Mi Ángel nº 1 CAPÍTULO 36
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CAPÍTULO 36

Era un martes cualquiera, uno de esos días de calor desesperante que te ponen de mal genio. Yo ya tenía la moto lista para pasar por ella, pero el mensaje no llegaba. Ese silencio de su parte me puso a dar vueltas como un loco. Cuando por fin me llamó, contesté de una.

—¿Qué pasó, preciosa? —le pregunté. La voz le salió súper bajita, como si tuviera un nudo en la garganta.

—Me pillaron, Malik… —me dijo, y yo sentí que me hervía la sangre—. Unas compañeras del salón le contaron a la directora. Dijeron que me estaba escapando con un tipo mayor en una moto.

—¿Y a esas qué les importa? ¿Qué te dijo la señora esa? —Traté de no sonar tan bravo para no asustarla más, pero me daban ganas de ir al colegio y armar un problema.

—Dijo que si volvía a faltar me entregaba la citación para mi mamá de una vez. Que mis notas van para el piso y que tú no me convienes para nada. Malik, tengo mucho miedo. Si esa boleta llega a mi casa, mi mamá me mata.

Se quedó callada y yo también. Ella no sabía que yo le pasaba plata a la mamá para que no la molestara, pero un lío con el colegio era otra cosa. No quería que la jodieran por mi culpa.

—Bueno, ya, cálmate —le dije—. No vamos a faltar más por ahora. No voy a dejar que un chisme de pasillo te hunda.

Pasaron como dos meses y nos tocó portarnos bien.

Pero por esos días la cosa cambió por completo.

Mi papá me sacó del almacén de ropa de mi tío y me metió de cabeza a las bodegas principales, dizque para que supervisara el movimiento y llevara los libros contables.

La idea de mi padre era que yo estuviera ahí metido aprendiendo cómo se movía el mundo de los negocios reales, el negocio de la familia, para que fuera aprendiendo a defenderme solo.

Tremendo visaje. Tener acceso directo a la caja y ver ese montón de efectivo que entraba a diario por las ventas me cambió la vida.

Como mi papá no me controlaba cada peso ni me ponía problema por agarrar plata para mis gastos, pues empecé a sacar lo que me daba la gana sin cohibirme de nada.

Al fin y al cabo, era el negocio de la familia, yo me estaba matando, trabajando ahí y sentía que me lo merecía.

Sin nada de experiencia y con la cabeza llena de cucarachas, empecé a embolsarme fajo tras fajo, pensando en mi ignorancia que esa plata nunca se iba a notar en los libros.

Con los bolsillos llenos, los helados y el parque me empezaron a aburrir; ya no me los aguantaba más.

Yo quería rumba. Quería que ella viera lo que era salir de verdad, con la música a todo volumen y tragos, no estar siempre sentados en una banca pública como un par de carajitos.

Se me metió en la cabeza que la quería llevar a bailar.

Pero obvio, no podía llevarla con el uniforme ni con la ropa sencilla que ella usaba siempre.

Yo quería que se viera increíble, que cuando entráramos al sitio todos se quedaran mirándola y supieran que estaba conmigo.

Así que empecé a comprarle cosas. No lo pensaba mucho; si veía algo fino en una vitrina, lo compraba de una. Le di unas blusas de seda, unos jeans que le quedaban perfectos y tacones. Ella los miraba como si fueran algo del otro mundo.

—Malik, esto es demasiado —me decía ella, tocando la tela con miedo de dañarla—. Mi mamá me va a preguntar de dónde saqué todo esto.

—Tu mamá no va a decir nada, confía en mí —respondía yo con una sonrisa cómplice, sabiendo que nunca se oponía con los paquetes que llegaban a la casa.

Claro, había un problema: ella era menor de edad. Pero en Puerto Magara, en los sitios donde yo entro, la ley es otra. Un billete de los grandes y un saludo serio al vigilante eran suficientes para que nadie hiciera preguntas.

Me la imaginaba ahí conmigo: yo entrando al mejor sitio con ella del brazo, el reggaetón retumbando y ella viéndose impecable. Quería que probara el sabor de la noche, de la clase y, sobre todo, del riesgo que es estar conmigo.

No estaba planeando nada malo, solo quería que nos divirtiéramos como gente grande. No me puse a pensar si estaba bien o mal; yo solo quería que esa noche fuera de nosotros dos. Estaba antojado de llevarla y no iba a parar hasta que me dijera que sí.

◈ ◈ ◈

Era un viernes de principio de abril cuando por fin decidí que ya estaba bueno de tanta heladería y tanto parque.

Quería algo distinto para nosotros: el vestido, la música a todo volumen, una noche de verdad.

Solo me faltaba que ella aceptara, porque sabía que todavía le daba un poco de miedo salir de su rutina.

