CAPÍTULO 50
El fin de semana siguiente la encontré en la esquina de siempre.
Estaba tiesa, con los brazos cruzados y la cara de pocos amigos; se le notaba a leguas que estaba echando chispas.
Yo llegué media hora tarde. La verdad, no tenía afán.
Pensé que si me esperaba un ratico se le iba a bajar el berrinche antes de subirla a la moto.
—¿Por qué demoraste tanto? —me soltó apenas frené. Quería sonar brava, pero se le veía en los ojos que tenía ganas de llorar.
—Estaba en la oficina de mi papá, tú sabes cómo es él —le dije como si nada—. Me puso a revisar unas cosas de los locales y no me pude volar antes.
—¿Nada más? —dijo ella, tratando de buscarme la mirada, pero yo me puse a acomodar los espejos de la moto—. Malik, me dejaste aquí media hora sola. Si me ve alguien conocido y le lleva el cuento a mi mamá, me mata.
—Ay, Génesis, ni que fuera una eternidad —le dije, encogiéndome de hombros mientras apagaba el motor con toda la calma del mundo—. Tú sabes que yo tengo cosas que hacer. Mi familia, la plata, las vueltas de mi papá... cosas de verdad. A ti te falta mucho para entender cómo es mi vida.
Ella arrugó la cara. Me daba risa ver cómo le costaba aceptar que yo no podía estar pegado a ella todo el día.
—¿Y qué pasó de verdad? —insistió con una vocecita que casi ni se oía—. Siento que me estás ocultando algo.
—Nada, nena —solté una risa seca—. Estaba con una gente que quería hablar conmigo antes de venirme para acá. Alguien que no molesta tanto ni arma estos dramas por todo.
Se quedó como de piedra. Vi que le dio un escalofrío y, la verdad, me sentí importante. Me gustaba que ella supiera que hay otras que se mueren por estar conmigo.
—¿Otra? —susurró—. ¿Me lo dices así de frente?
—No es para que te pongas así —le dije, acercándome para que oliera mi perfume, ese que a ella le encanta—. Es la verdad. Tú no me puedes tener amarrado, y entre más rápido lo entiendas, mejor nos va a ir. Yo te quiero a ti, pero yo soy libre de hacer lo que quiera.
Se mordió el labio para no llorar. Pensé que iba a gritar, pero se quedó calladita.
—Ya sé que no te puedo mandar —dijo bajando la cabeza—. Pero me doy cuenta de que yo no significo nada para ti. Que, para un tipo como tú, yo solo soy una niñita de colegio.
—Yo no he dicho eso —le suavicé el tono, porque ya me estaba dando como pesar—. Me gusta que seas así... tan entregada. Tan mía. No busques problemas donde no los hay, ¿vale?
Nos fuimos para la discoteca. Ella se agarró de mi brazo como si se fuera a caer, confirmándome que por más que peleara, no me iba a soltar.
Entramos y el bajo de la música me puso a vibrar el pecho.
La llevé directo al VIP. Apenas llegamos, unas amigas mías se acercaron de una; de esas hijas de los socios de mi papá que caminan como si fueran dueñas del sitio, con una seguridad que a Génesis le falta por completo.
—¡Malik! —dijo una, tocándome el hombro con confianza—. ¡Qué perdido! ¿Vienes ocupado o te podemos robar un ratico?
—Vengo con ella —dije señalando a Génesis, pero sin darle mucha importancia—. Pero siempre hay espacio para pasarla bueno entre todos.
La pelada me sonrió y me rozó el brazo. Yo le devolví la sonrisa, ignorando que Génesis me estaba apretando el bíceps con las uñas.
Las otras no tardaron en rodearme. Me hablaban de las fincas, de las fiestas pasadas, de que si íbamos para Cartagena el otro mes y de un montón de gente que Génesis no tenía ni idea de quiénes eran.
Una de ellas, la más atrevida, me quitó el trago y tomó un sorbo mirándome de reojo, como si Génesis fuera invisible.
Génesis estaba ahí parada, pero parecía un fantasma. Las otras ni la saludaron; para ellas, mi novia era un accesorio que no sabía nada de marcas, de apellidos ni de viajes.
—¡Ya para! —me dijo Génesis al oído, tratando de que la música no la tapara—. Te están coqueteando en mi cara y tú les sigues el juego. ¡Respétame, que soy tu novia!
Me volteé a verla con una piedra... me molestaba que hiciera un espectáculo por nada. Las otras se miraron y se rieron bajito al verla tan celosa.
—Relájate, solo estoy siendo amable. Es educación, Génesis. No me hagas quedar mal con la gente por tus celos de niña chiquita. Me das pena cuando te pones así.
—¡Eso no es amabilidad! —gritó con los ojos llenos de lágrimas—. Me estás ignorando. Pareces soltero con ellas. ¿Es que no te importa que esté aquí?
—Siempre te veo —le dije, agarrándole la cara para que se calmara mientras las otras seguían ahí pegadas—. Pero no seas asfixiante. Ellas no son nada, solo estoy disfrutando la noche. Si vas a estar conmigo, tienes que aprender a comportarte en estos sitios.
