CAPÍTULO 41
El sol se filtraba por la persiana, dibujando rayas de luz en el cuarto.
Abrí los ojos sintiendo todavía el cansancio de la noche anterior.
Ella seguía dormida a mi lado, agarrada de mi brazo como si tuviera miedo de que, al soltarme, todo lo que pasó desapareciera.
Tenía la cara tranquila, aunque los párpados un poco hinchados me recordaban que había llorado mucho horas atrás.
Me quedé mirándola un buen rato. Cuando se movió buscando mi calor, la abracé por puro instinto. Ella abrió los ojos, y esa luz de la mañana los hacía ver completamente limpios, transparentes.
—Ya vuelvo —le dije, dándole un beso rápido antes de soltarme.
Ella se incorporó un poco, confundida, envolviéndose en la sábana.
—¿A dónde vas? —me preguntó, con la voz todavía dormida y un rastro de inseguridad.
—Voy a buscar algo de comer, no te muevas de aquí —le dije con una sonrisa de medio lado, intentando sonar casual. Me puse el bóxer rápido, moviéndome con cuidado para no hacer ruido, y salí del cuarto antes de que me hiciera más preguntas.
Fui hasta la cocina del apartamento de mi primo, sintiéndome el tipo más ridículo del mundo mientras buscaba algo para darle de comer.
Era una sensación extraña que me revolvía el estómago; nunca en mi vida había movido un dedo para prepararle un desayuno a nadie, y hacerlo por ella me hacía sentir como si estuviera invadiendo un territorio desconocido, lidiando con los sartenes como si fueran armas de fuego.
Así que la torpeza se apoderó de mí. Al final, logré preparar unos huevitos y tosté un par de panes con mantequilla, sirviendo un jugo de caja que encontré en la nevera.
Cuando volví al cuarto con la bandeja, sentí un calor raro subiéndome por el cuello; no era pena, era el desconcierto de estar haciendo algo tan personal.
Génesis se había sentado, apretando la sábana contra el pecho para taparse.
Con cuidado, me acerqué y le acomodé la bandeja sobre las piernas, justo encima de las sábanas, para que pudiera desayunar ahí mismo.
Al ver el plato, sus ojos se abrieron de par en par, pasando de la sorpresa a una timidez que le encendió las mejillas.
—Se ve rico—dijo, con la voz casi en un susurro, mirándome como si fuera otra persona—. ¿Tú cocinaste esto?
Me encogí de hombros, rascándome la nuca, todavía desconcertado por mi propia iniciativa.
—No te acostumbres —le respondí, intentando recuperar mi tono seco—. Se me quema hasta el agua cuando intento hervirla, pero con unos huevos me defiendo para que no te me mueras de hambre. Es lo que había, no me mires así.
Ella se rio, un sonido suave que me alivió la tensión del pecho. Me miró con una ternura que me desarmó por completo.
—¿Dormiste bien? —le pregunté, cambiando el tema, tratando de sonar ronco y natural otra vez.
—Sí… pero todavía me duele un poquito —respondió bajando la mirada a su desayuno.
—Es normal —le dije, dándole un beso en la frente—. Se te va a pasar pronto, ya verás. Te lo prometo.
Ella se escondió detrás de su pelo. Se veía apenada, con una fragilidad que me hacía querer cuidarla de todo.
—¿Y si alguien se da cuenta de lo que hicimos? —susurró con miedo.
Le tomé la cara con las manos para que me mirara de frente. Solo quería que confiara en mí.
—Lo que pasó aquí es un secreto de los dos y de aquí no sale, nena.
Ella se quedó en silencio, procesando mis palabras mientras daba el primer bocado.
—A veces siento que no soy suficiente para alguien como tú… —murmuró, y escucharla decir eso me dio una punzada de rabia y tristeza a la vez. No supe cómo explicarle que, en realidad, era yo el que sentía que no estaba a su altura, pero mi orgullo no me permitía ser tan directo.
La vi terminar sus últimos bocados, todavía algo cohibida.
Con un movimiento suave, le quité la bandeja de las piernas y la dejé sobre la mesa de noche, liberándola de ese escudo que nos separaba.
Me levanté y fui hasta el rincón donde guardaba mi guitarra que casi siempre llevaba conmigo.
Sentía que necesitaba otra forma de hablar; a veces la música decía lo que mi boca, acostumbrada a hacerse la dura, se negaba a admitir.
Me senté frente a ella en la orilla de la cama.
—Escucha esto —le dije con una sonrisa de medio lado—. Siempre me ha gustado esta canción, pero hoy me suena distinto.
Toqué los primeros acordes de Desnuda. Canté bajito, solo para ella, tratando de que con la letra entendiera cómo la veía yo.
Quería que se le quitaran todas las dudas.
Mientras la música llenaba el apartamento, vi que se iba relajando.
Soltó la sábana, olvidándose de la pena, y me regaló esa mirada valiente que me desarmó por completo.
—Ven aquí, no tienes que esconderte de mí —le dije, dejando la guitarra a un lado para acariciarle la espalda—. Conmigo puedes ser tú misma.
