alcancé en una zona oscura, acelerando hasta ponerme a su par, golpeando la puerta del conductor con mi bota.
—¡Detén el maldito carro, Kamil! ¡Páralo o nos matamos los tres!
Le cerré el paso de forma suicida, cruzando la moto en diagonal.
El chirrido de los frenos fue ensordecedor; la camioneta se detuvo a centímetros de mi pierna.
Me bajé antes de que el humo se disipara.
Caminé hacia el lado del copiloto y tiré de la manija con una fuerza que casi arranca el metal.
Génesis estaba pálida, pegada al asiento, con los ojos desorbitados.
—¡Bájate! —le ordené. Mi voz era un trueno.
—¡Déjala, Malik! —gritó Kamil bajándose—. ¡Estás loco, casi nos matas!
No le hice caso. Mi mano entró en el coche, agarré a Génesis por el brazo y la saqué del asiento. Ella soltó un grito, intentando aferrarse al tablero, pero mi necesidad de recuperarla era más fuerte que su resistencia.
—¡Suéltame, Malik! ¡Me duele! —suplicaba ella, pero yo no podía soltarla.
—¡Tú no te vas con él! —le espeté, arrastrándola hacia la moto mientras ella forcejeaba—. ¿Crees que esto es un juego? ¿Crees que puedes subirte al carro de este infeliz para desafiarme? ¡Tú te vas conmigo ahora mismo!
—¡No soy un objeto, Malik! —chilló, pero yo ya la tenía contra el tanque de la moto.
Kamil intentó intervenir, lanzándome un golpe que me rozó el hombro. Me giré y, con toda la inercia de mi rabia, le propiné un cabezazo que lo mandó contra el capó de su propio carro. Lo vi desplomarse, cubriéndose la cara ensangrentada.
—Si vuelves a acercarte a ella, te juro que no vas a contar el cuento —le advertí, con una frialdad que me devolvió el centro.
Subí a Génesis a la moto. Ella lloraba, intentando bajarse, pero yo la bloqueé con mi propio cuerpo, rodeándola con mis brazos para alcanzar el manubrio, aprisionándola entre el metal y mi pecho. En mi mente, no le estaba haciendo daño; la estaba salvando de un error que nos iba a costar todo.
—¡Te odio! ¡Te odio, Malik! —gritaba ella mientras yo arrancaba a toda velocidad.
—Ódiame lo que quieras, nena —respondí, sintiendo cómo la adrenalina me ponía todo en orden otra vez—. Pero ódiame aquí conmigo. Donde perteneces.
La llevé lejos de las luces de la ciudad, ignorando sus súplicas. En mi cabeza, la cuerda no se había roto; simplemente le había dado un tirón lo suficientemente fuerte como para que entendiera quién era el que sostenía el otro extremo. Ella seguía conmigo, y eso era lo único que importaba.