Mi Ángel nº 1 CAPÍTULO 38
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CAPÍTULO 38

Al día siguiente, su silencio me cayó como un balde de agua fría.

Normalmente, mi celular vibraba a cada rato con sus mensajes, de esos que me daban nota porque se notaba que le daba pena escribirme, pero esta mañana el silencio era diferente.

Se sentía pesado, como si después de lo que había pasado en la madrugada en la ciénaga, a Génesis se la hubiera tragado la tierra.

Esa maldita falta de respuestas me estaba volviendo loco.

Yo no estoy acostumbrado a que me ignoren, y no saber qué carajos estaba pensando me sacaba la piedra.

¿Se estaba arrepintiendo de lo que hicimos?

¿Le habría dado pánico la forma en que nos dejamos llevar?

¿O simplemente le daba demasiada pena hablarme después de lo que la había hecho sentir?

La duda de saber si se estaba asustando de mí o si se iba a alejar para volver a ser la niña santa de antes me tenía con la cabeza hecha un nudo.

Finalmente, ya casi al caer la noche, después de estar mirando el celular y caminando de un lado a otro en las bodegas, la llamé. Contestó, pero hablaba bajito, como si estuviera escondida.

—Hola… —dijo apenas, con una voz que casi ni se le escuchaba.

—Hola, preciosa. ¿Todo bien? Te siento rara.

Se quedó callada un momento, y escuché su respiración entrecortada al otro lado de la línea.

—Anoche fue… muy fuerte, Malik —soltó al fin, y noté la vergüenza en su tono—. No he podido ni mirarme al espejo. Mi mamá me quedó viendo raro apenas llegué, y pasé toda la mañana con el corazón en la boca. Tengo mucho miedo, Malik… me da pánico que me descubra en los ojos lo que hicimos.

Me recosté contra la pared y solté un suspiro, sintiendo cómo el alma me volvía al cuerpo.

No me estaba rechazando ni se estaba arrepintiendo de haberme dejado tocarla; el problema era esa culpa asfixiante que se la estaba comiendo viva.

Ella nunca había conocido su propio cuerpo así, y para ella, ese estallido de placer se sentía como un pecado capital que llevaba escrito en la frente.

—Eso no va a pasar, nena —le dije, tratando de que mi voz sonara firme, aunque mis propias manos todavía temblaban al recordar la suavidad de su piel y cómo se arqueó bajo mis caricias—.

Solo tenemos que ser más listos. Lo que pasó anoche fue de los dos.

No es un pecado quererse, Génesis. Ni tampoco es un crimen descubrir que tu cuerpo reacciona a mí.

—Es que fue demasiado… —susurró ella, con la voz quebrada por la confusión—. Nunca pensé que pudiera sentir algo así. Es como si hubiera dejado de ser la misma de ayer.

—Y no lo eres —le respondí, con un tono más bajo, cargado de una posesividad que no pude esconder—. Ahora eres un poco más mía. Y te aseguro que, en cuanto me vuelvas a tener cerca, se te va a olvidar el miedo y vas a querer que te vuelva a hacer exactamente lo mismo.

Se quedó callada, y aunque no me respondió con palabras, escuché su respiración agitarse al otro lado del auricular. Ese silencio me confirmó que, por mucha culpa que sintiera, la huella que dejé en ella era imposible de borrar.

—Duerme, preciosa —le dije, suavizando el tono—. Y no pienses en nada más que en mí. Mañana todo será igual, pero tú y yo sabremos que tenemos un secreto que nos quema a los dos.

No dijo nada más, pero sentí su suspiro de alivio a través del parlante antes de colgar.

Me llevé la mano a la nariz, intentando recuperar el rastro de su perfume, y luego la cerré en un puño, como si todavía pudiera sentir la suavidad de sus senos y la forma en que se arqueó cuando le hice sentir eso por primera vez.

Esa noche ya no era solo una historia de amor adolescente; se había convertido en un secreto que nos unía por debajo de la piel.

Los días que siguieron fueron más relajados. Hablábamos de cualquier bobada: el colegio, las tareas, lo de siempre. Pero yo sentía que algo se había movido entre los dos. El viernes por la tarde me llegó un mensaje:

“Hoy no sé si pueda salir…”

Lo leí como tres veces antes de contestar. No quería que pensara que estaba desesperado.

“Todo bien. Solo quería verte un rato. Si no puedes, pues otro día será”.

Se demoró en responder, pero al final me dijo que sí.

Esa noche la recogí. No habló mucho en el camino, pero ya no se veía asustada.

La vi… diferente, como con ganas de ver qué pasaba.

Cuando llegamos a la discoteca, todo estaba igual: el ruido, las luces, la gente apretada y yo soltándole el billete al portero para que nos dejara pasar de una.

Pero la Génesis que entró esa noche ya no era la misma peladita asustada del sábado pasado.

Caminaba distinto, miraba para todos lados como queriendo entender cómo funcionaba ese mundo.

Nos fuimos para una esquina más tranquila y pedimos algo. La vi más suelta, bailaba mejor, aunque todavía le daba un poco de pena. Ya no estaba tan rígida; parecía que después de lo de la ciénaga, se sentía más cómoda conmigo, como si ya supiera que somos el uno para el otro.

—¿No te da miedo? —le pregunté al oído por la música—. No el sitio, sino nosotros. Lo que estamos armando.

Ella se mordió el labio, ese gesto que hace cuando ya sabe que me va a dar la razón en todo.

—Un poquito, sí. Pero contigo… no sé, se siente diferente. Siento que no me va a pasar nada malo si tú estás ahí.

No supe ni qué decirle. Me quedé mirándola y solo asentí.

—Igual… a veces pienso que lo que hago no está bien —dijo bajando la mirada—. Como si me estuviera volviendo otra persona.

—Nena, no todo tiene que ser perfecto siempre —le solté—. Está bien querer hacer algo diferente de vez en cuando.

Se quedó callada, jugando con los dedos.

—Solo no quiero perderme —murmuró.

—Conmigo no te vas a perder —le respondí, aunque en ese momento ni yo mismo sabía para dónde íbamos.

Cuando la dejé cerca de su casa, se bajó de la moto y me miró con una mezcla de cariño y algo más que no supe descifrar.

—Gracias, Malik. Me sentí… distinta. Como si pudiera ser otra yo.

—Esa también eres tú, preciosa. Y así va a ser siempre que estés conmigo.

Se fue caminando hacia su casa y yo me quedé ahí un rato viéndola antes de arrancar. No sabía muy bien en qué lío nos estábamos metiendo… pero ya no había vuelta atrás. Y eso era lo que más me gustaba.