Una de las peladas me picó el ojo antes de irse a bailar, dejándonos ahí en una tensión que yo manejaba a mi antojo. Ella tragó seco. Sabía que, si seguía jodiendo, yo me iba a ir y la iba a dejar sola. Prefirió quedarse callada.
—Oye —le dije al oído mientras miraba quién más había llegado al sitio—. Ellas pueden hablar y acercarse todo lo que quieran, pero al final yo soy el que decide. Y hoy decidí traerte a ti. ¿No te basta con eso?
—Me haces sentir que no valgo nada, Malik —murmuró cerrando los ojos.
—Claro que vales —le aseguré, porque necesitaba que se lo creyera—. Eres mi lugar seguro. Por eso puedo ser así de libre, porque sé que lo que sientes por mí es más fuerte que cualquier orgullo tuyo.
Ella me miró buscando algo en mis ojos. No sé qué vio, pero sus ganas de estar conmigo pudieron más que la rabia. Asintió un poquito, aceptando mis reglas como si fueran amor.
Yo sabía que no se iba a ir. Prefería aguantarse mis vainas antes que volverse para su casa a estar sola.
Con la música retumbándome en el cuerpo y todo el mundo mirándome, sentí que tenía el control de todo.
No era que yo fuera malo... es que la vida es así, y yo ya le había cogido el tiro al asunto.
◈ ◈ ◈
La música en la discoteca seguía golpeando mis sienes mientras yo mantenía a Génesis a un lado.
Estaba allí, pero su espíritu parecía haberse retirado a algún rincón oscuro tras mi desplante con las chicas de la barra.
Me molestaba su actitud; sentía que su silencio era una forma de castigarme por haber disfrutado de la noche.
En ese momento de tensión, vi una figura abrirse paso entre la multitud.
Era Kamil. Llevaba esa sonrisa de suficiencia que tanto odiaba, pero esta vez no venía a buscarme pelea a mí.
Sus ojos estaban fijos en Génesis, que se limpiaba discretamente la cara mientras yo pedía otro trago, ignorando su drama.
—Pero qué espectáculo tan triste —soltó Kamil, deteniéndose justo frente a nosotros. Su voz tenía ese tono de falsa lástima que lograba que Génesis levantara la mirada—. ¿Así es como cuidas lo que es tuyo, primo?
Me giré despacio, sintiendo que el alcohol se convertía en pura rabia.
—No es asunto tuyo, Kamil. Lárgate antes de que esto termine mal.
Él no se inmutó. Al contrario, dio un paso hacia Génesis. Ella retrocedió, pero noté que sus ojos buscaban cualquier cosa que no fuera mi indiferencia.
—Tranquila, nena —le dijo él, bajando el tono, usando esa voz suave que usaba para envolver a la gente—. No todos en esta familia somos tan cerrados. He estado viendo cómo este idiota te deja de lado frente a todo el mundo. Tú no deberías estar pasando por esto.
—Kamil, cállate —advertí, dando un paso al frente para marcar territorio.
—¿Te duele que te digan la verdad? —se burló, mirando a Génesis con una intensidad que pretendía ser protectora—. Mira cómo te tiene, niña. Estás temblando. Él te usa para lucirse cuando quiere y te ignora cuando se aburre. Yo, en cambio, sé dar importancia a quien tengo enfrente.
Génesis lo miró confundida. En su estado, las palabras de Kamil —aunque yo supiera que eran puro veneno— le estaban dando la atención que ella sentía que yo le había quitado. El miedo que siempre le había tenido a él parecía estar cediendo ante la necesidad de ser escuchada.
—Génesis, vámonos —le ordené, agarrándola del brazo para sacarla de allí de una vez.
—¡Suéltala! —saltó Kamil, poniéndose entre los dos—. ¿No ves que la estás presionando? Si quieres portarte así, vete con tus amigas de la zona VIP. A ella déjala tranquila.
El círculo de gente empezó a cerrarse. Kamil estaba haciendo su jugada: quedar como el tipo razonable frente a mi autoridad. Lo peor es que yo sentía que ella le estaba dando espacio. Vi a Génesis soltarse de mi agarre, mirándome con una mezcla de rencor y cansancio que nunca le había visto.
—Él tiene razón, Malik —susurró ella, con la voz quebrada—. Me trataste horrible toda la noche. Me hiciste sentir que no existía.
—Nena, no escuches a este tipo... —intenté decir, pero el orgullo me trababa la lengua. No iba a rebajarme a pedir perdón delante de Kamil.
—No soy yo el que la está haciendo llorar, Malik. Soy el que se va a encargar de que llegue a su casa bien, ya que tú estás más pendiente de tu ego que de ella —sentenció Kamil. Se giró hacia Génesis y le ofreció el brazo—. Vamos, yo te saco de aquí. No tienes por qué aguantar este ambiente.
Génesis dudó. Miró mi rostro endurecido, buscando quizás una palabra que la retuviera, pero mi orgullo no me permitía mostrar debilidad frente a mi primo.
Luego miró a Kamil. El traidor estaba ganando terreno en mi propio territorio, y lo peor es que yo sentía que ella le estaba abriendo la puerta.
Todo lo que consideraba bajo mi control acababa de sufrir una grieta, y Kamil estaba ahí, listo para aprovecharse de los restos.