CAPÍTULO 46
Ya habían pasado más de dos meses desde que mi padre me había quitado el control de la caja principal de las bodegas.
Más de dos meses enteros de estar seco, andando sin nada y sin un peso extra en el bolsillo, aprendiendo a la mala lo que significaba vivir con el sueldo semanal de un empleado raso mientras veía cómo Génesis sufría porque yo ya no tenía la misma facilidad para resolverle las cosas.
Dos meses y medio midiendo la gasolina de la moto, tragándome el orgullo y estirando cada billete para que la asignación de la mamá no se cortara y las sospechas no se nos vinieran encima.
En mi casa, la presión no era de gritos; era ese silencio pesado que te hacía sentir que siempre estabas haciendo algo mal.
Los ojos de mi padre eran como escáneres cada vez que nos cruzábamos en los pasillos de la casona.
No importaba qué cara pusiera yo, sentía que él me leía los pensamientos, buscándome la caída frente al nuevo contador que dejó clavado en la distribuidora.
Desde niño supe que mi vida ya estaba escrita por otros: que si el apellido Murad, que si los negocios, que si portarse como un señor.
Y lo peor: que algún día me tenía que casar con la mujer que a ellos les pareciera "decente".
No era que me preguntaran; era lo que tocaba por ser quienes éramos.
Un arreglo donde lo que yo sintiera o quisiera me lo tenía que tragar.
Esa noche estaba en el balcón de mi cuarto, buscando que el viento fresco del río me quitara el desespero.
Escuché la puerta abrirse a mis espaldas y me tensé de una.
Era mi padre. Se paró a mi lado en la baranda, mirando hacia la oscuridad de Puerto Magara con una calma que me sacaba la piedra.
Toda la seguridad que yo me gastaba en la calle se me venía abajo con su sola presencia tras estos meses de castigo. Él no te miraba, él te desarmaba.
—¿Sigues pensando en esa muchachita? —preguntó sin siquiera mirarme, mientras encendía su tabaco. Su voz me cortó el aire de golpe—. La que te hizo perder los estribos con Kamil. La que te tiene actuando como un idiota.
Bajé la cabeza, apretando las manos contra el cemento frío del balcón hasta que me dolieron los nudillos. Con mi papá uno no hablaba; uno escuchaba lo que decía y ya.
—Pienso en ella —le dije, seco. No iba a mentir.
Soltó el humo despacio y sentí un vacío en el estómago. No estaba emputado, estaba frío, y eso era peor.
—No te lo puedes permitir, Malik. Ninguna muchacha de por aquí tiene el nivel para entrar en esta casa. Nuestra familia no vive de amoríos; vive de poder. Y tú estás tirando todo a la basura por un capricho de adolescente.
—Papá… —traté de decirle, volteando a mirarlo con las palabras trabadas—. No es un capricho. Ella es diferente a todas.
Se giró hacia mí, acortando la distancia en el espacio cerrado del balcón.
—Hijo, diferente o no, no pierdas la cabeza.
Úsala. Sal con ella, sácate las ganas si eso es lo que necesitas para dejar de estar obsesionado…
pero escucha bien: nunca te amarres. No quiero escándalos ni que te enredes con gente que no es de nuestro nivel.
Las mujeres de aquí son para pasar el rato, no para arruinarse la vida.
Sácate las ganas. Me dolió más que si me hubiera pegado un tiro.
Él hablaba de Génesis como si fuera una cualquiera, algo que se usa y se bota.
Con cualquier otra pelada de esta ciudad, yo le daría la razón.
Sería fácil. Pero con Génesis esa lógica no me servía de nada.
Con ella no quería "pasarla bueno" y ya; me desesperaba solo de pensar que no estuviera conmigo.
—Tienes que aprender a moverte —siguió él, volviendo a mirar hacia la calle—. No te quedes pegado a una sola boca. La obsesión te deja ciego, y un hombre que no ve es un hombre que no sirve para el negocio. Si tanto la quieres, tenla. Pero hazlo sabiendo que al final del día ella no es para ti.
Sentí una rabia que me quemaba por dentro. Mi padre creía que, teniéndome, cobrando una miseria todo este tiempo me iba a doblegar, pero no me conocía.
—¡Que no es un capricho! —le grité, dándole un paso al frente en el balcón—. He salido con otras, he buscado por otro lado, pero no me sirve. Se me metió por todos lados. ¡Prefiero que me lleve el diablo con ella que estar con cualquier otra!
Mi padre soltó un suspiro largo, como si estuviera cansado de mi terquedad. Por un segundo me miró distinto; no con lástima, sino como quien ve un barco hundiéndose desde la orilla.
—Estás joven todavía y crees que el mundo se acaba en sus ojos —dijo frío—.
No puedo obligarte a no sentir nada, pero te lo advierto: si te entregas así, de esa forma tan ciega, te vas a destruir.
Y la vas a destruir a ella también. Juega con fuego si quieres, pero no llores cuando se te queme la casa.
No me dijo nada más. Escuché sus pasos firmes alejándose, saliendo de mi cuarto y cerrando la puerta.
Me quedé solo en el balcón, agarrado de la baranda, viendo las luces lejanas del puerto con un nudo en la garganta que no me dejaba ni respirar. Me tenía viviendo como un obrero cualquiera, cobrando una miseria, creyendo que con los meses se me iba a pasar la calentura por ella.
—Es tarde para advertencias, papá —murmuré para la oscuridad—. Ya estoy metido hasta el fondo.
Entré al cuarto arrastrando los pies, me tiré en la cama y me quedé mirando el techo, sintiendo que me estaba rompiendo en dos: lo que mi familia quería que fuera y lo que yo de verdad sentía por mi nena.
