Mi Ángel nº 1 CAPÍTULO 33
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CAPÍTULO 33

La noche no pasaba más. Me quedé sentado en el borde de la cama, con el celular en la mano, viendo cómo el reloj avanzaba hacia la madrugada en medio de un silencio que me desesperaba.

La imagen de ella escondiéndose detrás de la puerta, tratando de ocultar sus cuadernos como si fueran algo prohibido, no me dejaba respirar.

Cada minuto sin que me escribiera era un golpe.

¿Qué le estarían haciendo? ¿La habrían obligado a botar sus cosas?

¿La mamá le habría pegado otra vez? El lujo de mi casa me pareció una burla de repente.

Yo durmiendo en sábanas caras mientras ella, seguramente, estaba pasando la noche entre los escombros de una pelea que yo mismo provoqué.

A las tres de la mañana no aguanté más. Los dedos se me movían solos:

“Dime algo. Por favor. Respóndeme”

Mandé el mensaje, pero la pantalla se quedó en negro, devolviéndome el reflejo de mi propia cara de angustia. Al amanecer, cuando el sol apenas salía, el teléfono vibró. Salté de la cama como si me hubieran pegado un tiro.

“No vuelvas a buscarme, por favor... Mi mamá rompió dos cuadernos” “Dice que soy una cualquiera, que ningún hombre regala esas cosas porque sí” “Estuve llorando toda la noche, Malik. Me da miedo que se entere de que seguimos hablando”

Se me revolvió el estómago. ¿Una cualquiera? Me pareció una estupidez, si yo siempre la había respetado. Al día siguiente me fui para su barrio y la alcancé al doblar la esquina, ya lista para su primer día de clases. Estaba encogida, mirando para el suelo, evitando encontrarme los ojos.

—¡Malik! —exclamó casi sin voz, echándose para atrás con puro pánico—. ¡Vete, por favor! ¡Te dije que no vinieras!

—¿Te hicieron esto por mi culpa? —le pregunté, señalando la marca roja que tenía en el cachete. Sentí que el mundo se me venía abajo.

Ella se tapó la cara con las manos, temblando.

—¡No debiste comprarme nada! —sollozó con la voz quebrada—.

Toda la cuadra cree que me vendí por unos cuadernos.

Mi mamá no ha dejado de gritarme… no es solo por lo que piensen, Malik, es que ella dice que, si tú te fijas en mí, es porque soy su oportunidad.

Quiere que yo sea la que te pida cosas… me pegó porque dice que soy una boba por no saber aprovecharme de ti.

Me faltó el aire. Ya no era solo la pobreza; era una trampa armada por su propia familia. Génesis no era más que una pieza en los planes de su mamá.

—Entonces no es por mis regalos —murmuré, entendiendo cómo funcionaba la cosa—. Es que ella quiere que tú seas el puente para que yo mantenga a toda tu familia.

Génesis bajó la cabeza, con los hombros caídos, como queriendo desaparecer.

—Ella me dijo que, si no consigo que me des plata o cosas de valor, me va a prohibir salir. Me va a encerrar —susurró con un miedo que me heló la sangre—. Malik, yo no quiero esto… no quiero pedirte nada. Solo quiero que me dejes tranquila si esto me va a hacer tanto daño.

La miré, y la rabia que sentía se volvió algo más frío y peligroso. La vi tan frágil que solo quise borrarle ese miedo que su mamá le había metido.

—Escúchame bien —le dije, tratando de que mi voz sonara firme para no asustarla más—. Tú no vas a ser el juguete de nadie. Si ella quiere que yo mantenga esa casa, lo voy a hacer, pero bajo mis condiciones. Solo para que te deje en paz.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó ella toda tímida, levantando apenas los ojos.

—Voy a ver cómo arreglo esto —respondí—. Porque si ella cree que me va a usar a mí, no sabe con quién se está metiendo.

Génesis dio un paso atrás, negando con la cabeza. Tenía las manos pequeñas y temblorosas apretadas contra el pecho, como queriendo protegerse de lo que yo acababa de decir.

