CAPÍTULO 39
La fecha no era negociable: Génesis cumplía quince años. Para cualquiera, era una celebración más, pero para ella significaba salir de su burbuja. Sabía que no podíamos hacer una fiesta de gala, pero no iba a dejar pasar el día sin que se sintiera como la reina que era.
Reservé la terraza privada de un restaurante en la zona alta, de esos donde la vista de la ciudad brilla como si fuera un mapa de oportunidades.
Le pedí a mi amigo Nicolas y a su novia que vinieran; necesitaba que hubiera gente, que todo se sintiera normal, que no pareciera que ella estaba ahí solo por mí.
Cuando Génesis entró al restaurante, se detuvo en seco. Llevaba un vestido sencillo, oscuro, que le quedaba pintado, y cuando me vio —y vio la mesa decorada discretamente, con las luces de fondo—, sus ojos se le iluminaron de una forma que ninguna otra cosa en el mundo me había hecho sentir jamás.
—¿Malik? —susurró, sorprendida, mientras se acercaba a la mesa.
—Felices quince, mi amor —le dije, mientras le corría la silla.
Pedimos de todo. Brindamos con copas que quizás no deberíamos haber pedido a nuestra edad, pero el mesero ya me conocía y, con una propina generosa, la vista gorda estaba asegurada.
Nico y su novia no dejaban de bromear, y por un par de horas, me olvidé de que cada plato que pedíamos, cada brindis y cada pequeña atención que le compraba estaba saliendo como siempre de la caja de las bodegas.
La vi reírse de verdad, libre, sin el peso de su madre encima.
En ese momento, mientras la luz de las velas reflejaba su rostro, sentí que valía la pena cualquier riesgo.
No me importaba si el presupuesto se estiraba hasta romperse.
Le regalé una cadena de plata fina, algo discreto para que su mamá no hiciera dueña de ella, pero que ella pudiera sentir en su cuello cada vez que estuviera encerrada en su casa.
—Esto es el mejor regalo que me han dado nunca —me dijo al oído cuando nos alejamos un momento del ruido de la mesa.
La besé ahí mismo, entre los murmullos de otros comensales y el sonido de las copas. Me sentí invencible. Fue la última noche que me sentí así, antes de que el mundo real, me golpeara en la cara.
Después de esa fiesta, todo se volvió una espiral de excesos que se sentía como si fuera a durar para siempre.
Me acostumbré a verla vestida con lo que yo compraba, a llevarla a los sitios donde todos me miraban con envidia, a ser el tipo que siempre paga y nunca pregunta el precio.
Me sentí el dueño del puerto, un heredero que no tenía que dar explicaciones porque mi nombre abría cualquier puerta.
Pero los meses pasaron volando, nublados por el alcohol, el ruido de las discotecas y esa falsa seguridad de que mi padre estaba demasiado ocupado con sus negocios como para notar lo que pasaba en sus propias bodegas.
Sin embargo, la realidad tiene una forma muy hija de puta de despertarte.
El aire en la casona de mi padre se sentía distinto…
más frío cada vez que cruzaba el vestíbulo.
El dinero en efectivo que sacaba a manos llenas de la caja para pagarle la mensualidad a la mamá de Génesis y los lujos que nos dábamos —sumado al despliegue de esos quince años—, habían empezado a dejar un hueco que mi padre, con su olfato para los números, no ignoraba.
Mi ignorancia de pensar que la plata que sacaba no se notaría en los libros contables me estaba pasando factura.
Caminaba por los pasillos sintiendo que los retratos de mis antepasados me vigilaban.
Ya no era solo el cansancio de las madrugadas; era la presión de sentirme vigilado en mi propia casa.
Mi padre no era un hombre de preguntas, sino de emboscadas.
Lo encontré en su despacho, rodeado de los balances de la distribuidora y el humo denso de su tabaco.
—Te estás perdiendo en las noches, Malik —soltó sin levantar la vista—. El apellido no se mantiene solo con paseos en moto y cuentas de discoteca. He revisado los movimientos de las bodegas de estos meses y hay descuadres que no me cuadran. Estás gastando plata como si no hubiera un mañana.
—Es lo que me gano por estar metido allá, papá —respondí, tratando de que no se me notara el nerviosismo—. Tengo derecho a salir. No estoy haciendo nada que otros hijos de tus amigos no hagan.
—¡No me hables de "otros"! —rugió, cerrando el libro de contabilidad de golpe.
Se levantó y caminó hacia mí, acercándose con esa autoridad que siempre me hacía sentir como un niño—.
Otros no le meten la mano a la caja ni descuidan los negocios de la familia por una distracción.
Un hombre de tu posición no se deja arrastrar por caprichos.
Espero que lo que sea que te tenga tan ocupado valga el riesgo, porque puedo quitarte el control de las bodegas y cerrarte el grifo por completo.
¿Me oyes? Ni un peso más en tus manos si no veo que te tomas en serio el negocio.
Esa amenaza me cayó como un bloque de cemento.
Si él me cortaba el acceso al efectivo, se acababa la tranquilidad.
Sin ese apoyo mensual que le daba a la mamá de Génesis, la señora volvería a ponerse pesada, a encerrarla y a prohibirle todo.
Todo lo que habíamos construido se iba a venir abajo por la tacañería de mi viejo.