CAPÍTULO 35
La tregua con la mamá de Génesis iba de maravilla. En su casa el ambiente estaba calmado y ella, en su inocencia, pensaba que era un milagro o que la mamá se había cansado de pelear. Pero con esa paz, me empezaron a dar ganas de tenerla más tiempo para mí solo.
A mediados de febrero, le regalé una pulserita de plata con una llavecita de dije. Se la puse en la muñeca una tarde después de clases, y sentí cómo se le aceleraba el pulso cuando la toqué.
—¿Y esta llave qué abre? —preguntó ella con una sonrisa tímida, dándole vueltas al dije sobre su piel.
—Ya lo vas a saber… —le respondí, haciéndome el misterioso.
En mi mente, el plan ya estaba trazado: le había mandado a hacer un cofre de madera fina, resistente, donde pudiera guardar bajo llave el diario que le había regalado semanas atrás.
Quería que lo que escribiéramos estuviera a salvo de las garras y los ojos de su mamá, y que solo ella tuviera el poder de abrir nuestro mundo secreto.
Pero el colegio se volvió un estorbo. Verla era un lío de horarios.
Sus tardes se las pasaba entre libros y exámenes, y yo no aguantaba tener que compartirla con sus tareas.
Me desesperaba no tenerla al frente; ya no me alcanzaba con las canciones del iPod ni con hablar por teléfono. Quería verla reír en vivo.
Empecé a mandarle mensajes que eran más un mandato que un favor:
“Escápate hoy. Solo unas horas. Vamos a algún lado donde estemos solos, lejos de todo”
Ella se demoraba en responder. Yo sabía que estaba peleando con su conciencia.
“No puedo, Malik. De verdad. El examen de hoy es importante. Si falto y mi mamá se entera, se me acaba la tranquilidad que he tenido estos días”
Yo sonreí frente a la pantalla. Sabía que su mamá no iba a decir nada mientras mantuviera en píe el acuerdo, pero ella no lo sabía. Y no pensaba decírselo; prefería convencerla a mi manera.
—Una tarde, Génesis —le dije por teléfono, bajando la voz para sonar más convincente—. Un examen no va a decir quién eres tú, eso no es tan grave. ¿Qué vale más? ¿Un pedazo de papel o nosotros?
La primera vez que me hizo caso, la adrenalina nos supo a gloria. La esperé a una cuadra del colegio con la moto encendida. Apareció mirando para todos lados, con el uniforme impecable, pero con una cara de susto que no podía con ella.
—No puedo creer que esté haciendo esto… —dijo subiéndose a la moto, toda nerviosa.
—La vida es de los que se atreven, no de los que se quedan sentados en un salón —le respondí—, y arranqué a toda para las afueras.
Fuimos a un pueblito cercano, lejos de cualquier mirada de Puerto Magara. En una cafetería chiquita, la vi comerse un postre de chocolate con los ojos cerrados, disfrutando de esa libertad que yo le estaba dando a cuentagotas.
—Siento que estoy haciendo todo mal —confesó ella, limpiándose un poquito de chocolate—. Mi mamá me mata si llega a saber que no entré a clases.
—Tu mamá no está aquí. Aquí no pasa nada —le dije, agarrándole la mano—. Y mientras estés conmigo, nadie te puede tocar.
Esas escapadas se nos volvieron un vicio. Una o dos veces por semana, yo la esperaba en la salida de atrás. Me encantaba verla correr hacia mí, eligiéndome a mí por encima de sus estudios.
—Hoy tengo examen de matemáticas, Malik. Es muy importante —me dijo una tarde, con duda en los ojos.
—El examen lo puedes recuperar después, pero estas ganas de verte no vuelven —le solté, sosteniéndole la mirada con firmeza.
—Está bien… pero solo un ratito.
Ese "ratito" siempre se volvían horas. Yo disfrutaba verla feliz, pero también me gustaba saber que ella estaba arriesgando su futuro solo por estar conmigo. Cada vez que la dejaba cerca de su barrio, ella se bajaba de un salto, arreglándose la falda y el pelo con nervios.
—Me voy corriendo —me decía, con el corazón a mil—. Ojalá, mi mamá, no sospeche nada.
Yo la miraba irse sintiendo un poquito de culpa, pero más que todo satisfacción. Sabía que no estaba bien, pero no podía evitarlo. La quería solo para mí, aunque eso significara dañarle el semestre o sus notas. en ese momento, nada me importaba más que tenerla cerca.