—No, Malik… no puedes hacer eso —susurró con una desesperación que me dolió más que cualquier grito—. Si tú empiezas a darle lo que ella quiere, si entras en ese juego, ya no habrá vuelta atrás. Me vas a convertir en lo que ella quiere que yo sea.

—No te estoy convirtiendo en nada, Génesis. Solo quiero ayudarte —traté de acercarme, pero ella se alejó más, buscando la sombra.

—¡No! —su voz, aunque bajita, sonó desesperada—. No entiendes. Si ella ve que tú le das gusto, nunca va a parar. Si la plata empieza a entrar, ella va a pedir más y más… y tú vas a empezar a verme como lo que soy para ella: una carga. Malik, por favor… mírame.

Se quedó ahí, chiquita, con ese uniforme escolar que le quedaba grande y los ojos hinchados. Ni siquiera podía sostenerme la mirada, pero estaba firme en su "no".

—Si esto es lo que significa estar contigo —siguió, mirando hacia el suelo—, si estar contigo significa que mi mamá me va a terminar vendiendo por pedazos, prefiero que no estemos juntos. No quiero que me mires con lástima, ni quiero que te destruyas tú también por mi culpa.

—¿Me estás diciendo que me vaya? —pregunté, sintiendo un hueco en el pecho.

Ella se mordió el labio, y las lágrimas le volvieron a salir, calladitas.

—Creo que es lo único que nos queda —respondió, y ese susurro me mató el orgullo—. Si tú te vas, ella dejará de buscarte. Y si ella deja de buscarte, quizás… quizás me deje en paz. No podemos ser, Malik. No en este mundo.

La miré y sentí una impotencia amarga. Ella no era una cobarde; estaba tratando de protegerme a su manera. Estaba renunciando a nosotros para no causarme problemas.

—No voy a dejarte ¿entiendes? —le dije con una firmeza que ocultaba mis ganas de llorar—. No después de todo lo que he peleado por ti.

—Entonces me estás obligando a perderme —dijo ella, mirándome por fin con una tristeza que me dejó helado—. Si no te alejas tú, me voy a tener que esconder yo. No voy a dejar que me conviertas en algo que se puede negociar, Malik. A mí no.

Se dio la vuelta antes de que yo pudiera decirle nada y arrancó a caminar rápido hacia la avenida para coger el bus del colegio. No iba corriendo, pero caminaba como quien huye de un incendio. Me quedé solo en esa esquina, con las manos vacías y el sabor amargo de su adiós.

Intenté ser el hombre que la iba a proteger rompiendo las reglas. Pero al final, mi propia arrogancia —creer que podía comprar la paz de su casa— la había espantado.

◈ ◈ ◈

Sin embargo, mientras la veía irse, sentí una rabia que no me cabía en el pecho.

Ella no quería que yo me metiera, pero yo no me iba a quedar de brazos cruzados viendo cómo la maltrataban por mi culpa.

En mi cabeza, la solución era obvia: si el problema era la plata, pues yo tenía plata. Así de simple.

No era una fortuna para mí, pero para esa casa lo iba a ser todo.

Junté los billetes que mi papá me había dado de cumpleaños unos días atrás con unos ahorros que venía guardando en el cajón de mi cuarto.

Era todo mi capital disponible en ese instante, pero no me importó quedarme sin nada.

No lo pensé dos veces, ni me puse a planear nada; metí la plata en el bolsillo del jean y arranqué para su casa.

Me acerqué. La mamá estaba sentada en un banco de plástico en el patio, con esa cara de amargada de siempre. Cuando me vio, ni se inmutó; me barrió de arriba abajo como si estuviera pesándome.

—Génesis no está. Se fue a estudiar —dijo con esa voz chillona que me revolvía el estómago.

—Ya sé —le respondí, metiéndome al patio sin pedir permiso. El olor a humedad y a café recalentado me dio una patada—. No vengo por ella. Vengo es a hablar con usted.

La mujer se paró de inmediato, secándose las manos en un trapo sucio. Me miró con una amargura que casi me hace retroceder, pero me mantuve firme.

—¿Y usted qué quiere, muchachito? ¿Viene a burlarse de nosotros?

