Mi Ángel nº 1 CAPÍTULO 47
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CAPÍTULO 47

Mi vida se había convertido en un campo minado.

En casa, cada comida, cada silencio y cada mirada de mi padre me recordaban que yo no era el dueño de mis pasos.

Él no me veía como un hijo, sino como un proyecto de empresa; alguien que debía heredar no solo los números y los cargamentos, sino una forma de ser que me resultaba ajena, pesada y asfixiante.

En mi cultura, el apellido no es una carta de presentación, es un ancla que te impide moverte.

Esa tarde, la presión era insoportable. Salí a buscar a Génesis al colegio con una urgencia que no me explicaba del todo. Necesitaba confirmar que, en algún lugar de este puerto, todavía existía una versión de mí que no estuviera supeditada a las leyes de los Murad.

El horario había cambiado a última hora y terminó saliendo mucho más temprano.

En lugar de la oscuridad habitual, nos encontramos con una tarde pesada; el sol caía con un peso casi físico sobre el asfalto.

Sus brazos se aferraron a mi cintura con una fuerza inusual; su respiración era irregular y su pulso golpeaba contra mi espalda como si intentara escaparse de su propio cuerpo.

Aceleré, dejando que el ruido del motor llenara el vacío que se había instalado entre nosotros.

Hablé sin girarme, permitiendo que el viento se llevara parte de mis palabras:

—Hay algo que tienes que entender, Génesis.

No eres la única que vive vigilada. En mi casa no esperan que yo sea yo; esperan que sea la versión exacta de los hombres que vinieron antes.

Todo está decidido desde hace años: con quién me caso, qué lugar ocupo, qué imagen doy. No hay espacio para errores.

Sentí cómo se tensaba contra mí antes de preguntar con un hilo de voz:

—¿Ya… ya tienen a alguien para ti?

—Sí —la palabra cayó seca, sin matices—. Alguien de nuestra gente. De nuestra sangre. Para ellos, nadie de aquí es suficiente. Y tú eres exactamente lo que no puedo permitirme.

El silencio que siguió fue más pesado que cualquier discusión a gritos. Me detuve en un rincón apartado, bajo la sombra de unos mangos viejos, y apagué el motor. Por un instante, el mundo pareció quedarse en pausa. Me giré hacia ella y vi que sus ojos estaban llenos de una incertidumbre devoradora.

—Mi padre dice que puedo hacer lo que quiera mientras no me ate —continué, bajando la voz—.

Que puedo acercarme, probar, incluso quedarme…

pero nunca perder el control. Que me proteja.

Pero contigo todo me importa un bledo. Contigo no hay malditos cálculos.

Todo lo demás en mi vida está armado y medido por mi padre, pero esto no.

Contigo no soy el apellido Murad; soy solo yo.

Ella me sostuvo la mirada buscando una respuesta que yo no estaba dispuesto a darle del todo, hasta que finalmente soltó la pregunta que no podía esquivar:

—¿Y qué vamos a hacer? ¿Te vas a casar con ella y ya? ¿Y yo qué soy en todo eso? ¿Te vas a ir o me vas a dejar aquí?

Sentí el golpe con una claridad incómoda y, por un segundo, todo mi esquema se desordenó. Pero fue solo un segundo. Recordé lo que me había jurado en mi cuarto: yo no iba a perderla. No iba a permitir que fuera de otro.

—No voy a dejar que decidan por nosotros —dije al final, sosteniendo su mirada con una firmeza que me inventé para convencerla—. Lo que hay entre tú y yo no desaparece porque mi papá lo quiera así. No sé cómo carajos voy a resolver esto, pero sí sé una cosa: no voy a soltarte jamás.

Eso, al menos para ella, fue la verdad que necesitaba escuchar.

Génesis no habló de inmediato; solo se acercó más, como si esa promesa a medias fuera suficiente para sostenerse un poco más.

En su forma de abrazarme había una mezcla de miedo y alivio que me hizo sentir que, a pesar de la tormenta, yo todavía era su lugar seguro.

Que mientras estuviera conmigo, nada malo le iba a pasar.

—Entonces… habrá que vivirlo. Mientras se pueda —murmuró ella, acurrucándose contra mi espalda.

—Mientras se pueda —asentí.

Arranqué de nuevo y las calles volvieron a llenarse de ruido, de calor y de gente.

Mientras avanzábamos con ese pacto silencioso, sentí un subidón de orgullo en el pecho.

Ella creía que estábamos desafiando al mundo entero, creando una excepción a la norma, y yo también me lo quería creer.

Quería convencerme de que era lo suficientemente inteligente para salvarla de su casa, ganarle el pulso a mi papá y mantenerla a mi lado para siempre, sin importar las sombras que tuviéramos que cruzar.

No me importaba nada ni el fango en el que me estaba metiendo, con tal de que ella siguiera ahí, conmigo.

Al fin y al cabo, ya me estaba consumiendo por dentro y lo único que me interesaba era no soltarle la mano.

◈ ◈ ◈

Esa noche, el aroma a cordero especiado y jazmín inundaba el comedor, un recordatorio asfixiante de que, aunque estuviéramos respirando el mismo aire caliente de Puerto Magara, dentro de esas paredes de la casona seguíamos perteneciendo a otro lugar.