Él decía que era una obsesión. Yo sentía que era lo único que me importaba en la vida.
Y mientras cerraba los ojos, jurándome que yo era más berraco que todo el mundo y que de alguna forma iba a conseguir los fajos de billetes por mi cuenta para ganarle la partida a mi papá, no me daba cuenta de que ya me estaba quemando vivo.
◈ ◈ ◈
Esa noche, después de la conversación con mi padre, me quedé tendido sobre la cama, inmóvil, observando cómo las sombras de los postes se proyectaban contra la pared como si intentaran colarse en el cuarto.
Había algo inquietante en ese movimiento constante, pero no fue eso lo que me mantuvo despierto, sino la claridad incómoda que se había instalado en mi cabeza.
Sus palabras, lejos de desarmarme, terminaron por ordenarlo todo de una manera peligrosa: no tenía que elegir.
Podía sostener ambas cosas si sabía cómo hacerlo.
Por primera vez desde que todo había empezado a desbordarse, sentí que recuperaba una forma de control.
Cumpliría con lo que se esperaba de mí. Llegado el momento, aceptaría el matrimonio que la familia dispusiera, ocuparía mi lugar dentro del negocio, mantendría el apellido donde debía estar.
Haría todo exactamente como estaba previsto.
Pero eso no significaba renunciar a Génesis.
En mi cabeza, ambas realidades podían coexistir sin tocarse, como si bastara con mantenerlas en compartimentos separados para que no colisionaran.
Ella seguiría siendo mía en el único espacio donde nadie más tenía acceso.
Con el tiempo —eso me repetía—, su mundo se reduciría a mí lo suficiente como para que no necesitara nada más.
Era una idea limpia. Demasiado.
◈ ◈ ◈
El sol de la tarde caía a plomo sobre las estructuras a medio levantar cerca de las bodegas de mi padre.
El ruido de los camiones cargando mercancía era constante, un zumbido metálico que se colaba en los huesos.
Me había citado con Génesis en la parte trasera del terreno, entre unos montículos de arena y vigas de acero oxidado que servían de barricada contra la vista de los empleados.
Ella llegó caminando con esa timidez que siempre me recordaba lo poco que encajaba en mi mundo de negocios.
Se veía tan pequeña entre la maquinaria pesada que, por un segundo, me sentí protector, pero luego recordé las cuentas que no cuadraban y la presión de su madre, y esa sensación se convirtió en ansiedad pura.
La tensión en su casa era insoportable. Sin el dinero que yo antes enviaba con regularidad para mantener a su madre ocupada y lejos de ella, la señora había vuelto a sus andanzas, apretando los límites y lanzando veneno a cada paso. Era un lenguaje claro: sin plata, la tregua se había terminado.
—No me mires así —dije, apartando un trozo de lona vieja de un cajón para que pudiera sentarse—. No es tu culpa.
Ella se sentó, pero mantenía los hombros tensos, como si esperara un golpe.
No estaba acostumbrada a que yo la citara en lugares donde el peligro de ser vistos por alguien de mi familia era real.
Su mirada estaba opaca, agotada de lidiar con los gritos en su casa, y cada vez que una máquina arrancaba cerca, ella daba un respingo.
Me di cuenta entonces de que mi estrategia de "protección" se me estaba escapando de las manos; ya no podía comprarle la paz que ella necesitaba para ser la nena que yo quería que fuera.
—Estoy cansada, Malik —murmuró, sin mirarme—. Mi mamá está peor que nunca. Dice cosas que no puedo repetir. Siento que, si no pasa algo pronto, me voy a romper en pedazos.
Me incliné hacia ella, sintiendo el polvo del trabajo en mi ropa, y bajé la voz, bloqueando el ruido de los camiones con mi presencia.
—A mí ninguna regla me va a quedar grande si se trata de ti. Yo resuelvo lo que sea, pero tú no te me vas a volver a desanimar.
Ella levantó la mirada, sorprendida, y por un segundo volvió a aparecer esa chispa que tanto me obsesionaba, ese brillo de esperanza que yo me encargaba de alimentar a toda costa.
—Contigo no tengo miedo, Malik… —murmuró, casi en un susurro—. Siento que de verdad soy libre.
La observé en silencio durante unos segundos, sintiendo el peso de mi propia farsa. Ella no era consciente de nada: ni de lo que yo movía en las sombras para conseguir dinero, ni de los sacrificios que estaba haciendo, ni de que el suelo que pisábamos era cada vez más delgado.
—Porque conmigo estás a salvo —respondí al final, manteniendo el tono firme, casi suave. No era del todo una mentira, pero tampoco era la verdad completa.
Mientras la veía caminar de regreso hacia la salida del lote, entendí que la soga ya no daba más cuerda.
Mi padre se la pasaba jodiendo con el apellido, los negocios y el maldito linaje de la familia, pero yo ya había armado mi propio juego.
Si en el futuro me tocaba cumplirles con ese estúpido matrimonio arreglado para mantener la herencia intacta, lo haría.
Pero a Génesis no la iba a perder; no concebía la vida sin ella y mucho menos que fuera de otro.
Para sostener esa doble vida bajo mis propias reglas, necesitaba una plata que hoy no tenía.
Estaba metido en un fango peligroso, tomando decisiones cada vez más pesadas, pero yo no iba a dar el brazo a torcer.
Si me tocaba buscar el dinero debajo de las piedras o jugar sucio para ganarle a mi papá en su propio terreno y mantener a la suegra callada, lo iba a hacer.
Génesis se iba a quedar conmigo, así tuviera que amarrarla a mí de tal forma que se quedara sin fuerzas para irse. Me importaba un carajo el precio.