CAPÍTULO 42
Después de dejar a Génesis en su casa —sin que siquiera se atreviera a mirarme antes de entrar a su puerta— el silencio de la tarde me cayó encima con un peso incómodo.
No era exactamente arrepentimiento, pero tampoco estaba en calma.
Lo que sentía era una presión constante, una punzada clavada en la cabeza que no cedía.
La imagen de Kamil, su risa y la forma sucia en la que la había mirado se repetían en mi mente como una cinta rayada.
No era simple fastidio; era algo más oscuro, un impulso difícil de controlar que me hizo girar la moto sin pensarlo demasiado.
Regresé al edificio y el motor de alto cilindraje rugió con violencia justo antes de que clavara los frenos.
Subí las escaleras con una urgencia que no necesitaba explicación y empujé la puerta de entrada sin avisar.
Kamil seguía allí, recostado en el sofá con una cerveza en la mano y esa tranquilidad que siempre me había provocado náuseas.
Al verme, su rostro se iluminó con una sonrisa cargada de veneno.
—¿Volviste tan rápido? —soltó, acomodándose—. ¿O es que la niña te dejó con ganas de más?
No terminé de escucharlo. El golpe salió directo, seco y sin cálculo, girándole la cara de lado y hundiéndolo contra el respaldo del sofá. La botella impactó contra el suelo, estallando en mil pedazos de vidrio que saltaron por toda la sala.
—¡¿Qué te pasa?! —alcanzó a balbucear, llevándose la mano al rostro ensangrentado.
Lo agarré de la camisa y lo levanté de un tirón; no pesaba nada, o tal vez era la adrenalina la que me daba esa fuerza bruta. Lo empujé contra la pared en un impacto que resonó en todo el apartamento.
—Te estás pasando de la raya —dije con la voz baja, mascando cada palabra—. No vuelvas a hablar así de ella.
Kamil soltó una risa corta, como si no pudiera creer que yo me estuviera poniendo así por una mujer.
—¿Y ahora qué? ¿Te vas a poner serio por una pelada? —preguntó con descaro.
No hubo respuesta verbal. El rodillazo le cortó el aire de inmediato, dejándolo doblado hacia adelante, tosiendo y buscando oxígeno con desesperación. Me incliné hacia él, acorralándolo contra la pared hasta que nuestras sombras se mezclaron.
—Te lo digo una vez: no te metas donde no te están llamando —murmuré. No hizo falta levantar la voz; el miedo en sus ojos me confirmó que el mensaje había llegado.
Lo solté y dejé que se deslizara por la pared mientras intentaba recuperarse. Señalé el desastre de vidrios y cerveza que ensuciaba el suelo antes de dar media vuelta.
—Limpia eso. Y deja de meterte en lo que no es tuyo.
Salí del apartamento con la misma prisa con la que había entrado, pero la satisfacción del golpe no se quedó conmigo.
Afuera, el aire de la tarde estaba pesado, cargado de ese calor que no te deja respirar, pero no lograba despejarme la mente.
Saqué el celular y me quedé mirando la pantalla en blanco durante varios segundos, buscando palabras que mi orgullo no solía usar.
Al final, escribí lo único que me pareció honesto:
“No tienes que sentirte mal por nada de lo que pasó. No hiciste nada malo”.
Me quedé observando el cursor parpadeante, pero no añadí más.
Sabía que no habría una respuesta inmediata, quizás ni siquiera hoy.
Guardé el teléfono y arranqué la moto, sintiendo esa presión todavía instalada en el pecho.
Había hecho lo único que sabía hacer para protegerla, pero en el fondo, sabía que un golpe no arreglaba el daño. Lo difícil apenas estaba empezando.
◈ ◈ ◈
El lunes en Puerto Magara amaneció con un calor agobiante, de esos que se pegan a la piel desde temprano y no dan tregua.
Llegué a la salida del colegio en la moto, con la cabeza todavía cargada por el día anterior; no había logrado dormir bien.
La imagen de Kamil, el impacto del golpe y el silencio sepulcral de Génesis tras mi mensaje seguían dándome vueltas en un bucle agotador.
Por suerte, ese día recortaron las últimas horas de clase y la jornada de la tarde salió temprano.
Eran apenas pasadas las cinco cuando la vi salir entre el grupo de estudiantes y, de inmediato, noté que algo en su forma de caminar había cambiado.
