CAPÍTULO 30
Cuando ella me confesó dónde vivía, sentí que me había entregado su secreto más grande. Pero sus últimas palabras se me quedaron grabadas como una advertencia: “Nunca llegues a mi casa, Malik. Si lo haces y decides alejarte, yo lo entenderé”.
Esa noche no dormí nada. Me daba vueltas en la cama pensando en qué podía ser tan malo o vergonzoso como para que ella tuviera ese miedo.
Yo ya sabía que no tenía plata; por algo trabajaba de vendedora en el almacén.
Su ropa era sencilla y la repetía mucho.
Pero Génesis siempre ha sido tan delicada y tiene algo en la mirada que me hacía preguntarme: ¿qué podía ser tan grave en su casa?
Al día siguiente no me aguanté. No era que la estuviera vigilando, me decía a mí mismo mientras prendía la moto; era que necesitaba ver con mis propios ojos dónde se metía ella ahora que se había acabado la temporada en el almacén y ya no tenía que cumplir horarios.
Manejé varias cuadras hasta que el entorno cambió por completo.
En un momento estaba entre casas conocidas y al doblar la esquina el asfalto se acabó de golpe para darle paso al polvero.
Las fachadas bonitas se quedaron atrás y el calor se sentía mucho más pesado, como si hasta el aire fuera distinto en ese sector.
Cuando llegué a la dirección, vi una construcción vieja y descuidada.
La de ella era la que peor estaba: paredes sin repellar donde se veía el bloque crudo, un techo de láminas de zinc que crujían bajo el sol de enero y ropa colgada en alambres en una terraza de cemento rajada.
Era verdad. Se veía mucha pobreza, pero no era solo eso. Se sentía una tensión rara, como si en esa casa siempre estuviera por pasar algo malo.
A unos metros vi un estadero de cerveza, justo en la esquina de una cancha de sóftbol.
Era el lugar perfecto para quedarme: estaba diagonal a su puerta y lo suficientemente oscuro por la arborización para que nadie se fijara en mí.
Estacioné la moto detrás de un árbol y me senté en una silla de plástico, tapándome un poco con la barra de un madero del local.
Le pedí una cerveza al señor que atendía, un tipo como de unos cincuenta años, quemado por el sol y con unos lentes grandes. Traté de parecer un cliente cualquiera, pero no podía quitar los ojos de esa puerta de madera vieja.
Minutos después, la vi.
Salió ella. Pero no era la Génesis que yo conocía.
No llevaba la ropa buena ni el perfume que yo le regalé.
Tenía una camiseta vieja y el pelo despeinado, sin nada de maquillaje.
Pero, aun así, bajo ese sol tan fuerte, se veía muy bonita.
Tenía una belleza que no pegaba con ese lugar tan descuidado.
Sentí un vacío en el estómago. Verla así no me dio asco, me dio una impotencia que me hizo apretar los puños contra la silla.
El hombre del estadero se dio cuenta de que yo miraba mucho. En esos barrios nadie se queda mirando tanto tiempo sin una razón. Se acercó limpiando un vaso con un trapo sucio.
—¿Usted qué mira tanto para allá, joven? —me preguntó con voz ronca—. ¿La conoce?
Me volteé, fingiendo que no me importaba.
—Sí… algo. Estudiamos cerca —mentí, sintiendo el sabor amargo de la cerveza—. ¿Ella vive ahí?
El hombre asintió con un gesto de desprecio hacia la casa.
—Sí, ahí vive con la mamá y los hermanos. Es una familia con muchos problemas, joven. De esas que es mejor ver de lejos.
—¿Problemas de qué tipo? —pregunté, tratando de que pareciera una curiosidad cualquiera.
Él bajó la voz y se apoyó en la barra.
—Esa señora, la mamá, tiene un carácter del demonio. No habla, solo grita. Se la pasa humillando a la muchacha y tratándola mal todo el día. Y los hermanos son unos vagos que no ayudan en nada. Vivir ahí dentro debe ser un martirio de puros gritos y peleas.
Cada palabra me quemaba. Era justo lo que ella me había confesado, pero oírlo de un extraño lo hacía demasiado real. Entonces, el viejo soltó lo que me terminó de joder la cabeza:
—¿Sabe qué creo yo? Esa niña, tarde o temprano, se va a ir con el primero que le prometa sacarla de ahí. Igual que hizo la hermana mayor. Aquí nadie aguanta tanto maltrato. Se irá con cualquiera que le dé la oportunidad de no volver a pisar esa casa.
