Mi Ángel nº 1 CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31

La charla con mi papá me seguía dando vueltas en la cabeza.

No hubo gritos, solo una calma de superioridad que me ardió más que cualquier castigo.

Sus palabras, dichas con esa autoridad de quien ya tiene todo decidido, no se me quitaban de encima: “Un hombre joven a veces necesita experimentar para valorar lo que tiene en casa”.

Para él, Génesis era solo un pasatiempo. Un capricho que, según él, se iba a borrar con el tiempo.

Esa noche no pude dormir. Cada vez que cerraba los ojos, sentía la sombra de mi papá borrando la imagen de ella, como si mi vida ya estuviera escrita con alguien de mí misma raíz que ni conocía, pero que la tradición ya me había impuesto.

Al amanecer, sentía una presión en el pecho que no aguantaba. Tenía que verla. No para contarle la "tregua" llena de veneno que me propuso mi papá, sino porque solo verla a ella hacía que se me callara el ruido de mi cabeza.

La llamé al celular con la mano temblándome.

—¿Puedo verte hoy? —le dije apenas contestó.

—¿Hoy? —sonó sorprendida—. Pero… Malik, hoy tengo que ayudar a mi mamá con el aseo, y más tarde tengo que organizar los cuadernos. Empiezo clases en unos días.

—Entonces te ayudo. Lo que sea, donde sea. No importa qué tan ocupada estés, solo quiero verte.

Se quedó callada un momento. Me la imaginé pensando entre sus deberes y las ganas de vernos. Al final, suspiró.

—Está bien… te veo en el parque de siempre. Pero no vengas a rescatarme de nada, ¿me oyes? Yo puedo sola.

Sonreí con amargura. Ella creía que yo era el que la rescataba, sin saber que era yo el que necesitaba desesperadamente que ella fuera mi ancla.

Cuando llegó al parque, la realidad de su vida me pegó de nuevo. Llevaba una bolsa pesada con cuadernos y otras cosas. Tenía el pelo recogido de afán y unas ojeras que decían clarito que no había descansado bien. Aun así, bajo ese sol, se veía perfecta.

—Te ves cansada —le dije, quitándole la bolsa.

—Lo estoy —admitió, dejándose caer en la banca—. A veces siento que no paro nunca.

—Entonces hoy… descansa un rato. Solo quédate aquí conmigo.

Ella me miró fijo, leyéndome la cara con esa intuición que a veces me asustaba.

—Te noto extraño, Malik. Te quedas callado de repente, como si estuvieras en otro lado o me estuvieras ocultando algo.

Tragué saliva. No podía decirle que mi papá la había menospreciado, ni que me estaba dando "permiso" para ver cuánto tardaba en aburrirme de ella.

—Dormí poco, es todo —me obligué a sonreír—. Verte es lo único que me quita el cansancio. Me hace bien estar contigo.

Ella se puso roja y bajó la vista hacia sus manos.

—No digas esas cosas… me haces sentir importante, y yo no estoy acostumbrada a eso.

Le agarré la mano, entrelazando mis dedos con los suyos.

—Es que eres importante. Mucho más de lo que crees.

Nos quedamos en silencio un rato. Ella se recostó en mi hombro y susurró:

—A veces pienso que estás perdiendo el tiempo conmigo. Yo no tengo nada que te sirva, Malik. Tú podrías estar en cualquier otro lado, con gente que vive como tú. Alguien que no tenga tantos problemas y que sí te pueda ofrecer algo que valga la pena.

Esa frase me dolió más que cualquier regaño de mi papá. Le levanté la cara con suavidad para que me mirara.

—¿Tú de verdad crees eso? —le pregunté, acercándome un poco—.

¿Crees que yo estoy aquí por lo que me puedas dar o por la plata que no tienes?

Lo que me pasa contigo es que no tengo que fingir nada.

No tengo que ser el heredero, ni el sobrino, ni el que siempre tiene que dar la talla para mi papá.

Contigo me desconecto de todo eso. Contigo soy solo yo, y eso para mí vale más que cualquier otra cosa que me puedan ofrecer en otro lado.

— ¿Y si un día me conoces de verdad? —soltó ella de repente, sin mirarme—. No hablo de vernos aquí. Hablo de que veas mi realidad y ya no te guste lo que tienes enfrente.

— Eso no va a pasar —le dije, y me costó no confesarle que ya sabía exactamente a qué se refería—. Yo no estoy aquí buscando una foto perfecta, Génesis. Estoy aquí por ti, y lo que haya afuera me importa un carajo.

La vi temblar. Mis palabras estaban rompiendo esas defensas que ella se había armado.

—Me asusta lo que dices —admitió ella.

—¿Por qué?

—Porque suena muy bonito. Y en mi vida, las cosas buenas no duran. Siempre se van rápido o se dañan.

Sentí un nudo en la garganta. Quería gritarle que yo la iba a proteger de todo, que no me importaba llevarle la contraria a mi papá si ella estaba conmigo al final. Pero solo la abracé. La apreté contra mi pecho con una urgencia que ella no entendía.

—Quédate conmigo y ya —le susurré al oído—. Déjame demostrarte que hay cosas que no se hicieron para romperse.

Ella no dijo nada, pero me abrazó más fuerte que nunca. Esa noche, cuando la dejé y vi que se iba para su barrio, las palabras de mi papá volvieron a sonar en mi cabeza, pero esta vez como un reto: “La vida te enseñará, Malik”.

Lo que él no sabía era que yo ya había aprendido lo más importante: estaba malditamente enamorado de ella. Y cada beso, de ahí en adelante, no sería solo amor, sino el comienzo de un problema muy grande.