CAPÍTULO 37
El taxi avanzaba por las calles solas de Puerto Magara, moviéndose como un fantasma en la oscuridad.
Dentro, el silencio se sentía pesado. Génesis estaba encogida contra la puerta, con el vestido manchado de cerveza por lo que pasó en La Suite y los ojos fijos en la ventana.
La rabia que yo sentía por lo de Esteban se estaba convirtiendo en otra cosa: una necesidad desesperada de tenerla, unas ganas enfermas de estar con ella que ya no me podía aguantar.
—Pare ahí, en el camino de la ciénaga —le ordené al conductor con los dientes apretados.
Ella me miró con duda, pero no me dijo nada. Cuando el carro se detuvo donde se acaba el pavimento y empieza el monte, le pagué al señor y dejé que se fuera. El vacío nos rodeó de una vez.
Génesis se bajó despacio, abrazándose a sí misma por el frío de la madrugada. Miraba para todos lados como quien sabe que está haciendo algo prohibido.
—No deberíamos estar aquí, Malik —soltó, y su voz sonó chiquita frente al agua oscura.
Caminamos unos metros y me acerqué a ella sin afán, hasta que quedamos frente a frente. Le tomé la barbilla para que me mirara. Su respiración estaba agitada y pegaba contra mi pecho.
—Mírame —le pedí suavemente—. ¿De verdad quieres que te deje en tu casa y hagamos como si hoy no pasó nada?
—Yo… —tragó saliva con los ojos aguados—. No sé. Tengo miedo.
—No tengas miedo —le dije, pasándole el pulgar por la mejilla—. Si estás aquí conmigo es porque tú también lo sientes. Esto que nos pasa nos está quemando a los dos.
Y la besé. Fue un beso lento, queriendo borrarle el mal rato que Esteban le hizo pasar. Se puso tiesa un segundo, pero después se soltó y me agarró del cuello con unas ganas que me sorprendieron.
—Malik… esto no está bien —murmuró contra mi boca, buscando aire—. No deberíamos…
—Lo que no está bien es seguir aguantándonos —le respondí, pasando mi mano por su espalda y sintiendo el calor de su piel—. Te quiero conmigo, Génesis. Sin escondernos de nadie, sin pensar en el colegio ni en tu mamá. Solo tú y yo.
Ella apoyó la frente contra mi pecho, ocultando el rostro mientras sollozaba en silencio.
—Me da miedo lo que pase mañana… cuando amanezca y todo vuelva a ser igual.
—No pienses en mañana —le susurré al oído, abrazándola fuerte—. Solo siente lo que está pasando ahora. Olvídate del resto del mundo.
La cargué hasta una vieja troja de madera, un sitio donde solo se oía el agua de la ciénaga. La luz de la luna la hacía ver hermosa, casi como un sueño. Sus manos todavía temblaban por lo de la discoteca, pero me apretaba los hombros como si yo fuera lo único que la mantenía en pie.
No nos hicieron falta las palabras. Las ganas que nos teníamos desde hace meses estallaron ahí mismo.
Empecé a besarla con desespero, bajando por su cuello mientras mis manos deslizaban las mangas de su vestido hasta que la tela cayó, dejando ver los matices canela de su piel bajo la penumbra de la noche.
—Malik… por favor… —gimió ella, con la voz quebrada.
—¿Qué quieres, Génesis? Dímelo —le susurré contra la piel de su pecho—. Dime que quieres estar conmigo.
—¡Te necesito! —exclamó ella, aferrándose a mi camisa con desesperación—. No puedo más… me matas con esto…
Mis labios recorrieron su cuello, bajando por su pecho, deteniéndose en la imponente y firme silueta de sus senos.
Ella soltó un jadeo ahogado, un sonido que me encendió la sangre.
Con una devoción total, besé y succioné la punta de sus pezones, sintiendo cómo se endurecían bajo mi lengua, cómo su respiración se convertía en un susurro entrecortado que invocaba mi nombre.
Génesis, que siempre era tan tímida, empezó a buscarme con una urgencia que me dejó frío, queriendo perderse conmigo en esa noche.
La recorrí entera, trazando cada curva de su abdomen.
Cuando mis dedos encontraron la suavidad y la humedad de su intimidad dentro la tela fina, ella dio un salto bajo mi tacto, soltando un jadeo agudo.
Ella me buscaba, se movía contra mis dedos con una urgencia que no le conocía, mientras mi otra mano se deslizaba hacia el cierre de mi pantalón.
Liberé mi miembro, sintiendo el aire frío de la madrugada contrastar con el calor febril que expulsaba de ambos.
Mientras mi mano derecha la estimulaba con un ritmo que la hacía arquearse y clavar las uñas en mis hombros, mi mano izquierda buscaba mi propia liberación.
La besaba con una voracidad que buscaba callar sus gemidos, succionando su labio inferior mientras ella se perdía por completo en el vaivén de mis dedos.
—¡Malik, no… ahhh! —su voz se quebró en un sollozo de placer que me hizo enloquecer.
—Mírame… no cierres los ojos —le pedí, sintiendo que ya no podía más.
Ella me miró, con los ojos nublados por las ganas, y en ese momento el placer la desbordó. Sus caderas se sacudieron y me apretó tan fuerte que me terminó de quebrar a mí también. Me vine sobre ella, en una descarga violenta que cayó sobre su vientre y sobre la madera vieja de la troja.
Nos quedamos ahí quietos, respirando agitados, mezclados con el olor de la noche y el sudor. Ella estaba desarmada, mirándome con los labios hinchados de tanto besarla. La envolví en mis brazos, sintiendo que nuestros corazones latían igual de rápido.
—Ya nada va a ser igual después de esto, ¿sabes? —le dije bajito, mientras ella se escondía en mi pecho.
Ella no dijo nada, pero me apretó con una fuerza que me lo dijo todo. Habíamos dejado atrás la inocencia, y al mirarla, supe que desde ese momento ninguno de los dos iba a saber cómo vivir lejos del otro.