CAPÍTULO 48 #2
—Pensé que te habías ido de verdad —susurró, con la voz gastada de tanto llorar sin respuesta—. Llamé tantas veces… pensé que me había quedado sola.
La miré sin bajarme de la moto, con las manos en los bolsillos de la chaqueta.
—Tú pusiste las condiciones, Génesis —le dije, seco—. En mi familia el respeto no se negocia y yo no le acepto condiciones a nadie. Si vas a amenazarme con irte cada vez que te saque la piedra… hazlo de una vez. No tengo tiempo para perder en eso.
Bajó la cabeza y ahí mismo se le desarmó todo el invento. Su intento de firmeza no aguantó el peso de los días. Se me quebró por completo frente a mí.
—No quiero irme —dijo, y se le aguaron los ojos—. Solo… me duele, Malik. Siento que te estoy perdiendo.
No le dije nada de inmediato porque, en el fondo, verla así de doblegada me infló el ego...
—El dolor es parte de aprender, nena —le dije, convencido de que la estaba educando—. Si quieres estar conmigo, tienes que entender que yo no soy cualquier pelado del pueblo con una vida pequeña. Mi apellido lo es todo. O lo aceptas… o buscas a otro.
Pero yo sabía que no buscaría a nadie. Ya la tenía donde quería: codependiente de mí, sin fuerzas para dejarme. No discutió más. Solo asintió y se tragó el orgullo.
◈ ◈ ◈
Esa noche la llevé a una reunión de amigos en casa de mi primo Yasir Murad.
La música en el patio estaba baja, mezclándose con el humo de los tabacos y el sonido del hielo chocando en los vasos.
Yasir, recién llegado de Santiago, se veía distinto; vestía con una sobriedad que imponía respeto, la de alguien que ya había dejado de jugar a ser muchacho.
Se apoyó contra la columna, dejando que sus ojos escanearan el salón hasta posarse en la esquina donde Génesis permanecía sentada, mirando el piso con una paciencia que me daba rabia y, a la vez, una extraña satisfacción.
—Oye, Malik —me dijo Yasir, bajando la voz mientras me pasaba un trago—. Has tenido a la muchacha ahí sentada como si fuera un adorno toda la noche. Es joven, se nota. ¿Es que te aburriste ya, o es que te gusta verla así de sumisa?
Me encogí de hombros, restándole importancia.
—Está pagando una penitencia, primo. Se estaba poniendo impertinente, queriendo marcar territorio donde no le corresponde.
Yasir soltó una carcajada seca, pero su mirada no cambió; se volvió seria, casi fría. Se quedó observando a Génesis un buen rato antes de volver a hablar.
—Es bonita, no te lo niego —admitió, bajando el tono—.
Pero ten cuidado, Malik. Los hombres de nuestra sangre tenemos muchas facetas, y el poder es una herramienta, no un juguete.
En Chile, lejos de casa, aprendí algo: la mujer que dejas en la sombra esperando, es la que más daño puede hacerte si se cansa de estar ahí.
Sentí una punzada de orgullo al oírlo hablar así, como si yo fuera un igual, pero la advertencia me llegó con un peso extraño.
—Yo la tengo controlada, Yasir. Ella sabe cuál es su lugar.
Yasir negó lentamente, mirando su propio vaso.
—Tú crees que controlas la situación porque ella no te contesta.
Pero mira bien sus ojos. Eso no es obediencia, Malik, es desconexión.
Te lo digo por nuestra familia: cuando un hombre como tú intenta anular a una mujer, no la está volviendo suya, la está convirtiendo en su propia enemiga.
Si la obligas a agachar la cabeza ahora, cuando llegue el día de tu compromiso, no la vas a encontrar ahí.
Vas a encontrar a una mujer que ya no te reconoce.
El respeto se gana, no se impone. Si aprietas demasiado, lo único que vas a lograr es que ella termine por soltarse.
Me quedé en silencio, apretando el vaso. Sus palabras sonaban a consejo de hermano mayor, pero también a una profecía.
—No te digo esto porque me importe ella —continuó Yasir, dándome una palmada firme en el hombro—.
Te lo digo porque eres familia y no quiero verte hundido por un descuido de juventud.
Juega tus cartas, primo, pero recuerda que al final, un hombre se mide por la lealtad que inspira, no por el miedo que siembra.
