CAPÍTULO 49
Ahora que el presupuesto volvía a fluir en las bodegas, la asfixia de los meses pasados se disipó, pero algo en mí se había quebrado. Ya no buscaba su aprobación; buscaba su obediencia. Había aprendido que, cuando tienes los recursos, la gente —y ella no era la excepción— se mueve a tu ritmo.
La vi esperándome tras la reja del colegio.
Se veía tan pequeña, con ese uniforme que le quedaba un poco grande, que por un segundo sentí el impulso de bajarme y abrazarla como antes.
Lo reprimí. Si empezaba a ser tierno ahora, ¿cómo demonios iba a prepararla para el día en que yo tuviera que cumplir con las obligaciones de mi cultura?
—Súbete —dije sin mirarla.
El viaje fue tenso. Ella, buscando cualquier excusa para el contacto, me rodeó la cintura con una fuerza que me resultó molesta. No le dije nada, pero aceleré de golpe cada vez que sentía que ella intentaba "sentirse segura" conmigo.
Al llegar al mirador, no apagué el motor de inmediato.
Quería que supiera que mi tiempo era prestado.
Mientras ella me hablaba de los problemas en su casa, yo revisaba los mensajes del celular.
Unos amigos me invitaban a un estadero de la zona rosa donde iban las chicas de las familias "bien" de la ciudad.
—Malik, me escuchas? —dijo ella, con esa vocecita que empezaba a fastidiarme por lo mucho que dependía de mi atención.
—Te escucho, Génesis. Pero me tienes cansado con lo mismo. Si cada vez que nos vemos me vas a traer los problemas de tu casa, mejor nos ahorramos el tiempo.
Ella se quedó callada, con los ojos vidriosos.
—Perdón —logró articular—. Es que me siento sola y... solo te tengo a ti.
—Pues esfuérzate más en no ser una carga —le solté, cortante.
La frialdad con la que hablé me sorprendió, pero me gustó.
Era la misma frialdad que mi padre usaba conmigo.
Si yo era duro con ella, ella se volvería más dependiente, más temerosa de perderme.
Y si ella tenía miedo de perderme, se quedaría conmigo incluso cuando tuviera que casarme con la mujer que mi familia ya había elegido.
Esa noche, en la oficina del fondo de la bodega, el ambiente estaba cargado de un calor que se acumulaba entre las paredes.
La escena fue, de principio a fin, un ejercicio de pura posesión.
Mientras ella se desnudaba, con esos movimientos tímidos que ya me sabía de memoria, vi en sus ojos una urgencia desesperada por "recuperarme", por hacerme sentir que, con solo entregarse, yo volvería a ser el Malik de antes.
Fue patético verla así. Me sentí como un adulto viendo a una niña jugar a algo que no entiende.
Me acosté sobre el sofá, dejando que ella se moviera encima de mí, tratando de adivinar el ritmo que yo quería.
No hubo esa conexión de antes, ni besos pausados, ni miradas que buscaran el alma.
Yo me limité a guiarla con las manos en su cintura, marcando los tiempos con una frialdad que me desconectaba de cualquier sentimiento.
Ella gemía mi nombre como si fuera una plegaria, buscando en cada embestida una validación que yo no tenía intención de darle.
La utilicé como un objeto para descargar mi propia frustración, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba y se arqueaba bajo el mío, intentando desesperadamente que yo le devolviera el gesto, que le diera una señal de que todavía éramos nosotros.
Pero yo me mantuve ausente, como si mi cuerpo fuera una máquina operando sobre la suya.
Cuando ella alcanzó su punto, se aferró a mi cuello con una intensidad que casi me dolía, sollozando de puro alivio.
Yo, en cambio, terminé el acto con una brusquedad calculadora, sin una palabra, sin una caricia final.
Al terminar, me levanté sin siquiera dirigirle la palabra, sin el más mínimo gesto de gratitud o afecto.
Ni siquiera la miré mientras me empezaba ajustar la ropa.
Ella, desorientada y todavía respirando entrecortado por el esfuerzo, se acercó, intentando besarme el pecho, buscando una migaja de consuelo en ese silencio que ya era mi marca registrada.
—Ya vístete —le dije, apartándola con el antebrazo, como quien quita una prenda estorbosa que empieza a picar.
Ella se quedó paralizada, con la blusa a medio poner. Sus ojos, antes llenos de esa chispa que tanto me gustaba, ahora estaban empañados por unas lágrimas que ni siquiera tenían fuerza para rodar.
—¿Por qué me tratas así? —preguntó, con la voz rota—. ¿Qué te hice? ¿Es por otra? Dímelo, por favor...
Me giré lentamente, mirándola con una severidad que no sentía, pero que practicaba frente al espejo cada vez que pensaba en la frialdad de mi padre.
—Te trato como me da la gana porque sé que, aunque te trate mal, aunque te humille, vas a seguir aquí mañana.
¿No es eso lo que quieres? ¿Estar conmigo?
Pues esto es lo que hay, Génesis. Yo tengo un mundo, una familia y un nombre que pesa mucho más que tus berrinches.
Si quieres ser parte de mi vida, deja de pedirme cosas que no te puedo dar, deja de llorar y entiende que aquí el único que decide cuándo, cómo y dónde soy yo.
Vi cómo se rompía por dentro. Sus hombros se desplomaron, como si le hubieran quitado el esqueleto. Se puso la blusa con las manos temblorosas, tratando de ocultar su desnudez no por pudor, sino por vergüenza de haber intentado buscar amor donde solo había posesión.
—No eres nada sin mi protección, Génesis —añadí, rematando con calma—. Sin mí, vuelves a ser la chica de barrio que todos señalan. Así que agradece que te sigo dejando estar conmigo, aunque a veces me hartes.
No le dije una palabra más. Ni un beso, ni un abrazo, ni una disculpa.
La vi terminar de vestirse con una lentitud que me daba impotencia.
La dejé en la esquina de siempre, sin siquiera bajar la velocidad al arrancar.
quedó ahí, pequeña y devastada, sabiendo que esa humillación era el cemento que terminaría de sellar mi control sobre ella.
A mi edad, ya había entendido la lección principal de los Murad: no se trata de que ella te quiera, se trata de que ella no sepa cómo vivir sin que tú le des permiso.