Mi Ángel nº 1 CAPÍTULO 40
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CAPÍTULO 40

Días después de la discusión con mi padre, la presión se volvió insoportable.

Necesitaba tenerla cerca, sacarla de todo ese lío y de la mirada de su madre.

Le pedí las llaves del apartamento a mi primo Kamil en un barrio apartado; un lugar que olía a encierro y a historias de las que no quería saber nada.

Por allí habían pasado varias mujeres, pero con ella… el aire se sentía distinto.

Ese sábado, la excusa del "seminario de refuerzo" funcionó.

Su madre no puso problemas, seguramente porque yo me encargaba de que estuviera tranquila en su casa.

Me levanté convencido de que sería una tarde de tregua: una película, algo de comer, un respiro antes de volver a pelear con mi papá.

Pero en cuanto abrí la puerta y la vi entrar, mi pulso se aceleró de una forma que me dolió.

—Hola… —me dijo sin mirarme del todo, con esa voz bajita que siempre ponía cuando estaba nerviosa.

—Hola, preciosa. Ven, pasa —respondí, tratando de sonar tranquilo, aunque por dentro estaba ardiendo.

Se movió despacio hacia el sofá, como si tuviera miedo de romper algo.

Llevaba una blusa sencilla y una falda que le quedaba perfecta.

Ese nerviosismo de ella, la forma en que se mordía el labio, me volvía loco.

Me senté a su lado y puse una película en el DVD.

Las imágenes pasaban, pero yo solo podía pensar en el centímetro de distancia que nos separaba.

—Estás temblando, Génesis —le dije, notando cómo sus manos jugueteaban con su falda.

—Es que… nunca habíamos estado así, Malik —susurró, sin levantar la vista—. En un apartamento solos. Lejos de todo. Siento que si mi mamá supiera…

—Pero no lo sabe —la interrumpí, acercándome un poco más—. Y no tiene por qué saberlo. Aquí no existe nadie más, nena. Ni tu casa, ni mi papá, ni el colegio. Solo nosotros dos.

El silencio se puso pesado. Me acerqué despacio, dándole tiempo por si quería alejarse, pero se quedó ahí.

—¿Y de qué tienes miedo? ¿De mí? —le pregunté al oído.

Sus ojos me buscaron con una mezcla de susto y ganas. Aproveché para ver hasta dónde llegaba.

—Si quieres, nos vamos ya mismo —le dije, aunque me moría por quedarme—. Te llevo a tu casa y ya está.

—No… no quiero irme todavía —logró decir, y me apretó la mano con fuerza.

Me salió una sonrisa. No podía evitar sentirme bien al ver que ella me elegía a mí por encima de sus miedos.

—Eso quería oír.

Me acerqué hasta que nuestras respiraciones se mezclaron. El perfume de ella me nubló el juicio.

—Podemos seguir viendo la película… —le susurré, rozando sus labios—, o podemos aceptar que lo único que importa ahora es que estamos aquí. Que este es nuestro lugar.

La atraje hacia mí y sentí cómo finalmente se soltaba. La besé. Al principio fue suave, pero después dejé que todas las ganas que le tenía salieran. Sentí su temblor, pero eso solo me dio más fuerzas para seguir. Sus manos subieron a mi cuello y me apretaron como si se estuviera ahogando.

—Me da miedo… —susurró contra mis labios.

—No tengas miedo, yo estoy aquí —respondí, acariciándole la cara—. Olvídate de las reglas y de todo lo demás. Solo somos tú y yo.

La subí a mis rodillas. Se movió con torpeza, pero cuando nuestros cuerpos chocaron, sentí un corrientazo. La agarré fuerte de la cintura, pegándola a mí para que sintiera que yo estaba igual de desesperado que ella.

—¿Qué me estás haciendo? —preguntó con los ojos empañados.

—Lo mismo que tú me haces a mí —le contesté con la voz ronca—. No lo pienses tanto, Génesis.

Mi boca bajó por su cuello. Le fui desabrochando la blusa con cuidado, besando cada parte que quedaba al descubierto. Cuando sus senos finalmente quedaron expuestos bajo la luz bajita de la sala, sentí que el corazón se me iba a estallar.

—Mírate… eres hermosa —murmuré contra su piel, mientras ella se arqueaba buscando más—. Tan bonita y ya estás ardiendo por mí.

Mis palabras parecieron romper un hechizo.

Al sentir mis manos posesivas sobre su piel desnuda, Génesis abrió los ojos de golpe, como si se hubiera dado cuenta de repente de lo vulnerable que estaba.

Miró sus senos descubiertos, luego me miró a mí, y el pánico le borró el deseo de la cara.

Me apartó y salió corriendo hacia el baño con la cara roja de la vergüenza.

El portazo me dejó frío un segundo. Me pasé la lengua por los labios y fui tras ella.

Me apoyé en la puerta cerrada y escuché que estaba sollozando bajito.

—¿Vas a esconderte ahí toda la tarde? —pregunté con calma—. No tienes que hacer nada que no quieras, Génesis, pero no te mientas. Sabes que quieres estar conmigo.

—Es que… no sé si esto está bien, Malik —confesó con la voz rota desde adentro.

—Solo siente lo que te pasa —le dije pegado a la madera—.

Acuérdate de la noche en la ciénaga, nena.

Esa vez tú no tuviste miedo de que te tocara.

Estabas tomada, sí, y tú sabes bien que no pasó a mayores, pero la pasamos bien y estábamos juntos.

