CAPÍTULO 40 #2
Miré hacia donde ella veía. Ahí estaba la sangre, en sus piernas y manchando las sábanas blancas.
Ver ese rojo tan fuerte me dio un golpe en el estómago que no me esperaba.
Lo primero que hice, por puro instinto de muchacho que no quería admitir que estaba asustado, fue tratar de sonar seguro, como si yo supiera exactamente qué estaba pasando.
Solté una sonrisa que me salió a medias.
—Eso significa que ahora eres mi mujer, Génesis… ¿si ves? —murmuré, tratando de calmarla y de calmarme yo—. Que ya estamos juntos de verdad.
Pero ella no se calmó. Se tapó la cara con las manos y se soltó a llorar con una desesperación que me heló la sangre.
—Me lastimaste… —decía entre sollozos—. Siento que me rompí por dentro, Malik… me voy a desangrar, ayúdame.
Me quedé de piedra. Lo que para mí había sido un impulso, para ella era un susto horrible. Verla así me hizo sentir una cosa rara en la espalda, como si me diera cuenta de que ella era mucho más inocente de lo que yo pensaba.
—No, no, mi vida… escúchame —le dije, tratando de que no se me quebrara la voz—. No estás rota. No te va a pasar nada malo. Esto… esto es lo que pasa la primera vez, es normal.
Ella sacudía la cabeza, con las lágrimas corriéndole por las mejillas y manchándole el pecho.
—¿Normal? —repitió llorando—. ¡Mira toda esa sangre! ¡Me duele, Malik!
Le quité el pelo de la cara, pero ya no tenía la seguridad de siempre. No sabía qué hacer con las manos ni qué decirle para que dejara de sufrir así. Me sentí pequeño de repente.
—No… mírame —insistí, acercándome despacio—. Tu cuerpo está cambiando, eso es todo. Yo estoy aquí contigo, no te voy a dejar sola ni un segundo.
Su llanto se fue bajando hasta convertirse en gemidos bajitos.
Se dejó caer contra mi pecho, escondiéndose en mí como si yo fuera el único lugar seguro, aunque yo mismo hubiera causado ese susto.
La miré y sentí una incomodidad en el pecho que no sabía cómo llamar.
Yo la quería conmigo, pero no quería verla así.
El silencio se puso incómodo. Otras veces, después de estar con alguien, yo me sentía triunfador, pero esta vez sentía que me ahogaba. Quería protegerla de todo el mundo, y me dolió pensar que ahora tenía que protegerla hasta de lo que yo mismo hacía.
Ella me miró con los ojos un poco hinchados de tanto llorar.
—Prométeme que me vas a cuidar siempre… —susurró.
Tragué saliva, viéndola tan chiquita y asustada. Le besé la frente con un cariño que no le había tenido a nadie más y le respondí bajito:
—Sí… siempre te voy a cuidar.
Y mientras lo decía, sentí que algo dentro de mí se había quedado pegado a ella. Pensé que esto era solo un momento más, pero no.
No dejé que se siguiera asustando. La levanté con cuidado, como si fuera de cristal, y la llevé al baño. Ella se agarraba de mis hombros con fuerza, como si tuviera miedo de caerse. La senté en la tapa cerrada del inodoro.
—Quédate aquí quietecita —le pedí.
Busqué una toalla, la mojé con agua tibia, la puse de pie y me arrodillé frente a ella. Traté de no mirarla mucho para no ponerla más nerviosa.
—Te voy a ayudar a limpiarte… —dije en voz baja.
Empecé a limpiarla con mucho cuidado, tratando de no lastimarla más.
—Despacio… —susurró ella, poniéndose tiesa.
—Ya sé, mi vida. Ya casi termino —respondí, concentrado en quitar cualquier rastro de sangre.
No dije nada más. Solo quería terminar rápido para que ella se sintiera mejor. Ya no quería sentirme el dueño de nada; solo quería que no le doliera más.
—Ya está… —le dije, mostrándole que ya no sangraba—. ¿Ves? Ya pasó lo peor.
Ella asintió y soltó un suspiro largo. Me tocó la cara con un dedo, rozándome el labio.
—Pensé que iba a ser peor… —murmuró—. Pero ahora me siento más tranquila si estás conmigo.
Esas palabras me dolieron más que el llanto. Me puse de pie, la envolví en una toalla limpia y la cargué de nuevo hasta la cama. Cambié las sábanas rápido, sin querer ver las manchas. Nos acostamos y dejé que se acurrucara contra mí.
—Duerme un poco —le dije, haciéndole mimos en la espalda—. Yo me quedo aquí despierto. No voy a dejar que nada te asuste.
—No te vayas, Malik —me pidió cerrando los ojos.
—Aquí me quedo —le prometí.
Me quedé mirándola en la penumbra. El silencio ya no me molestaba, era como un trato entre los dos. Ella se durmió tranquila, confiando en mí, y yo me quedé mirando el techo con una sensación muy rara dentro de mí.
Cuando vi que estaba bien dormida, me levanté con cuidado para no despertarla. Me puse los pantalones y salí al balcón. El aire de la tarde me pegó en la cara, pero no me quitó la pensadera que traía.
Encendí un cigarrillo. Necesitaba esa calada para ver si me aclaraba la mente. Miré hacia la calle, viendo los carros y a la gente que caminaba como si nada. Pensé en cómo era yo hace apenas unos meses: un tipo al que no le importaba nada, que salía con mujeres y no se quedaba con ninguna.
Pero hoy algo había cambiado. Me acordé de la mancha en la sábana, de sus gritos de miedo y de cómo después me buscó para que la abrazara. No tenía sentido, pero me sentía distinto.
Solté el humo despacio y apagué el cigarrillo contra el cenicero. Me quedé un momento más ahí afuera. Sabía que el Malik que había entrado a ese apartamento ya no era el mismo. Tenía algo atravesado en el pecho que no me dejaba estar tranquilo.
Entré de nuevo al cuarto sin hacer ruido. La vi durmiendo con la cara en paz y me senté en la orilla de la cama a verla.
—En tremendo lío me metiste, pelada —murmuré para mí mismo.
Me acosté a su lado con cuidado, ella se pegó a mí por inercia. Cerré los ojos y, por primera vez, sentí que no quería estar en ningún otro lugar del mundo que no fuera ese.