CAPÍTULO 45
Estaba en la esquina de siempre, esperando que Génesis saliera de su casa. Mis manos, acostumbradas a empuñar el manubrio de una moto potente o a deslizarse entre los fajos de efectivo que sacaba de la caja de las bodegas sin preguntar, hoy estaban inquietas, vacías.
Cuando Génesis salió, el ruido del mundo pareció atenuarse.
Seguía viéndose igual ante los ojos de cualquiera, pero yo sabía que algo en ella ya había cambiado.
Se acercó con esa sonrisa leve y dubitativa que usaba cuando no estaba del todo segura, y buscó mi mano como si fuera el acto más natural del mundo.
Se la di, pero la unión no encajó como antes.
Su gesto cambió apenas, una fracción imperceptible para otros, pero suficiente para mí, revelando que el muro entre nosotros ya estaba levantándose por culpa de mi jartera.
—Te siento raro —dijo, clavando su mirada en la mía con una atención que me incomodó—. Como si estuvieras aquí, pero a la vez muy lejos.
—Estoy cansado —respondí, soltando la primera excusa que encontré—. Nada más.
No insistió de inmediato, pero su silencio me gritó que no me había creído una sola palabra.
Se subió a la moto y arrancamos. El trayecto fue corto, pero el espacio entre nosotros se estiró más de lo normal; no era un silencio cómodo, sino un vacío cargado de todas las verdades que estaba decidiendo callar.
Nos detuvimos en el mirador, frente al curso indiferente del río Magdalena. Génesis se giró hacia mí y tomó mi rostro entre sus manos, obligándome a sostenerle la mirada, despojándome de cualquier escondite.
—No me gusta verte así —murmuró con una ternura que me dolió—. Siento que estás peleando una batalla tú solo.
Por un segundo, la confesión estuvo a punto de salir: el contador nuevo que me clavó mi padre en las bodegas, el castigo de dejarme como un obrero raso, el reloj empeñado y los cuatrocientos mil de la mamá que ya se me habían acabado.
Pero al mirarla, entendí que no podía dañar las cosas.
No era falta de confianza; era el miedo atroz a que, si soltaba esa miseria, todo el problema se volviera real demasiado rápido.
—Estoy resolviendo algunas vueltas —dije al final, pero mi voz careció de la firmeza necesaria.
Ella lo notó. Apoyó la cabeza en mi pecho con una tranquilidad que me resultó insoportable.
Había visto cómo me había vuelto más retraído y cómo revisaba el celular con una desesperación que antes no tenía, como si esperara una mala noticia a cada segundo.
Ella sentía el peso de mi angustia, aunque no supiera exactamente de dónde venía el golpe.
como si no supiera que el suelo bajo mis pies estaba a punto de desaparecer.
—No tienes que cargar con todo —susurró contra mi camisa—. Yo no necesito nada de eso, Malik.
Cerré los ojos un instante, sintiendo el golpe de sus palabras.
Ahí residía el verdadero problema: ella no lo necesitaba, pero yo sí.
En mi mundo, el valor de un hombre se medía por lo que podía proveer y proteger, y sin poder meterle la mano a la caja de las bodegas, me sentía desnudo, insuficiente.
—No se trata de lo que tú necesites —respondí, con una sequedad que me sorprendió a mí mismo.
Se separó un poco, buscándome los ojos con una confusión creciente.
—Entonces, ¿de qué se trata todo esto?
No contesté. La respuesta me quemaba y me avergonzaba a partes iguales. Tras un silencio tenso, ella volvió a hablar, esta vez con una cautela que me hizo sentir aún peor.
—A veces pienso que… si esto te está pesando tanto, si estar conmigo te cuesta tanto, podríamos darnos un tiempo.
No lo dijo como una amenaza; lo dijo con la intención genuina de quien cree que está ofreciendo una salida de emergencia. Y eso fue lo que terminó de encenderme los cables por dentro. Sentí un frío glacial subiendo por mi pecho. La sola idea de perderla me sacó la piedra.
—No —solté de inmediato. Fue una respuesta demasiado rápida, demasiado dura—. No vuelvas a decir esa mierda nunca.
Ella parpadeó, sorprendida por la violencia contenida en mi tono.
—Solo lo decía por ti, por tu bien…
—No necesito eso —la interrumpí tajante—. Ni lo quiero.
El aire entre los dos cambió drásticamente. En su expresión no apareció el miedo, sino algo mucho más triste y silencioso.
—Está bien —dijo al final, bajando la vista hacia sus propios pies.
No discutió, no peleó, y esa rendición me dejó con una rabia sorda, un vacío peor que cualquier grito.
La atraje hacia mí y la besé, pero no hubo calma en ese contacto.