Me quedé callado. Le di un trago largo a la cerveza, pero me supo a tierra. ¿Sería verdad? ¿Yo qué era para ella? ¿Un amor de verdad o solo un tiquete de salida de ese hueco? Pensar que se podía ir con cualquiera que le ofreciera lo mismo que yo me revolvió las entrañas.
Quise pensar que conmigo era distinto, pero me dio miedo. Este hombre no sabía nada de nosotros, pero lo que dijo se me quedó grabado como una marca.
Seguí mirándola desde mi rincón. Ella caminaba por la terraza con la cara seria, como si cargara el mundo encima. Y ahí lo entendí: Génesis era lo único bueno que había en ese lugar.
Y yo… yo no sabía si sentirme bien por haberla encontrado, o si me estaba metiendo en algo tan pesado que me iba a terminar arrastrando a mí también.
◈ ◈ ◈
Esa noche regresé con la cabeza a mil. Las imágenes de la casa descuidada de Génesis y lo que me dijo el viejo del estadero no me dejaban tranquilo. Tenía unas ganas desesperadas de escribirle, pero me daba miedo que se diera cuenta de que rompí mi promesa y fui a buscar su casa.
Cuando entré, todo estaba en silencio. Mi papá había regresado de su viaje esa misma tarde, y su presencia se sentía en cada rincón de la casa.
Estaba en la sala, sentado en su sillón de cuero con un trago en la mano.
No se veía bravo, solo estaba ahí sentado, esperando con esa calma que tiene él cuando siente que manda.
—Llegas tarde, Malik —dijo, sin levantar la voz. No era un regaño, era solo que se había dado cuenta. MILENA
Me senté al frente, sintiendo su mirada encima. No estaba furioso, sino que me miraba con una decepción que era más fría que cualquier grito.
—Tu tío me contó que estuviste muy distraído en diciembre —siguió él, dándole vueltas al vaso—. Entiendo que a tu edad uno se mete en cosas que no entiende. Tienes la sangre caliente y te da curiosidad lo que no debes hacer. Eso es normal.
—No es eso, papá —le respondí, con la voz firme, aunque el corazón me iba rápido—. Ella me importa de verdad.
Él puso el vaso en la mesa muy despacio. Se echó hacia adelante y me habló como quien trata de explicarle algo a un niño que no ve el peligro.
—Malik, oyes lo que quieres oír. Te estás tomando esto muy en serio, pero es solo una etapa.
Estás atontado. Esa muchacha no es de nuestro mundo; ni por educación, ni por apellido, ni por los valores de nuestra familia.
Si la traes aquí, los dos van a ser infelices.
Tú te vas a terminar avergonzando de dónde viene ella, y ella se va a sentir como una extraña en tu propia casa.
—Usted no la conoce —le dije—. La juzga por lo que no tiene y no por cómo es ella.
—Yo veo las cosas como son —respondió él, con una calma que daba miedo—.
Mira a tu alrededor. Esta casa, los negocios, nuestro nombre...
nada de esto se hizo dejando que los sentimientos mandaran.
Se hizo con disciplina y siendo leales a lo que somos.
No quiero que te equivoques, hijo. Quiero evitarte una decisión de la que te vas a arrepentir toda la vida.
Se paró y caminó hacia la ventana para mirar la calle.
—Haz lo que quieras por ahora. Pero no confundas tener libertad con olvidarte de tus responsabilidades. Eres de nuestra familia y, tarde o temprano, vas a entender que el deber es lo único que queda cuando se pasa la calentura de la juventud.
Me sentí chiquito ante la seguridad que él tenía. No me estaba amenazando con quitarme nada todavía; me estaba dejando solo, seguro de que tarde o temprano yo iba a volver a él buscando lo que ya conocía.
—No es un juego —dije, levantándome—. Y cuando vea que no voy a cambiar de parecer, espero que acepte lo que yo elegí.
Él se volteó y me miró con una lástima que me dolió.
—La vida te va a enseñar, Malik. Y cuando pase, aquí voy a estar yo. Pero no esperes que me guste lo que tú mismo después vas a ver como un error. Ahora, vete a dormir. Mañana hay que trabajar.
Salí de la sala sintiéndome vacío. No me castigó ni me echó.
Me trató como a un niño caprichoso que se va a cansar rápido de su juguete nuevo.
Y eso me dio más rabia que si me hubiera gritado.
Estaba tan seguro de que yo iba a fallar, que me daba toda la libertad del mundo para que yo mismo le diera la razón.