CAPÍTULO 44
La oficina de mi padre siempre olía igual: una mezcla penetrante de tabaco fuerte y madera vieja.
Entré sin decir una palabra y lo encontré detrás del escritorio, revisando unos papeles con una calma gélida, como si en su mundo no existiera nada urgente.
Kamil estaba a un lado, recostado en la silla con el pómulo todavía inflamado por mi golpe en el apartamento.
No parecía molesto; al contrario, su expresión era de una satisfacción contenida que me revolvió el estómago.
Mi padre dejó la pluma sobre el escritorio antes de levantar la vista para fijarla en mí.
—Kamil me contó algo interesante —dijo con una voz tranquila. Demasiado tranquila—. Dice que estás perdiendo el juicio. Que te estás metiendo donde no te corresponde… por una niña.
No respondí de inmediato, midiendo el peso de mis palabras.
—Kamil siempre ha sido un mentiroso, papá. Solo le gusta remover el avispero —respondí, manteniendo la voz firme, aunque sentía el pulso acelerado.
—Sé cómo es —admitió mi padre, asintiendo apenas con la cabeza—.
Lo conozco. —Hizo una pausa y clavó sus ojos en los míos con una intensidad que buscaba desarmarme—.
Pero también sé cómo eres tú. Te avisé hace unos meses cuando empecé a ver los descuadres en los balances de la distribuidora.
Incluso alguien mencionó que te vieron comprando útiles escolares, algo tan ridículo que me negué a creerlo.
Pensé que era el típico capricho de un muchacho de dieciocho años, el tipo de estupidez que se cura sola.
Pero ahora, después de lo que pasó con tu primo, me queda claro que no es un capricho; es una obsesión.
Se recostó en la silla, observándome como quien analiza una pieza defectuosa en una línea de montaje.
—Pero esto… —añadió, señalando a Kamil con un gesto breve del mentón sin siquiera mirarlo— ya no es una distracción. Es un problema.
Sentí cómo se me cerraba el estómago. Sabían más de lo que yo creía, pero aún no lo sabía todo.
—No le estoy haciendo daño a nadie —respondí, manteniendo la voz firme a pesar de la presión—. Es mi vida.
Mi padre soltó una risa corta, carente de cualquier rastro de humor.
—Tu vida… —repitió con sarcasmo—, mientras la financio yo con el efectivo de mis bodegas.
Se puso de pie con una lentitud calculada. No necesitó alzar la voz para que su presencia llenara cada rincón de la oficina.
—No estás entendiendo algo básico, Malik.
Lo que manejas en esa caja no es tuyo; es de la familia.
Cada peso que sale de las bodegas tiene un propósito y cada decisión que tomas afecta lo que hemos construido con años de esfuerzo.
Y nosotros no invertimos en errores. —Dio un paso alrededor del escritorio, acortando la distancia—.
Un Murad no se mezcla sin pensar. No baja de nivel por un capricho.
Un Murad se asocia, se proyecta y se expande.
Sus palabras no eran nuevas, las había escuchado desde niño, pero esta vez venían cargadas de una consecuencia real.
—No voy a dejarla —dije. No fue un impulso del momento, fue una decisión tomada mucho antes de entrar a esa oficina.
Mi padre me sostuvo la mirada durante unos segundos que parecieron eternos.
—Entonces lo vas a hacer sin mi respaldo.
Así de simple. Desde hoy, quedas fuera de la administración de la caja principal.
Puse a un contador nuevo a revisar cada libro y no vas a poder tocar un solo fajo de billetes.
Te quedas en las bodegas, pero solo recibirás tu sueldo semanal en mano, el mismo que se gana cualquier obrero raso cargando mercancía aquí.
Kamil soltó una pequeña risa por lo bajo. No me molesté en mirarlo; mi atención estaba fija en el hombre que acababa de cortarme el suministro de oxígeno financiero.
—Si quieres seguir con esa responsabilidad que te inventaste, hazlo por tu cuenta —añadió mi padre—. Vamos a ver cuánto dura tu nobleza cuando tengas que sostenerla tú solo. Tienes mucho que aprender todavía y muy poco margen para equivocarte. Porque si eliges mal, no hay vuelta atrás.
No esperó respuesta; la reunión había terminado.
Salí de la oficina con la cabeza hirviendo y las manos tensas.
El golpe no había sido emocional, había sido práctico, y por eso mismo era más letal.
El sueldo básico controlado apenas alcanzaría para lo mínimo: gasolina de la moto y mis gastos personales.
Todo lo demás, el equilibrio que mantenía a Génesis a salvo dependía de un dinero que acababa de secarse.
Los cuatrocientos mil mensuales que le daba a su madre eran lo que evitaba que las preguntas empezaran, que el control se cerrara sobre ella y que terminara en un encierro definitivo.
Me detuve frente a una casa de empeño sin pensarlo demasiado.
Saqué el reloj de mi muñeca, el primero que mi padre me regaló, y lo dejé sobre el mostrador sin un rastro de duda.
Mientras contaba el fajo de billetes en efectivo que me entregó el tendero, entendí algo que me había negado a aceptar hasta ese momento: esto ya no era un juego de rebeldía adolescente.
Era una decisión de vida, y cada decisión tenía un costo que ahora me tocaba pagar a mí.
Guardé el dinero y salí a la calle con el paso firme.
Si lo que ganaba legalmente en las bodegas ya no alcanzaba, iba a tener que encontrar otra forma de conseguir plata.
Una que no dependiera de los Murad. Una que me permitiera sostener lo que había empezado, aunque eso significara adentrarme en un terreno oscuro del que, muy probablemente, no saldría siendo el mismo hombre.