La llamé esa tarde y de fondo escuché el silencio de su cuarto.

—Muñeca… ¿qué haces?

—Estudiando —respondió con ese tono serio que ponía cuando quería convencerse de que tenía que ser la niña juiciosa—. Tengo dos exámenes la próxima semana.

—Bah, eso puede esperar —le dije riéndome, mientras jugaba con el encendedor—. Vamos a salir esta noche. Y no hablo de dar vueltas en la moto. Hablo de un sitio de verdad, donde haya ambiente. Música, luces, tragos... quiero que vayamos a bailar.

—¿A una discoteca? —su voz sonó asustada—. Malik, tú estás loco. Sabes que yo no tengo edad para entrar ahí.

—¿Y desde cuándo eso ha sido un problema para mí? —le respondí tranquilo—. Nadie te va a molestar. Solo ponte bien hermosa y déjate llevar. No vamos a hacer nada malo; solo quiero bailar contigo y que todo el mundo vea lo bien que nos vemos juntos. Quiero que estés conmigo como mi mujer.

—¿Tu mujer? —repitió ella, y sentí que esa palabra la dejó pensando más que cualquier libro de matemáticas.

◈ ◈ ◈

Todo salió como lo quería. Para su mamá, la excusa fue un "trabajo en grupo" que iba para largo; le di una plata extra ese mes para que estuviera tranquila y no hiciera preguntas. Para Génesis, fue el momento de lanzarse a la aventura conmigo.

Cuando la pasé a buscar en un taxi en casa de una amiga mía que la estaba ayudando a arreglar—no quería que el viento de la moto le dañara el peinado—, casi no la reconozco.

Llevaba el vestido de seda negro que le regalé.

Le quedaba increíble, resaltando sus curvas de una forma que me dejó sin respiración; era de manga larga, pero con toda la espalda descubierta.

Con los tacones, caminaba de una forma que me volvía loco.

Ya no parecía la muchachita del colegio.

—Malik… me da mucha pena —susurró al subirse, tratando de bajarse la falda con timidez—. Siento que todo el mundo me está mirando.

—Que miren todo lo que quieran —le dije tomándole la mano, que estaba helada—. Que se den cuenta de que la mujer más linda de esta ciudad está conmigo.

Llegamos a La Suite, el sitio más exclusivo de Puerto Magara.

Había una fila larga bajo el calor, pero yo ni me detuve.

Caminé directo al portero. El tipo, que tenía cara de pocos amigos, se relajó apenas me vio.

Un saludo con un billete de veinte mil en la mano y nos dejaron pasar sin preguntar nada.

—Bienvenido, joven Malik —dijo el hombre, sin fijarse en que ella era menor.

Al entrar, el aire acondicionado nos pegó de golpe, mezclado con olor a perfume y el bajo de un reggaetón pesado que hacía vibrar hasta el piso. Las luces neón azules y moradas hacían que todo se viera distinto, como si estuviéramos en otro mundo.

Génesis se agarró de mi brazo, impresionada por el ruido y la gente bailando. La llevé directo al VIP, que era un balcón desde donde se veía toda la pista.

—Pide lo que quieras —le grité al oído por encima de la música.

Pedí una botella de whisky y unos cocteles dulces para ella. Quería que se relajara, que se olvidara por un rato de ser la "estudiante perfecta". Después de un par de tragos, los ojos le empezaron a brillar. Sonaba Daddy Yankee y Don Omar, y yo ya no aguantaba las ganas de tenerla cerca.

—Ven —la tomé de la mano y la llevé a un rincón del VIP donde estaba más oscuro.

—Malik, aquí hay mucha gente viendo… —intentó decir, pero ya no sonaba tan convencida.

—Tranquila… no pasa nada —le respondí.

Me pegué a ella por detrás, rodeándole la cintura. Sentir la seda del vestido y el calor de su cuerpo fue como un corrientazo. Empezamos a bailar lento, sin importar el ritmo rápido de abajo. Le di un beso en el cuello y sentí cómo soltaba un suspiro, dejándose llevar por fin.

La apreté más contra mí. Quería que sintiera que en ese momento no importaba el colegio, ni su mamá, ni nada de lo que pasaba afuera. Aquí, bajo las luces, ella estaba conmigo y eso era lo único real.

—Te extrañé demasiado, Génesis —le susurré al oído mientras la giraba para que me viera.

Tenía la mirada nublada por el trago y las ganas. Esta vez no hubo pena. Me rodeó el cuello con los brazos y me dio un beso con una urgencia que me demostró que ella también se estaba muriendo por estar así conmigo.

En medio de todo ese ruido y las luces, sentí que por fin estábamos donde queríamos.

Ella estaba probando lo que era mi vida, la diversión y el riesgo.

