Mi Ángel nº 1 CAPÍTULO 43
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CAPÍTULO 43

Ver el carro de Kamil rondando las inmediaciones de la Normal Superior me puso en alerta de inmediato; sabía perfectamente que no estaba ahí por casualidad.

Desde la distancia, lo vi bajarse, cerrarle el paso a Génesis e interceptarla a mitad de la acera.

No alcancé a escuchar lo que le decía por la distancia, pero vi cómo se le inclinaba encima con descaro.

La reacción de ella fue instantánea: se detuvo en seco y su cuerpo se tensó, adoptando esa postura de quien desea desaparecer sin llamar la atención.

No había curiosidad en su rostro, solo ese miedo contenido que ya empezaba a conocerle demasiado bien.

Kamil con sus veintitrés años; ya jugaba en otra liga.

Tenía sus propios ingresos y la independencia que te da un carro propio, mientras que yo, aunque acababa de cumplir los dieciocho, todavía dependía en gran parte de lo que mi padre me soltaba, a pesar de que ya me estuviera metiendo de cabeza en sus negocios para ganarme lo mío.

Para cualquier otro, Kamil era simplemente un tipo con plata y un buen carro, pero para ella era el recordatorio viviente del apartamento y el testigo de un secreto que todavía no sabía cómo cargar.

La vi zafarse de su presencia y subirse a la buseta casi de prisa, sin mirar atrás, huyendo de unas palabras que la asfixiaban.

En cuanto Kamil arrancó, yo hice lo mismo.

Lo seguí manteniendo una distancia prudente, esperando el momento exacto.

Cuando tomó la vía hacia el sur, donde las bodegas viejas aíslan cualquier sonido del resto del mundo, supe que era el lugar indicado.

Aceleré a fondo y le cerré el paso de forma brusca; el chirrido de sus frenos rompió el silencio pesado del sector.

Me bajé de la moto, me quité el casco sin prisa dejándolo sobre el tanque, y caminé hacia su ventana con una calma que me pesaba en los hombros, pero con la mirada fija en la suya.

Kamil bajó el vidrio con una sonrisa burlona que no le duró mucho al ver mi expresión tras el visor.

—¿Qué te pasa ahora? —soltó con descaro—. ¿Te volviste su guardaespaldas?

—Bájate —respondí. No levanté la voz, y fue precisamente ese tono gélido lo que lo hizo dudar por un segundo.

—No voy a bajarme para...

No permití que terminara la frase. Lo agarré por la camisa y lo saqué del carro de un solo tirón; perdió el equilibrio y cayó de mala manera sobre el asfalto caliente.

Antes de que pudiera siquiera intentar reaccionar, le solté un golpe directo al abdomen que le arrebató el aire.

Se quedó de rodillas, encogido, luchando por volver a respirar.

Me incliné hacia él, sujetándolo con fuerza por el cabello para obligarlo a mirarme a los ojos.

—Aléjate de ella —le advertí. No había gritos, no hacían falta cuando la intención era tan clara.

Kamil soltó una risa débil, más por un orgullo herido que por verdadera valentía.

—¿Y si no quiero? —desafió.

La respuesta fue otra embestida, seca y sin advertencia, que lo dejó tendido en el suelo.

—No te estoy preguntando —dije, bajando aún más el tono de mi voz—. Te lo estoy ordenando.

Él escupió hacia un lado y se limpió la boca con el dorso de la mano, mirándome con resentimiento.

—¿Por qué te importa tanto? —jadeó—. Si yo la conozco mejor que tú. ¿O se te olvida dónde empezó todo, Malik? En mi apartamento. Sé perfectamente lo que es.

Sentí cómo algo se retorcía con violencia dentro de mí. No era solo rabia; era algo mucho más difícil de nombrar, algo que me quemaba por dentro.

—Vuelve a buscarla, vuelve a seguirla o a hablarle, y te juro por mi padre que no la cuentas —le dije, dejando que cada palabra cayera como una sentencia.

Kamil me sostuvo la mirada con esa mezcla de rencor que siempre lo había definido.

—¿Y qué? ¿Te vas a volver loco por una carajita, Malik? Cuidado te estrellas solo, que esa gracia te puede salir cara.

No respondí. Me quedé observándolo unos segundos, asegurándome de que entendiera la gravedad de lo que estaba diciendo antes de soltarlo.

—Ya sabes cómo es la cosa conmigo —concluí, dándole la espalda.

Volví a la moto sin mirar atrás. El rugido del motor rompió la quietud del lugar mientras me alejaba, pero la tensión seguía pegada a mi piel como el sudor.

Aceleré un poco más. Esta vez no se trataba de arreglar las cosas a golpes, sino de llegar a tiempo.

Conociéndola, ya debía estar encerrada en su cuarto, muerta del miedo, llorando sola y sintiéndose sucia o culpable por culpa de ese infeliz, cuando ella no había hecho nada malo.

No podía dejar que se siguiera atormentando la cabeza ella sola; tenía que llegar a calmarla y a demostrarle que conmigo nadie la iba a volver a tocar.

◈ ◈ ◈

Esa noche, el aire de Puerto Magara se sentía denso, como si algo estuviera a punto de romperse de forma irreversible.

No podía dejar a Génesis así con la carga de lo sucedido; sabía exactamente qué clase de tormenta estaba pasando por su cabeza.

Para ella, el encuentro con Kamil no había sido solo un momento incómodo, sino una amenaza directa a la integridad de su mundo.