—¿De verdad piensas eso? —preguntó, buscando que yo se lo confirmara para sentirse segura.
—Claro que sí. Mira cómo te mueves, lo bonita que eres… no tienes nada que esconder, Génesis. Eres perfecta así.
La abracé fuerte, sintiendo su corazón latir contra mi pecho. Me sentía raro, como si al ver que la había lastimado antes, yo también hubiera terminado de perder esa armadura que siempre llevaba puesta.
—No te olvides de esto nunca —le susurré al oído—. Ni de la canción, ni de cómo te veo yo cuando crees que nadie te está mirando.
Ella escondió la cara en mi cuello.
—Te lo prometo, Malik —murmuró, pasando sus dedos por mi espalda—. Siento que, por primera vez, no tengo que esconder nada. Solo soy yo.
La besé sin afán, un beso largo para que supiera que estaba conmigo. Por un momento todo parecía estar en calma, aunque por dentro yo sentía que las cosas no estaban del todo estables, como si en cualquier momento el mundo de afuera fuera a meterse entre nosotros dos.
◈ ◈ ◈
El silencio del apartamento, que hace un rato era un refugio, se volvió pesado de repente.
Todavía sentía el calor de Génesis en mi piel cuando el sonido de una llave girando en la puerta principal nos sacudió.
Génesis abrió los ojos asustada; su cara cambió por completo, pasando de estar tranquila a un miedo que no podía esconder.
Se tapó con la sábana a toda prisa, encogiéndose como si quisiera desaparecer en la cama.
—Malik… la puerta —susurró con la voz temblándole del susto.
Antes de que pudiera reaccionar, la puerta del cuarto se abrió de golpe. Ahí estaba Kamil, mi primo. Se quedó apoyado en el marco, mirándonos como si estuviera viendo cualquier cosa sin importancia, con una confianza que me revolvió el estómago.
—¡Vaya, primo! ¿Interrumpo o llegué a tiempo? —soltó con una carcajada ronca. Miró a Génesis, que trataba de esconderse bajo las sábanas temblando de una forma que me encendió la sangre.
—Lárgate, Kamil. Te dije que me prestaras esto hasta la tarde —le grité, poniéndome frente a ella para taparla mientras sentía que el corazón me iba a mil.
Pero él no se movió. Se quedó ahí, recostado, prendiendo un cigarrillo con una calma que sentí como un insulto.
—Relájate, hombre, si somos familia —soltó echando humo—. No estoy viendo nada que no haya visto antes.
En ese momento me dio una rabia amarga. Para Camilo, ella no era la mujer que yo quería proteger; era solo una más de las que pasaban por ese apartamento.
Sus ojos se desviaron hacia ella un segundo, y fue suficiente para que Génesis se pusiera tiesa detrás de mí, agarrando la sábana con todas sus fuerzas.
—Buena compañía —añadió él, mirando hacia el techo—. Aunque se ve muy niña.
Eso fue lo que me hizo perder la paciencia.
—¡Te dije que te largaras de aquí! —repetí, ya sin aguantarme nada. Di un paso hacia él, dispuesto a sacarlo a golpes si era necesario. Kamil me sostuvo la mirada un momento, dándoselas de valiente, hasta que alzó las manos como si se rindiera.
—Está bien, está bien… ya me voy. Tienen unos minutos —dijo, dándose la vuelta con una sonrisa de burla.
Cerró la puerta, pero ya todo se había dañado.
El silencio que quedó en el cuarto ya no era el mismo; ahora todo se sentía sucio.
Génesis se apartó de mí enseguida. Se levantó y empezó a vestirse rápido, tropezando con la ropa, como si se estuviera ahogando en ese lugar.
No dijo ni una palabra. Ni siquiera me miró a los ojos.
—Génesis, escúchame… —traté de tomarle la mano, pero ella me la quitó de un tirón. Ese gesto me dolió más que un puño.
—Me quiero ir, Malik. Por favor, llévame a mi casa ya —dijo con una voz que no tenía ninguna emoción. Ya no era la mujer que se había despertado conmigo; era otra vez la niña asustada que sentía que todo lo que habíamos hecho estaba mal y que la gente la iba a juzgar.
Salimos al pasillo y Kamil estaba en la sala, recostado en el sofá con una cerveza, como si no hubiera pasado nada.
—Vuelvan cuando quieran, nenes. La casa es suya —soltó mientras pasábamos. No pude ni responderle; solo quería sacarla de ahí rápido.
Génesis caminó directo a la salida con la cabeza baja.
El camino hasta la moto se me hizo eterno y, cuando se subió, sentí una distancia enorme entre los dos.
No se pegó a mí; no apoyó la cabeza en mi espalda como siempre hacía.
Se agarró fuerte de los lados, dejando un espacio que me decía todo sin hablar.
Arranqué. El viento nos pegaba fuerte en la cara, pero no me quitaba la rabia que sentía por dentro.
Todo lo que hace un rato estaba bien, ahora se sentía fuera de lugar.
Ella seguía ahí atrás, agarrada de mí, pero percibía que ya no estaba conmigo de verdad.
Y por primera vez, no tenía ni idea de cómo arreglar el desastre que acababa de pasar.