A otra lógica. A otra historia. Mi padre presidía la mesa con esa rectitud antigua que parecía heredada de generaciones enteras; a su lado, mi madre y mis hermanos ocupaban sus lugares como piezas de un orden que no se cuestionaba.

A su derecha, permanecía el espacio vacío que, según sus planes, pronto dejaría de estarlo.

El tintineo de los cubiertos contra la porcelana era el único sonido: preciso, mecánico e increíblemente incómodo.

—Hablé con tu tío Salim hoy —dijo mi padre, sin levantar la vista del plato—. La familia de Samira está complacida con el progreso de los acuerdos. Termina sus estudios en unos meses. Es una joven educada, correcta… y, sobre todo, entiende el valor de nuestro apellido.

El nombre cayó sobre la mesa como un bloque de cemento inevitable.

Samira. Para mí no era una persona, sino un contrato; un acuerdo firmado mucho antes de que yo tuviera voz.

Tragué con dificultad antes de responder, cuidando que mi voz no delatara la rabia que venía hirviendo en mi pecho desde hacía meses.

—Es pronto, papá. Apenas tengo dieciocho —respondí, tratando de mantener la cabeza fría—. Siento que… todavía hay cosas que debería vivir por mi cuenta antes de amarrarme.

Mi padre dejó los cubiertos con una lentitud calculada y alzó la mirada hacia mí. No había rabia en sus ojos; lo que había era una certeza aplastante que me hizo recordar los meses que llevaba cargando lona y demás textiles industriales como un obrero más.

—La edad es una excusa para los que no tienen dirección —respondió—.

Nosotros no somos como la gente de este puerto.

Ellos viven de impulsos, se pierden en emociones que no sobreviven ni a una temporada.

Nosotros construimos. Sostenemos. Continuamos.

Tú no eliges empezar desde cero, Malik. Tú continúas lo que yo hice.

Bajo la mesa, mis manos se cerraron con tanta fuerza que las uñas se me clavaron en las palmas. Pensé en Génesis, en su risa, en cómo temblaba en mis brazos y en la forma en que se aferraba a mí en la moto. Ella era lo opuesto a esa mesa estirada y a todo lo que representaba.

—¿Y si yo quisiera algo distinto? —pregunté, sabiendo exactamente que estaba tentando al diablo.

Mi padre se reclinó apenas, observándome con esa frialdad que me sacaba el enojo.

—Lo que tú quieres es irrelevante frente a lo que tú eres.

Puedes distraerte, ya te lo he permitido estos meses.

No soy ingenuo; sé perfectamente que tienes la sangre caliente de los hombres de nuestra familia.

Pero no confundas una distracción con una decisión.

Disfruta lo que la noche te ofrece… pero no traigas el barro de la calle a esta mesa.

El golpe fue limpio, silencioso y directo. No necesitó decir el nombre de Génesis; bastó con la humillación de llamarla "barro". Algo que se usa, se limpia y no pertenece. Miré el plato, tragándome el orgullo para no tirar la mesa al piso. Si quería recuperar el control, tenía que jugar su juego.

—Entiendo, papá —respondí, forzando la voz para sonar sumiso—. Sé perfectamente cuál es mi lugar.

La mentira me dejó un sabor amargo en la boca, pero funcionó. Mi padre asintió, satisfecho. Era la rendición que había estado esperando durante todo el castigo.

—Bien. Mañana vienes conmigo a las bodegas. Es momento de que dejes el puesto de obrero y vuelvas a entender cómo se sostiene realmente el negocio.

Terminé de comer sin sentirle el sabor a nada.

Cuando subí a mi habitación, cerré la puerta con seguro y salí al balcón, saqué el teléfono de una.

Tenía un mensaje de ella: “Te extraño. No dejo de pensar en lo que hablamos. Siento que eres lo más importante en mi vida”.

Lo leí varias veces. Ella creía que yo era su punto fijo, su salvación, sin saber que mi propio mundo se estaba cayendo a pedazos.

Pero la rabia se me convirtió en una sonrisa de medio lado.

Mi padre creía que me había domado con el cuento de Samira, pero no me conocía.

Iba a ser el hijo perfecto de día, mientras en la sombra seguía siendo el dueño absoluto de mi nena.

A la mañana siguiente en la distribuidora, mi padre simplemente deslizó un sobre pesado sobre el escritorio. Con una taza de café turco.

—Es el presupuesto en efectivo para los gastos operativos de las bodegas de esta semana —dijo, mirándome fijo—. El nuevo contador ya te entregará los libros. Sabes cómo manejarlo. Si demuestras que estás enfocado y que tu cabeza está donde debe, la próxima semana será el doble.

Abrí el sobre de reojo y sentí cómo el aire por fin volvía a mis pulmones tras esos meses de asfixia. Mi padre creía que me estaba comprando la obediencia con el presupuesto del negocio, pero para mí eso significaba el aire que me faltaba.

Levanté la mirada y vi a mi papá tomando su café, jurando que me estaba moldeando a su antojo.

Tomé el sobre con una calma fingida, aguantándome las ganas de reírme en su cara.

Me estaba dando las herramientas para sostener lo que él más despreciaba.

Por primera vez, mientras me guardaba los fajos en los bolsillos, no sentí miedo del riesgo; sentí la adrenalina de saber que le iba a ganar el juego por la espalda.

El dinero volvía a mis manos, y con eso, Génesis seguía siendo mía.