Su miedo no nacía de la figura de mi primo en sí, sino de lo que él representaba: el testigo de su secreto y el dueño de una verdad que podía destruirla con solo una palabra.

Hasta ese día, entre Kamil y yo había existido un acuerdo tácito, una complicidad oscura que nunca se verbalizaba pero que siempre nos había funcionado.

Él prestaba el lugar, yo lo usaba, y lo que ocurriera tras esas paredes no tenía el más mínimo valor.

En nuestro código de hombres, entrar al apartamento o meterse en el cuarto sin avisar no significaba nada; si llevábamos a alguna mujer, ninguna se respetaba lo suficiente como para que nos importara si nuestra presencia la hacía sentir mal o incómoda. El apartamento era tierra de nadie.

Pero esa falta de límites del pasado terminó pasándome la cuenta de la peor manera.

Kamil no entró esa tarde para traicionarme a sabiendas; entró de la misma forma descarada en que lo hacíamos siempre, arrastrado por las hormonas y la costumbre de que entre los dos todo se valía.

No sabía que la persona que iba a encontrar en mi cama no era una aventura más.

Su error no fue planearlo, sino no imaginarse que yo por fin respetaba a alguien.

Llegué a su calle pasada la medianoche, dejando la moto a una cuadra de distancia para caminar el resto del trayecto en un silencio absoluto, cuidando que cada paso no alertara a los vecinos.

Golpeé suavemente el cristal de su ventana y esperé.

Cuando Génesis apareció, su rostro fue el espejo de una agonía silenciosa: tenía los ojos hinchados, la piel pálida y el rastro del miedo todavía adherido a sus facciones.

Abrió con una cautela extrema, apenas lo suficiente para dejarme asomar.

—¿Qué haces aquí? —susurró con el aliento entrecortado—. Si mi mamá te escucha…

—No nos va a escuchar —le aseguré, tomando sus manos entre las mías para intentar transmitirle algo de calor; estaban heladas—.

Tranquila. Desde la distancia vi cuando ese infeliz se te arrimó en la salida de la Normal.

No pude escuchar nada, pero sé lo que te hizo sentir.

Quiero que me digas exactamente qué te dijo.

Génesis bajó la mirada y su respiración se volvió errática, como si las palabras le quemaran en la garganta.

—No fue un saludo, Malik… —murmuró al fin—. Se me acercó como si ya me conociera, como si tuviera algún tipo de derecho sobre mí. Me dijo que sabía quién era yo, que sabía lo que había pasado en ese apartamento. Habló de todo, con una libertad que me dio pavor.

Sentí cómo se me apretaba la mandíbula y la sangre me hervía en las venas, pero me contuve, apretando sus manos más fuerte para dejarla desahogarse.

—Me dijo que te conocía muy bien —continuó ella con la voz quebrada—.

Que tú eras así, que yo no era diferente a las otras mujeres que habías llevado allí.

—Esa fue la frase que más pareció herirla; se notaba en la forma en que sus hombros se hundieron—.

Me dijo que él podía darme algo distinto, que con él no tenía que esconderme...

que, si le daba una oportunidad, las cosas serían diferentes.

Lo decía como si yo fuera parte de un trato, Malik.

Como si por haber estado contigo, ahora él también tuviera derechos sobre mí.

Me acerqué a ella hasta que el espacio entre ambos desapareció por completo. La rabia por el descaro de Kamil casi me hace perder los estribos, pero verla tan indefensa me obligó a tragarme el demonio.

—Escúchame bien —le dije, manteniendo un tono firme y profundo—. Ese tipo no va a volver a buscarte. Jamás.

—¿Qué hiciste? —preguntó ella en un hilo de voz, buscándome los ojos en la penumbra.

—Lo suficiente para que entienda las reglas del juego conmigo —respondí sin entrar en detalles. No hacía falta que supiera la magnitud de la golpiza que le metí en las bodegas, solo que estaba protegida.

Génesis soltó un suspiro largo, dejando que parte del peso abandonara su cuerpo por un instante.

—Me da miedo —admitió con una honestidad que me desarmó—. No por él, sino por todo esto. Por lo que pueda pasar si alguien más se entera de lo que pasó entre los dos.

Apoyé mi frente contra la suya, cerrando el círculo de intimidad.

—No tienes que cargar con eso sola —le recordé—. Prométeme que nadie más lo sabrá —insistió ella, aferrándose a mi camiseta como si fuera su único anclaje a la realidad.

—Nadie —sentencié. No lo dije como un juramento vacío, sino como una verdad absoluta e innegociable.

Poco a poco, la rigidez de su cuerpo empezó a ceder ante mi abrazo.

Esta vez no hubo resistencia, solo una entrega silenciosa y necesitada.

La besé con una lentitud que no buscaba despertar el deseo, sino sellar una promesa de calma.

Cuando me separé, sus ojos ya no parecían tan perdidos; no estaban del todo bien, pero tenían una firmeza nueva.

Salí de su casa con la sensación de haber contenido una inundación, al menos por ahora.

El camino de regreso a la moto se sintió inusualmente largo.

Sabía perfectamente cómo funcionaban las cosas en este mundo: Kamil no era de los que se quedaban quietos tras una humillación, especialmente cuando su orgullo estaba herido.

Pero esa noche no se trataba de él; se trataba de que ella pudiera dormir un poco más tranquila.

Aunque en el fondo ambos supiéramos que esa calma tenía un precio alto.