CAPÍTULO 48
Esa mañana, al salir hacia las bodegas de la distribuidora, la derrota que me había dejado la noche anterior con la vaina de Samira no desapareció; se transformó en algo más útil, más frío.
Durante el fin de semana me había encargado de mover mi juego en silencio: me acerqué al contador nuevo en la oficina de las bodegas.
Con la mirada le dejé claro que mi autoridad estaba por encima de cualquier libro contable.
Usé una parte del efectivo del sobre que me dio mi padre para pagarle la cuota a la mamá de Génesis a escondidas, ingeniándomelas para desviar esos cuatrocientos mil pesos.
Con la señora calmada, el infierno en la casa de mi mujer estaba controlado.
Yo ya había cumplido con asegurar su entorno, la tenía a salvo.
Pero las palabras de mi padre en el balcón me seguían dando vueltas en la cabeza: "La obsesión te deja ciego...
si tanto la quieres, tenla, pero sabiendo que no es para ti".
Yo no iba a dejar a Génesis, ni por el diablo, pero entendí que tenía que empezar a moverme diferente.
Si me seguía mostrando tan tragado, tan rogado, la presión de mi familia nos iba a terminar rompiendo.
Tenía que enfriar las cosas un poco, tomar distancia, por el bien de los dos.
En mi mente, no lo hacía por hacerle daño; al contrario, era la única forma que encontraba para proteger lo nuestro, para que ella se acostumbrara a mi ritmo y entendiera que yo no siempre podía estar encima.
La semana siguiente empecé a aplicar el método, y lo que descubrí me cambió la forma de ver las cosas de una forma que ni yo imaginaba.
El lunes, ella me esperaba a la salida del colegio con esa sonrisa abierta, desprevenida, con el uniforme ligeramente desordenado.
La vi desde lejos… y aun así no frené la moto.
Pasé de largo, acelerando lo suficiente para que el humo del escape marcara la distancia.
Miré por el retrovisor y la vi quedarse quieta en la esquina, descolocada.
No sentí culpa; sentí una extraña tranquilidad.
No le escribí en toda la noche. Dejé que los mensajes se acumularan en el celular: “¿Estás bien?”, “¿Por qué no paraste, Malik?”.
No respondí hasta el mediodía del día siguiente, con una sola palabra seca: “Ocupado”.
El miércoles quise probar de nuevo, solo para ver qué pasaba.
La cité en el parque, pero llegué con dos amigos de las bodegas y con un par de muchachas de las familias árabes conocidas de mi padre.
Coqueteé con las otras frente a ella, me reí y sostuve conversaciones como si Génesis fuera invisible en esa banca pública.
Cuando logró arrinconarme para hablar, su voz salió bajita, asustada:
—¿Qué te pasa, Malik? ¿Quiénes son ellas…?
—Amigas del negocio de mi papá —le respondí, mirándola desde arriba—. No seas posesiva, Génesis. El mundo no gira a tu alrededor. Si vas a estar conmigo, tienes que entender que hay cosas y compromisos que no te corresponden. Si no te gusta esto, puedes irte.
Mientras lo decía, sentí un corrientazo de satisfacción que me infló el pecho.
Era una victoria amarga, porque por dentro el vacío de no tenerla pegada a mí me pesaba, pero mi ego necesitaba ganar esa partida.
Ella no se fue. Se quedó ahí, callada, encogiéndose dentro de su uniforme, aguantándose el golpe con tal de no perder su espacio conmigo.
Y ahí, en mi cabeza inmadura, todo terminó de encajar en una idea perfecta.
¡El consejo de mi padre funcionaba, pero a mi manera!
Entre más la alejaba, más se aferraba; entre más frío era, más suplicante y sumisa se ponía para alcanzarme.
Una cosa me fue llevando a la otra y la ambición se me desbordó.
Pensé en el futuro, en el dichoso matrimonio que mi padre quería armar con Samira en unos años.
¿Y qué? Yo podía tenerlo todo. Podía ser el heredero flamante de los Murad, quedarme con el estatus de las bodegas, casarme por obligación…
y tener a Génesis ahí, amarrada a mí, tan dependiente que cuando llegara ese momento ella no tuviera la voluntad de dejarme, sino que aceptara quedarse conmigo en la sombras, siendo mía.
En el futuro, cuando yo manejara toda la plata, le pondría una casa hermosa, le daría todas las comodidades que se merecía, pero guardada para mí.
Nadie más la iba a tocar. Solo de pensar en que Génesis pudiera ser de otro hombre me daba un terror que me quemaba las tripas; prefería tenerla así, doblegada y asegurada, antes que perderla.
Lo estaba haciendo por nosotros, para que nadie nos pudiera separar.
El viernes me sentí tan dueño del mundo que dejé de disimular. Estábamos con el grupo cerca del almacén de mi tío Ibrahim, y cuando ella intentó hablar para meterse en la conversación, la corté con una risa breve, seca, frente a todos.
—Nadie te preguntó eso. Ve por algo de beber… y mejor no opines de lo que no sabes.
Todos quedaron en un silencio incómodo.
