CAPÍTULO 34
Génesis ya había empezado las clases. Sus tardes ahora se dividían entre el uniforme impecable, los cuadernos de peluche que cuidaba como algo especial y ese silencio extraño que había en su casa desde que su mamá había decidido, sospechosamente, dejar de molestarla.
Pero yo sabía que ella seguía agotada; el cansancio de vivir en ese sitio no se borraba solo porque la mamá ya no gritara tanto.
Una noche, después de que saliera del colegio, la llevé a nuestro sitio: un pequeño mirador a las afueras, donde el agua del río se veía tranquila y el viento soplaba con más fuerza.
Apagué el motor de la moto y el silencio nos rodeó.
Ella se bajó con esa timidez que siempre le salía cuando estábamos solos en la oscuridad.
Saqué del bolsillo una caja pequeña, pesada, mucho más fina que la del celular.
Menos mal que lo había comprado semanas atrás, junto con los útiles del colegio y antes de vaciar mis bolsillos con el trato de su mamá; de lo contrario, hoy no tendría cómo dárselo.
En el fondo, me daba risa mi propia situación: la plata que mi papá me había dado para celebrar mis dieciocho años no me había durado nada en las manos.
Era como si el cumpleaños lo hubiera estado cumpliendo ella, porque todo mi dinero había terminado de alguna manera en sus manos, en su casa o en sus útiles.
—Toma —le dije, poniéndosela en las manos.
—Malik… ya hiciste demasiado con lo del colegio. No puedo seguir aceptando cosas —protestó, aunque ya estaba tocando el empaque con una curiosidad que no podía esconder.
—Ábrelo. Esto no es para el estudio. Es para nosotros.
Cuando abrió la caja, se le iluminó la cara. Era un iPod Mini de color plata, con esos audífonos blancos que todo el mundo quería.
—¿Qué es esto? —preguntó, fascinada con la ruedita táctil y lo frío que se sentía el metal.
—Es música, Génesis. Pero no cualquier cosa. Me pasé varias noches eligiendo lo que iba a meter ahí. Hay canciones de cuando te vi la primera vez, otras para cuando estés cansada de las tareas... y unas que dicen lo que todavía no me sale decirte a la cara.
Le puse los audífonos con mucho cuidado, apartándole el pelo de la cara. Le di al Play. En ese momento, vi cómo se le olvidaba el resto del mundo. Sus hombros se relajaron y cerró los ojos de una vez.
—Me siento como en una película —susurró, abriendo los ojos con una chispa nueva—. Es como si la música me sacara de mi casa y de los gritos que mi mamá se guarda ahora... Es como si me llevara a dónde estás tú.
Me acerqué tanto que nuestras frentes se chocaron. Le quité uno de los audífonos y me lo puse yo. Compartimos el cable, ese hilo blanco que nos obligaba a estar pegados el uno al otro.
—Esa es la idea —le dije, mirándola fijo—. Que cuando el colegio sea un asco o en tu casa se pongan pesados, te pongas esto y te acuerdes de mí. Es como si yo te estuviera hablando al oído.
Ella se agarró de mi camisa, apretándome fuerte.
—A veces me das miedo, Malik. Me das cosas que nunca pensé tener y me haces sentir... importante. Me da miedo que un día te canses de esto y yo me quede sola otra vez.
—No digas bobadas, preciosa. Sabes que eso nunca va a pasar.
La besé ahí mismo, con la música del iPod sonando solo para nosotros. Sabía que ella llegaría a su casa, escondería ese aparato debajo de la almohada como si fuera un diamante robado, y en la oscuridad de su cuarto volvería a oír mi voz en las canciones.
Le había dado cuadernos para su futuro, pero con ese iPod le estaba dando un escondite para su presente. Y mientras nos abrazábamos, sentí que, aunque mi papá quisiera que yo fuera otra persona, ninguna mujer me iba a entender como esta niña.