Si ella no está contigo porque quiere, el día que todo se caiga, vas a estar solo.
—Ya tengo eso resuelto —dije, aunque su voz me había dejado un eco de duda—. Para cuando llegue el momento, ella ya no sabrá hacer otra cosa que estar a mi lado.
Yasir se limitó a mirarme con una calma que me hizo sentir inmaduro.
—El tiempo dirá, Malik. Pero no digas que tu primo no te advirtió cuando el problema llegue a tu puerta.
La conversación con Yasir me dejó un sabor amargo, pero me negué a admitirlo.
Salí al patio buscando a Génesis. Estaba donde la dejé: en la misma esquina, inmóvil.
Al acercarme, noté algo distinto. No me miró con la súplica de siempre; ni siquiera bajó la cabeza.
Su cara estaba como si le hubieran quitado el color.
—Nos vamos —le dije, pasando por su lado sin esperar respuesta.
Ella se levantó, se despidió con un movimiento mecánico de mi tía y me siguió hasta la calle.
El trayecto en la moto fue un silencio sepulcral.
Yo aceleraba, buscando sentir ese "miedo ciego" en su agarre, pero sus manos sobre mi cintura no se sentían como un ancla; estaban inertes, como si no quisiera tocarme más de lo estrictamente necesario.
Al llegar a la oscuridad de su cuadra, apagué el motor. El silencio de la noche era total.
—¿Ya entendiste cómo son las cosas conmigo? —pregunté, esperando la confirmación de siempre.
Ella no respondió de inmediato. Bajó de la moto, se alisó su falda y se quedó ahí, parada frente a mí. La luz de un poste lejano le daba en la cara, revelando una expresión que nunca le había visto: una calma vacía. Parecía una muñeca de trapo, de esas que ya no esperan nada.
—Entendí, Malik —dijo, pero su voz no temblaba. No había llanto, no había ese tono roto. Solo una resignación absoluta—. Entendí que tú mandas. Y que yo solo tengo que aguantar.
Sentí un vacío frío en el estómago. Esperaba un reclamo, un "por qué me haces esto", cualquier cosa que me diera la oportunidad de volver a demostrar mi poder sobre ella. Pero ella no me estaba desafiando; simplemente se estaba rindiendo.
—¿Ah? ¿sí? —solté, intentando recuperar mi superioridad, aunque me sentí extrañamente incómodo—. ¿Y qué más entendiste?
—Que no vale la pena que te pida nada —respondió ella, con la voz casi en un hilo—. Que, si quieres ignorarme, está bien. Yo solo... yo solo quiero estar bien contigo, Malik. No me pidas que deje de sentir, porque eso no puedo hacerlo.
Me quedé helado. No era una rendición, era una súplica disfrazada de paz.
Ella se había tragado su orgullo, aceptando las migajas que le daba con tal de que yo no la soltara.
Era exactamente lo que yo quería: alguien que se quedara a mi lado sin importar cuánto la pisara, alguien que me amara tanto como para perdonarme el desprecio.
—Está bien —dije, tratando de que mi voz sonara firme, aunque el pecho me pesaba—. Me gusta que por fin hayas dejado de ser tan intensa. Eso es madurar, Génesis.
Ella me miró, y vi en sus ojos una esperanza desesperada, un brillo que me decía que ella creía que, al portarse bien, íbamos a volver a ser los de antes.
Se dio la vuelta y caminó hacia su casa.
No me pidió un beso, pero se detuvo un segundo y me miró por encima del hombro, casi pidiéndome permiso para sonreír.
Me quedé ahí, sobre la moto, con el motor apagado.
Había ganado. Ella seguía ahí, entregada, dispuesta a soportar cualquier cosa con tal de no perderme.
Había conseguido la pieza que necesitaba para mi plan: una mujer que se quedaría en las sombras, esperando un cariño que yo ya no estaba dispuesto a darle.
Pero mientras la veía desaparecer tras la reja de su casa, sentí un escalofrío que me recorrió la espalda.
No era un triunfo. Al verla caminar así, con esa esperanza tan ciega, por primera vez en mi vida me sentí como alguien que estaba usando la fe de una niña para su propia comodidad.
Y lo peor de todo, es que sabía que ella iba a volver a montarse en mi moto al día siguiente, creyendo que, si se esforzaba lo suficiente, yo finalmente la elegiría a ella.