Llevaba la mirada baja y los hombros ligeramente encogidos, como si intentara ocupar menos espacio del que realmente habitaba.
Cuando levantó los ojos y me encontró, no hubo esa chispa de antes, solo un reconocimiento rápido.
Se acercó hacia mí sin dudar, pero también sin rastro de emoción.
Se subió a la moto en silencio y me rodeó la cintura, aunque su cuerpo no se acercó del todo; había una distancia ahí, sutil pero imposible de ignorar, como un muro invisible levantado entre los dos.
—Hola —dije, haciendo un esfuerzo para que mi voz sonara normal—. ¿Cómo estás?
No respondió de inmediato. Solo cuando dejamos atrás el bullicio del colegio y tomamos la carretera hacia el río, su voz llegó como un susurro apenas audible sobre el ruido del motor.
—Bien… solo quiero estar en un lugar donde nadie me vea.
No hice más preguntas. La llevé hacia la orilla del río Magdalena, metiéndome por una trocha vieja hasta un barranco apartado donde los árboles de bonga tapaban la luz y la corriente parecía llevarse el ruido del resto del mundo.
Cuando se bajó de la moto, no se tomó el tiempo de mirar el paisaje; se quedó de pie, muy quieta, con las manos entrelazadas como si no supiera qué hacer con ellas.
Me acerqué despacio, sintiendo una incomodidad creciente.
No era rechazo lo que percibía en ella, era un terror paralizante.
—Génesis —dije, intentando forzarla a levantar la mirada—. ¿Qué tienes? Estás más pálida de lo normal.
Tardó unos segundos, pero al final lo hizo. Sus ojos no estaban llenos de dudas, sino de un pánico puro.
—¿Y si tu primo habla, Malik? —soltó de golpe, con un hilo de voz—. He estado pensando en eso todo el día. Si él cuenta lo que pasó en su apartamento… si alguien en el colegio o mi familia se entera…
Tragué saliva, sintiendo que la mandíbula se me tensaba. Ella tenía razón, y eso era lo que más rabia me daba.
—No va a pasar —le aseguré, pero ella negó frenéticamente.
—¡No sabes cómo es esto! —exclamó, con la voz quebrándose—.
Si se corre la voz de que estuve, ya sabes…
a solas con un hombre en ese apartamento…
dirán que soy cualquier cosa. En este puerto no perdonan, Malik.
Me van a ver como alguien sin valor. Van a decir cosas horribles de mí, y mi mamá…
mi mamá no podría soportar la vergüenza, me mataría.
Un escándalo así me destruiría la vida, y tú sabes que no van a decir que fue contigo, van a decir cualquier otra barbaridad.
En ese instante entendí que ella no solo estaba peleando contra su conciencia, sino contra el peso de una sociedad que en esta época era implacable con las adolescentes. Mientras yo me obsesionaba con protegerla físicamente, ella cargaba con el miedo a ser marcada para siempre por un chisme.
—Mírame —le pedí, agarrándola de la barbilla con firmeza, obligándola a conectar conmigo—. Nada de eso va a suceder porque yo no voy a dejar que se abra la boca. Kamil es un imbécil, pero sabe muy bien lo que le pasa si llega a decir algo. Yo me encargo de él, ¿me oyes?
—¿Y si no puedes? —susurró, aferrándose a mi camiseta con una urgencia que me detuvo el aliento—. No me vayas a dejar sola, Malik… por lo que más quieras. Si esto sale a la luz, voy a ser la burla de todo el mundo.
Ese miedo a la humillación, a ser juzgada por el "qué dirán" en un municipio donde todos se conocen, me terminó de desarmar. No era solo miedo a perderse a sí misma, era miedo a perder su lugar en el mundo.
—No digas pendejadas —le respondí, enterrando mis dedos en su pelo y pegándola a mí con fuerza—.
Ya te dije que de mí no te vas a librar tan fácil.
Yo te voy a cuidar. Nadie, absolutamente nadie, va a tener motivos para hablar de ti porque nadie va a saber nada.
Aquí estoy, y mientras estés conmigo, no vas a ser la burla de nadie.
La apreté contra mi pecho, sintiendo cómo sus manos temblaban.
Ya no era solo el secreto de nuestra intimidad, ahora era un pacto de silencio forzado por el peligro.
Sabía que Kamil era una bomba de tiempo, y el miedo de Génesis me dio la certeza de que, para protegerla, iba a tener que hacer cosas que nunca me había atrevido a hacer antes.