Sabía que después de una noche así, volver al uniforme de colegio le iba a costar mucho trabajo, porque ya nada iba a volver a ser igual para nosotros.

◈ ◈ ◈

El ambiente en el VIP olía a trago y a gente que se sentía dueña del mundo.

Al rato, llegaron mis amigos, de esos que siempre andan creyéndose los más importantes, y se acomodaron con nosotros.

Esteban, que siempre ha sido un cínico, no dejaba de mirar a Génesis con esa sonrisita que me cae mal, pero no le paré bolas porque pensé que estando yo ahí, nadie se atrevería a pasarse de la raya.

Yo estaba metido en una plática con otro del grupo sobre unas fincas, riendo y tomando, sin darme cuenta de lo que pasaba al lado mío.

No vi cuando Esteban aprovechó que yo estaba distraído para acercarse a ella, rodearla con el brazo y mostrarle un polvito blanco en un papel.

Estaba tan metido en mis cuentos, orgulloso de estar con ella, que no me fijé en el momento.

De pronto, Génesis se levantó de un salto, tan brusco que tiró el trago sobre la mesa. La silla chilló contra el piso y ese sonido fue el que me hizo reaccionar.

Vi a Esteban sentado ahí, con una cara de burla y escondiendo rápido algo en la mano cuando me vio mirar. Pero Génesis no estaba pendiente de lo que él escondía. Estaba temblando, con la cara desencajada, y caminó hacia mí casi sin aire.

Me alejé de los demás y la agarré del brazo para sacarla de ese ruido, poniéndonos detrás de una columna de luces.

—¿Qué te pasa? ¿Te sentó mal el trago? —le pregunté, tratando de que no se cayera.

—Vámonos, Malik… por favor, vámonos ya —me dijo con una voz que casi no se oía, pero que sonaba a puro asco—. Tu amigo Esteban… me tocó. Me ofreció droga. Me dijo que si no aceptaba era una boba que no aguantaba el voltaje…

En ese instante el mundo se me paró. Dejé de oír la música.

El whisky que me estaba tomando se me volvió puro ácido en el estómago.

Yo había estado sentado ahí mismo, a un metro, y este tipo se había atrevido a ensuciar a la única persona que de verdad me importaba.

Me sentí un imbécil por confiar en que estos tipos sabían lo que es el respeto.

—¿Qué te hizo exactamente? —le pregunté, hablando tan bajito que hasta a ella le dio miedo mi tono.

No me respondió; se puso a llorar con una pena que me partió el alma.

No me lo pensé ni un segundo. Solté su mano y caminé directo a la mesa. Esteban todavía se estaba riendo con los otros, sin imaginarse que yo ya sabía todo. Llegué y, sin decirle ni media palabra, le metí un puñetazo en toda la cara que lo mandó a estrellarse contra la pared del reservado.

El golpe y el sonido de una botella rompiéndose hicieron que la gente alrededor se quedara callada. —¡¿Pero ¡¿qué te pasa, Malik?! ¡¿Estás loco?! —gritó uno de los muchachos, parándose de un brinco sin entender nada, mientras los otros intentaban meterse en el medio para frenarme.

Los de seguridad se empezaron a acercar, pero yo ya estaba encima de Esteban, agarrándolo por la camisa y descargando toda la rabia de sentirme un tonto por haberlo traído cerca de ella.

Esteban, con la boca ensangrentada y el piso moviéndosele, alcanzó a balbucear asustado: —¡Suéltame...

marica, estás loco, solo estábamos molestando!

—¡¿Con qué derecho te atreviste a tocarla y a ofrecerle porquerías?

! —le gruñí, tan cerca que veía cómo le temblaban los ojos del susto—.

Como la vuelvas a mirar o te le vuelvas a acercar, o si abres la boca para contar esto, te juro que ni toda la plata de tu papá te va a salvar de lo que te voy a hacer.

Media discoteca nos estaba mirando. Me puse de pie, me acomodé la camisa y fui por Génesis, que estaba en shock al borde de la pista. La agarré de la mano, esta vez con fuerza para que sintiera que yo la sacaba de ahí, y nos fuimos bajo la mirada de todo el mundo.

Afuera, el calor de Puerto Magara me pegó en la cara, pero yo seguía hirviendo por dentro. Tenía una rabia que no se me quitaba con nada. Y lo peor era que yo mismo la había llevado a ese lugar.

—Vámonos —le dije, subiéndola a un taxi—. Se acabó la noche.

Ella no dijo nada en todo el camino. Seguía temblando, y mientras la miraba, me di cuenta de que mi idea de mostrarle una noche divertida se había vuelto un desastre. Yo quería que viera cosas bacanas, y lo único que le enseñé fue que mi mundo está lleno de gente que no valen un carajo.