—Vengo a que hagamos un trato —le solté de una, con la voz un poco temblorosa por la adrenalina—. Yo sé que a usted le molesta que yo le dé cosas a su hija porque a usted no le toca nada. Y sé que por eso le pega y la trata mal.

Ella me lanzó una mirada que era puro veneno.

—¿Usted qué va a saber de la vida? Yo soy la que se rompe el lomo aquí mientras ella se cree una reina por cuatro pendejadas que usted le regala. ¿Qué quiere de mí?

—Quiero que me la deje en paz —le dije, y mi voz sonó más fuerte de lo que esperaba—. No quiero que me la vuelva a tocar, ni que le grite, ni que le quite las cosas que yo le dé. Y si yo quiero verla después del colegio, usted no va a decir nada.

—¿Y por qué le voy a hacer caso? ¿Porque usted lo dice? —se me acercó, desafiante.

En ese momento, saqué el fajo de billetes que había juntado. No lo pensé, solo se lo puse en la mesa como si fuera la solución a todos sus problemas.

—Tenga. Esto es para que se ayude con la casa.

Si usted me deja a Génesis tranquila y no la vuelve a molestar, yo le voy a traer esto cada mes.

Pero si ella me llega con un solo moretón, o si usted se pone a joderla para que me pida más, no le vuelvo a dar ni un peso.

No quiero que me quiera, ni me importa lo que piense de mí.

Solo quiero que ella pueda respirar en esta casa.

La mujer miró la plata y se le transformó la cara. No era vergüenza lo que vi, era como si hubiera encontrado una salida a sus necesidades. Agarró los billetes rápido, como si se le fueran a escapar.

—Ella no puede saber esto —dijo, sin dejar de mirar la plata—. Si se entera, se le acaba el cuento. Ella es orgullosa, se cree que usted la quiere por bonita y no por lo que pueda comprar.

—Ella no se va a enterar —le respondí, dándome la vuelta para irme rápido de ahí. Me sentía inteligente, como si acabara de solucionar todo—. Usted siga siendo igual de exigente con ella si quiere, pero no me la toque. Ese es el trato.

—Ustedes los ricos creen que todo tiene precio —masculló ella, pero ya estaba guardándose la plata entre la ropa.

—No estoy comprando nada —le dije desde la puerta—. Solo estoy tratando de que no la atosigue tanto.

Salí de ahí con el corazón golpeándome las costillas y la cabeza dándome vueltas.

Me subí a la moto y arranqué sin mirar atrás.

No me detuve a pensar en que estaba convirtiendo a su mamá en una mercenaria, y mucho menos en el peligro de engañar a Génesis.

Solo me importaba una cosa: que, en la noche, cuando ella volviera del colegio, esa maldita mujer no le fuera a levantar la mano.

Fue ya en mi cuarto, viendo el cajón de mi mesa de noche completamente vacío, cuando me cayó el golpe de realidad y me entró un frío horroroso.

Cuatrocientos mil pesos. Me había quedado sin un peso por cumplir mi palabra hoy, pero lo peor era lo que le había prometido para los meses siguientes.

Le había asegurado esa misma cantidad mes a mes, una fortuna, más de un salario mínimo entero.

Me dio una risa amarga y desesperada en medio de la oscuridad; caí en la cuenta de que acababa de firmar mi propia sentencia de cárcel.

¿De dónde carajos iba a sacar esa plata en marzo, en abril, en mayo?

Me iba a tocar exprimir cada centavo de lo que mi tío me pagaba en el almacén de ropa, rogarle a mi papá por mis gastos mensuales y amarrarme el cinturón hasta el cuello.

Iba a quedarme sin salidas, sin lujos y sin poder meterle un solo repuesto a la moto.

Me sentía asfixiado, atrapado por mi propia promesa, pero al mismo tiempo sabía que me importaba una mierda.

Si tenía que empeñar mi vida entera con tal de que Génesis pudiera respirar en paz, lo volvería a hacer mil veces.

Ella era mi puta obsesión, y estaba dispuesto a condenarme por la mujer que amo.