No me salgas con esas ahora, Génesis. Sal de ahí, por favor. No te quedes sola con ese miedo.

Hubo un silencio largo hasta que la puerta se abrió despacio. Ella apareció abrazándose a sí misma, con los ojos llorosos.

—Perdón… me asusté mucho.

—No pidas perdón —la interrumpí, envolviéndola en mis brazos—. Solo déjate querer. Yo te cuido.

Ella hundió la cabeza en mi pecho, todavía nerviosa.

—No quiero parar… pero ve despacio, por favor.

—Despacio —repetí al oído—, pero sin echarnos para atrás.

La llevé al cuarto esta vez. Me quité la ropa rápido, con la urgencia de quien ha esperado mucho tiempo. La senté conmigo y cuando nuestras pieles se tocaron, sentí que el aire se acababa. La tomé de la barbilla para que me mirara.

—Mírame —le pedí con firmeza—. Esto que sientes no lo vas a sentir con nadie más. Es solo nuestro.

Ella asintió y clavó las uñas en mis hombros. Me encantaba ver el caos que le causaba.

—Sabía que volverías del baño —le susurré mordiéndole la oreja—. Me quieres tanto como yo a ti. Y ahora no te voy a soltar.

La pegué más a mí, recorriendo su cintura con mis dedos mientras ella soltaba gemidos que me volvían loco. La tumbé en la cama con cuidado, pero sin soltarla. Me detuve un segundo arriba de ella para mirarla bien; se veía hermosa así de vulnerable.

Bajé dándole besos por todo el abdomen, haciéndola temblar con cada caricia. Le quité la falda despacio, disfrutando de cada segundo. Le besaba los muslos, las caderas, queriendo conocerla entera.

—Te quiero toda para mí —susurré.

Ella abrió las piernas en un temblor y me jaló hacia sí.

Me incliné más, jugando con el borde de su ropa interior hasta que no pudo más y empezó a suplicar con la mirada.

Se la quité y al verla así, desnuda por completo, ya no pude contenerme.

La reclamé con mi boca, dibujando círculos con mi lengua que la hicieron arquearse contra el colchón.

Sus dedos se enredaron en mi pelo y sus quejidos me llenaron de orgullo. Estaba perdida conmigo.

—Eso es… —murmuré—. Siéntelo todo.

Me quité el bóxer y me acomodé sobre ella. Le agarré la cara para que no dejara de mirarme.

—No tengas miedo —le dije bajito—. Te voy a cuidar, incluso ahora que voy a ser tuyo de verdad.

No entré de una vez. Me gustaba el roce, sentirla húmeda contra mí, escuchándola desesperarse.

—¿Lo sientes? —pregunté, moviéndome lento sobre ella.

—Sí… —logró decir.

—Dímelo bien. ¿Qué sientes?

—Te siento a ti… Malik, por favor —balbuceó temblando.

Seguí así, frotándome una y otra vez, viendo cómo se retorcía. Quería que estuviera tan desesperada como yo.

—Dime que me quieres —le pedí con voz ronca—. Dime que quieres que sea tuyo ya.

—Sí… lo quiero, Malik… me estoy muriendo por ti —confesó entregada.

—Entonces esto es tuyo —susurré.

Y entré de golpe. Ella soltó un grito que se ahogó en mi boca y me apretó con las piernas como si tuviera miedo de caerse.

—¡Ah… Malik! —gimió, respirando cortado.

—Así… así te quería sentir —jadeé sin dejar de mirarla—. Abrázame fuerte.

Tenía los ojos llenos de lágrimas, pero no de dolor, sino de la intensidad de lo que estaba pasando.

Empecé a moverme, sintiendo que por fin éramos uno solo.

—¿Quieres que pare? —le pregunté bromeando, aunque sabía la respuesta.

—¡No! Más… por favor, más —rogó ella, hundiendo las uñas en mi espalda.

—Entonces aguanta, muñeca, porque ahora no voy a parar. Eres mi mujer y me vas a sentir hasta que te olvides de todo lo demás.

La llevé al límite. Ella respondía a cada movimiento mío con una fuerza que no le conocía. Hasta que al final, la sentí vibrar entera bajo mi cuerpo.

—¡Malik, ya casi…! —gritó apretándose contra mí.

—¡Vente conmigo! —le pedí, dándole el último impulso hasta que ambos caímos al vacío.

Me quedé encima de ella, respirando como si hubiera corrido un maratón. El silencio del cuarto era total, solo se oían nuestros corazones.

—Eres mía… ¿ya lo sabes? —susurré agitado, sintiéndola todavía temblar bajo mis brazos.

No me aparté. La envolví para que no sintiera frío y le besé el hombro húmedo de sudor.

—Ya pasó… tranquila —le dije acariciándole el pelo—. Te dije que no te soltaría. Y aquí estoy.

Ella todavía me apretaba con suavidad.

—Eres mía —le repetí al oído—. Y yo soy tuyo, Génesis. Para siempre.

◈ ◈ ◈

El ambiente en el cuarto había cambiado por completo.

Ya no había rastro de las ganas de antes; ahora todo se sentía pesado.

Después de un rato de estar en silencio, me moví un poco y la luz que entraba por la ventana dejó ver todo.

Fue entonces cuando ella bajó la mirada.

Su cara cambió en un segundo; se sentó de golpe, con los ojos muy abiertos y temblando de pies a cabeza.

—¿Qué es esto? —preguntó con un hilo de voz que casi no se oía.