Esta vez la miré de frente, esperando ver la misma sumisión de los últimos días, el mismo intento por agradarme.
Pero lo que encontré me frenó en seco. Sus ojos se humedecieron, pero perdieron ese brillo de adoración que siempre me dedicaban; se volvieron opacos, como si mirara a través de mí, hacia la nada.
Sostuvo la mirada fija en la mía, unos segundos largos, como si estuviera viendo a un extraño.
—Está bien —dijo al final, en un hilo de voz.
Pero no sonó asustada como antes. Sonó… cansada. Se dio la vuelta y empezó a caminar por la acera. Y esa vez… no se detuvo. No miró atrás buscando que yo la llamara. Nada.
El murmullo del grupo volvió poco a poco, pero a mí se me enfrió la sangre.
La vi alejarse entre la gente del centro de Puerto Magara y sentí un tirón horrible en el pecho.
Fue como cuando aprietas demasiado una cuerda de amarrar bultos en la bodega y, de pronto, deja de tensarse porque está a punto de reventarse.
En mi mente yo tenía el plan perfecto, creía que estaba ganando el juego y que la estaba asegurando a mi lado para siempre.
Pero mientras la veía perderse en la esquina, entendí —un segundo demasiado tarde— que la soga se me había ido de las manos.
Había cruzado una línea con mi nena, y por primera vez, el miedo a que no regresara me dejó frío.
◈ ◈ ◈
Después de lo que pasó la última vez, supe que algo había cambiado.
No en mí… en ella. O al menos eso intentó la nena.
Tras la humillación cerca del almacén de mi tío, ella no aguantó el desespero y me buscó el fin de semana.
Llegó con esa timidez que siempre me daba ganas de abrazarla, admitiendo que no podía estar sin mí, aunque el error no hubiera sido de ella.
Pero ahí mismo, de frente, intentó ponerme una regla.
Me lo dijo con una firmeza que no le salía natural, como si se la hubiera aprendido de memoria frente al espejo antes de salir de su casa.
—No voy a tolerar que me humilles más, Malik —dijo ella.
Me soltó la mano y dio un paso atrás, con los ojos hinchados por el llanto de esas noches, pero con una firmeza que me sorprendió—.
Si vuelves a ignorarme frente a tus amigos, si vuelves a tratarme como si fuera una desconocida... se acabó. Me voy de tu vida.
Se quedó allí, esperando una respuesta, con el pecho agitado. Probablemente esperaba que yo me riera, que la abrazara o que le diera una excusa. Pero la vi y lo único que pensé fue: ¿quién te crees que eres para ponerme condiciones?
Me quedé en silencio, mirándola fijamente No me moví.
—¿Me escuchaste? —insistió ella, y su voz, antes decidida, empezó a quebrarse—. Malik, por favor, dime algo.
—Ya escuché —respondí con una calma que la desarmó—. Pero ya terminaste tú de hablar, así que ahora me toca a mí.
Me monté en la moto sin decir una palabra más. La dejé parada en la esquina, con la palabra "qué" a medio salir de sus labios.
Los siguientes diez días fueron una tortura fría. No era que yo estuviera sufriendo; era que ella estaba desapareciendo.
El tercer día, pasé por la plaza mientras ella estaba sentada en una banca con una amiga.
Frené a pocos metros, hablé con un conocido, me reí a carcajadas con una actitud que ella pudiera ver a distancia, y cuando su mirada se cruzó con la mía, no hubo un saludo, ni un gesto.
Giré el acelerador y me fui, dejando que el humo de la moto le diera en la cara.
Al quinto día, el teléfono no paraba de vibrar. “¿Dónde estás? ¿Por qué me haces esto? Te extraño, perdóname si dije algo malo, solo no me ignores así”.
Dejé que los mensajes se acumularan en la pantalla, uno tras otro, como una marea que intentaba alcanzarme pero que yo bloqueaba con un simple gesto: apagar el celular.
Me sentaba en los estaderos donde sabía que llegaría el rumor, me tomaba una cerveza y permitía que mis amigos hablaran de "la nueva" que me había visto con otra.
Cada vez que me preguntaban por ella, me encogía de hombros:
—Génesis es historia vieja —soltaba, sabiendo que, en este puerto, las paredes tienen oídos.
Yo no estaba perdiendo el tiempo; estaba fabricando su desesperación. Quería que cuando finalmente decidiera volver a mirarla, ella estuviera tan rota que el miedo a que me fuera otra vez fuera más grande que cualquier estúpida regla que intentara ponerme.
Cuando sentí que el mensaje ya estaba sembrado, la cité en el parque.
Llegué tarde. No por estrategia, sino porque mi vida no se detenía por un berrinche; el trabajo con el presupuesto de las bodegas seguía, los hombres hablaban y mi padre no me iba a esperar a que yo resolviera asuntos de faldas.
La encontré sentada en el banco de cemento.
Pálida. Quieta. Como si llevara diez días metida en un limbo.
No hubo reclamos. Eso fue lo primero que noté. Ninguna escena, ninguna queja. Solo un alivio tan grande que se le notaba en la mirada.