Mi Ángel nº 1 CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

Un sábado, faltando poquitos días para que empezaran las clases, pasé por ella en la moto. No le di explicaciones de a dónde íbamos. Solo le puse el casco, se lo ajusté con un cuidado que me hubiera dado pena hace un mes, y le pedí que confiara en mí.

—¿A dónde vamos, Malik? —me preguntó ella, gritando por el ruido del motor mientras me abrazaba por la cintura.

—A arreglar algo del pasado —le respondí, aunque ella no entendió a qué me refería.

Nos bajamos frente a la librería más grande del centro, un sitio que en enero olía a puro papel nuevo y tinta. Génesis se quedó parada en la entrada, como bloqueada, mirando las vitrinas llenas de cosas como si fuera un lugar prohibido para ella.

—Vamos, entra —le dije, jalándola suavemente de la mano.

—Malik, yo… yo solo necesito un par de cuadernos y unos lapiceros. Podemos ir a un sitio más barato —murmuró, echándose para atrás, intimidada por lo elegante del local.

—No. Hoy no vas a comprar lo más barato. Escoge lo que quieras. Todo lo que necesites para estudiar y lo que te guste también.

Entramos y el aire acondicionado nos pegó de una vez.

Caminamos hacia la parte de la papelería fina.

Vi cómo se le abrían los ojos al ver los estantes.

Se detuvo frente a unos cuadernos de tapa dura, forrados en peluche suave y con dibujos brillantes.

Agarró uno con un cuidado exagerado, acariciándolo con los dedos.

—Estos… —susurró, y la voz le sonó como si fuera una niña chiquita—. Siempre quise uno así. En el colegio, las niñas que tenían plata se la pasaban todo el recreo mostrándolos y comparando las calcomanías. Yo solo los miraba desde mi puesto… nunca tuve uno. Ni siquiera algo parecido.

Me le acerqué por detrás y, sin decir nada, le quité el cuaderno de las manos y lo eché en la canasta.

—Pues ahora vas a tener todos los que quieras.

Ella iba a protestar, pero le ganaron las ganas.

Empezó a caminar por los pasillos y fue como si despertara de repente.

Agarró cartucheras de metal, marcadores de todos los colores, lápices con figuras y carpetas con escarcha.

Miraba cada cosa con alegría, luego dudaba, y al final lo echaba a la canasta como si estuviera recuperando algo que la pobreza le había quitado.

—Malik, es mucho… me siento apenada —me dijo cuando ya llevábamos dos canastas llenas—. Siento que no merezco tanto por unas clases.

—Mereces esto y mucho más, Génesis. ¿Sabes por qué?

—La agarré de los hombros para que me mirara—.

Porque ahora estás conmigo. Y mientras yo esté, nunca más vas a ver las cosas desde lejos.

Nunca más vas a desear lo que otros tienen como si para ti estuviera prohibido.

De ahora en adelante, no te tienes que conformar con poco. ¿Entiendes?

Se le aguaron los ojos con las luces del local.

—No tienes idea de lo feliz que me haces… Nadie se había fijado en lo que me faltaba para dármelo así.

—Quiero que te pase siempre —le respondí, acariciándole la mejilla—. Porque no pienso irme a ningún lado.

Pagamos todo mientras la cajera nos miraba con curiosidad. Al salir, vi de reojo a un conocido de mi tío pasando por la acera de enfrente. Se quedó mirando raro al verme cargando cuadernos de dibujitos y sonriéndole a una niña de barrio.

Se me quitó la sonrisa un segundo, pero me dio igual.

Salimos y ella caminaba derecha, apretando sus cuadernos de peluche contra el pecho como si fueran un tesoro.

Me subí a la moto y aceleré. Que hablaran lo que quisieran.

Cada cuaderno que ella estrenara iba a ser una victoria mía contra lo que mi papá quería para mí.

Pero el ambiente cambió cuando llegamos a su barrio. Ya no se sentía ese aire de victoria. Las casas grandes del centro se acabaron y aparecieron las paredes peladas y las puertas viejas.

Sentí que Génesis se puso tiesa contra mi espalda. Sus brazos, que antes me abrazaban relajados, ahora apretaban las bolsas de papel como queriendo esconderlas.

—Déjame aquí, Malik —me pidió con la voz asustada—. En la esquina de la cancha.

—No te voy a dejar aquí. Te llevo hasta la puerta, que esas bolsas pesan mucho.

—¡Dije que aquí! —insistió con un tono de pánico que me hizo frenar en seco.

Se bajó de la moto toda nerviosa, casi se cae. Miraba para todos lados como si la estuvieran persiguiendo.

—Mañana… mañana hablamos —dijo sin mirarme, y arrancó a caminar rápido para su casa.

Me quedé ahí parado, mirándola, con el motor de la moto encendido. Vi cuando llegó a su puerta y, antes de que pudiera sacar la llave, la reja se abrió de un golpe. Oí la voz de su mamá, un grito chillón que se escuchó en toda la calle.

—¿Y tú de dónde sacaste esas bolsas? ¿Qué porquería es esa? ¡Habla!

Me puse tenso. Apreté el manubrio de la moto con tanta fuerza que me dolieron los dedos. Quise arrancar, meterme en esa casa y callar a esa señora, pero me detuve. Si me metía, le iba a arruinar más la vida a Génesis y la iban a castigar peor.

Me tocó dar reversa y arrancar mientras oía los gritos de "¡dime quién te dio esa plata!" rebotando en el callejón.

Esa noche, en mi cuarto, el celular no paraba de mirarlo.

No me llegó ni un mensaje. Cada hora que pasaba era un recordatorio de que mi regalo se había vuelto un problema para ella.

Mi papá me había dicho que ella no era de mi mundo, pero lo que estaba viendo ahora era peor: que yo, queriendo ayudar, lo había empeorado todo.