Fue un beso urgente, posesivo y tenso, como si intentara amarrarla a mi lado por la fuerza antes de que la realidad me la arrancara.
Mientras la sostenía, la claridad me golpeó con una fuerza brutal.
No era solo el miedo a perderla; era el terror de no poder sostener la vida que yo mismo le había armado.
Y sin dinero, todo se iba al carajo. Miré hacia el río, que para entonces ya era una masa oscura.
Por primera vez en mi vida, no pensé en cómo trabajar legal, sino en cómo financiarme por fuera.
Pensé en meter las manos en vueltas pesadas donde antes nunca me hubiera atrevido.
Si la plata era el único pilar que mantenía este mundo en pie, entonces iba a conseguir esos billetes.
De la forma que fuera. A cualquier costo.
La obligué a subir a la moto. El viento de la carretera nos golpeaba, pero ella se aferraba a mí con fuerza, como si supiera que algo en mi interior se estaba terminando de joder.
No fuimos a su casa; manejé hasta un hotel discreto a las afueras, uno de esos lugares donde nadie hace preguntas si pagas por adelantado.
Al cerrar la puerta de la habitación, el silencio se volvió nuestro cómplice. Ella se quedó quieta, devorada por la duda y el deseo, todavía con el peso de lo que nos habíamos dicho en el río.
—Acércate —le ordené.
Obedeció. Le bajé los tirantes de su blusa con una lentitud deliberada.
—¿Estás segura? —pregunté, esta vez con una ternura que me costaba mantener en medio de tanta rabia.
—Sí. Quiero sentirlo de nuevo… pero esta vez, sin miedo —susurró, y fue como si me hubiera dado el permiso de reclamar lo que mi padre había intentado arrebatarme esa mañana.
Esa frase fue el detonante. La acerqué con fuerza y la besé con una desesperación que la hizo gemir contra mi boca. La levanté en brazos, sintiendo su peso liviano, y la dejé sobre las sábanas blancas. Me quité la camisa sin quitarle los ojos de encima y comencé a levantarle la blusa, despacio.
Me incliné sobre ella, recorriendo su cuello y sus pechos con la boca hasta liberar uno y morderlo con avidez. Génesis se arqueó, soltando un gemido que llenó la habitación, un sonido que me devolvió de golpe la sensación de poder que mi padre había intentado arrancarme en su oficina.
—Mírame —le dije con la voz ronca—. Eres mía, Génesis. Completa. No importa lo que pase afuera.
Sus manos bajaron a mi cinturón con una urgencia torpe que me encendió más. Cuando finalmente me liberó y sintió mi dureza contra su vientre, sus ojos se dilataron.
—Tómame otra vez —pidió en un hilo de voz.
Esa súplica me terminó de incendiar. Deslicé mi mano bajo su falda, apartando la tela y deshaciéndome de su ropa interior con un tirón firme. El calor que emanaba de ella me hizo gruñir; era mi único refugio contra la humillación de los Murad.
—Quiero escucharte —le exigí, rozando su entrada—. Dime que me necesitas.
—Te necesito… —murmuró ella, sus ojos fijos en los míos, como si estuviera hipnotizada por la tormenta que yo era.
—Más fuerte.
—¡Te necesito, Malik! —gritó con la voz quebrada.
La embestí de golpe, hundiéndome en ella hasta el fondo, encontrando ese calor conocido que me pertenecía.
Su cuerpo se tensó y sus uñas se clavaron en mis hombros, marcando mi piel mientras yo empezaba a moverme con una cadencia profunda, pesada, estirando cada segundo para que se le grabara en los huesos.
Aceleré el ritmo, respondiendo a la presión de sus piernas aferradas a mi cintura.
—Eso, así, mírame… —jadeé, sintiendo cómo las bodegas, los balances, mi papá y el contador nuevo se desvanecían—. Nadie va a sacarte de mi vida. Eres mía.
La habitación se llenó del sonido de nuestros cuerpos y de sus suspiros llamándome.
Ella se entregaba en oleadas, rindiéndose por completo a lo que estábamos armando.
Cuando finalmente estallé dentro de ella, la sujeté con una fuerza posesiva, rabiosa.
En ese instante, el dinero de mi familia no importaba una mierda. Yo tenía el control. Yo era su mundo.
Después, nos quedamos abrazados, escuchando el eco de nuestros corazones.
—Ahora sí siento que esto es mío —murmuró ella contra mi pecho—. Ya no tengo miedo.
Le acaricié el cabello, sonriendo bajo la luz tenue.
—Exacto. Ahora me perteneces más que antes.
Ella levantó la cara y vi un brillo nuevo en sus ojos. Ya no era solo deseo; era la complicidad de nuestra intimidad que nos ataba más fuerte que cualquier ley. Estábamos condenados, y a ninguno de los dos nos importaba.