CAPÍTULO 29
Enero llegó sin pedir permiso. El ruido de la pólvora se apagó, las luces de Navidad volvieron a sus cajas y el almacén recuperó su calma de siempre.
Pero para mí, el lugar había perdido la gracia.
Ella ya no estaba ahí, y ese vacío entre los estantes de ropa se notaba más de lo que yo quería aceptar.
Por suerte, ya no estábamos a ciegas. Al día siguiente de nuestra larga llamada, nos encontramos en el muelle, tal como se lo ordené.
Verla allí, con el viento del río jugando con su pelo y esa mirada de complicidad que ya era solo nuestra, fue la confirmación de que estábamos empezando algo peligroso y real.
Fueron apenas unos minutos de roces furtivos y promesas susurradas entre la penumbra de las lanchas ancladas.
Al despedirnos, me quedé mirándola alejarse, sintiendo que esa noche había abierto una puerta que no se iba a cerrar nunca.
Apenas llegué a casa, con la imagen de su cara todavía grabada en mi mente, saqué el celular. No podía dejar pasar el tiempo, necesitaba saber que ese "algo" que teníamos seguía vivo incluso cuando no estábamos frente a frente.
Mis dedos se movieron con una prisa que no pude controlar:
“¿Llegaste bien a tu casa?”
Tardó un poco, pero cuando el teléfono vibró en mi mano, sentí un alivio que casi me dolió.
“Sí, gracias.”
Me quedé mirando la pantalla. Apenas dos palabras, secas, pero bastaron para calmarme. Esa misma noche, escondidos cada uno en su cuarto, la conversación empezó a fluir de verdad.
—No me acostumbro a esto —me escribió ella de pronto.
—¿A qué? —le pregunté, pegado a la pantalla chiquita.
—A que me escribas así, a cualquier hora. Antes todo era muy difícil con los recados y los silencios. Ahora siento que te llevo conmigo en el bolsillo.
Sonreí solo en mi cuarto, imaginando que tenía el teléfono pegado al cuerpo.
—Y ahí es donde siempre quiero estar, Génesis. Donde nadie me pueda sacar.
Ella tardó varios minutos en responder. Esos silencios en los mensajes que se sentían eternos.
—No digas esas cosas… que una termina creyéndoselas.
—Créelas —le escribí—. No quiero que esto se acabe solo porque ya no nos vemos en los almacenes.
—Pronto empiezo las clases —escribió ella, y sentí un frío de una vez.
—¿Y eso qué significa? —pregunté, apretando la mandíbula.
—Que voy a estar ocupada… que no voy a poder salir tanto. Mi mamá se pone más cansona cuando estoy estudiando.
—No me digas eso, mi amor —le contesté de inmediato—. Antes de que eso pase, tenemos que aprovechar el tiempo que nos queda.
Ella no me dio un "sí" rotundo, y eso para mí fue suficiente. Me armé un plan de una vez para aprovechar cada instante.
Los días siguientes me dediqué a buscarla más. Nos veíamos en sitios discretos: una heladería, restaurantes donde no fuera mucha gente, o dábamos vueltas cortas en la moto por las afueras. Yo quería que ella se acostumbrara tanto a mí que el estudio no pudiera borrarme de su cabeza.
Una de esas tardes, en el parque, le entregué una libreta mediana envuelta en papel dorado.
—¿Y esto? —preguntó ella, mirando el paquete con esa desconfianza que todavía le sale a veces.
—Ábrelo.
Cuando rompió el papel, vio la libreta de tapa dura, muy bonita. Pasó los dedos por la portada como si tuviera miedo de dañarla.
—Está hermosa… pero ¿por qué me das esto, Malik?
—Para que anotes lo que no quieras que se te olvide. Para que me escribas cuando en tu casa todo esté muy callado y te sientas sola.
—¿Y qué voy a escribir aquí?
—Lo que pienses de mí cuando no estemos juntos. Lo que sientas y te queme por dentro pero no te atrevas a decirme de frente. Lo que sueñes, lo que sea. Quiero que esta libreta sea tu voz cuando no podamos hablar.
Ella sonrió toda tímida y bajó la cabeza.
—No lo sé… yo nunca he tenido un diario. Mi vida no es tan interesante.
—Pues empiézala a escribir conmigo —le pedí, agarrándole las manos—. Y prométeme algo, preciosa. Que, aunque las clases te quiten tiempo y todo se ponga difícil, no me vas a dejar de buscar. Ni en estas hojas, ni en el celular.
La miré mientras guardaba la libreta en su morral con mucho cuidado. En ese momento la vi distinta. Ya no era solo la muchacha del almacén; era alguien que estaba empezando a entender que su vida ahora iba conmigo.
—Escríbeme —le insistí, acercándome tanto que su aliento se mezcló con el mío—. Escribe sobre lo que te da miedo, sobre lo que odias de este puerto, sobre lo que sientes cuando te beso. Quiero que cuando estés sola en tu cuarto y abras esa libreta, sientas que estoy ahí sentado contigo.
Ella asintió, con una seguridad nueva que me hizo sentir un corrientazo.
—Lo haré. Pero si escribo cosas que no te gustan… no me vayas a echar la culpa por haberlo escrito.
—Eso es lo que quiero —le respondí, rozando sus labios—. Que me des todo de ti, hasta lo que pones en el papel. No quiero que dejes ni un espacio vacío en tu cabeza donde no esté yo.
Nos quedamos ahí hasta que se hizo de noche. Ella se fue caminando para su casa sin mirar atrás, y yo me quedé viéndola hasta que se perdió en la oscuridad. Sentía que esa libreta era como una cadena que nos mantenía amarrados.
Esa noche, cuando llegué y mi tío me preguntó por qué estaba tan distraído, solo pude sonreír. Él pensaba que yo estaba pensando en el negocio y en mi futuro. Lo que él no sabía es que yo ya no estaba armando un local, sino una vida escondida que, tarde o temprano, iba a explotar.
◈ ◈ ◈
Ya teníamos nuestra rutina armada: encuentros planeados a escondidas, llamadas de madrugadas y mensajes escritos con esas ansias veraniegas, donde cada minuto que ella no respondía se me hacía eterno.
Pero había algo que me inquietaba. Una espina que no me dejaba tranquilo y que me golpeaba el orgullo: no sabía dónde vivía.
Cada vez que le decía para dejarla en su puerta después de salir, Génesis se inventaba algo para esquivarme.
Siempre era lo mismo: "Déjame en el parque", "Déjame en esta esquina", "Prefiero caminar".
Cualquier lugar era mejor que su propia casa.
Esa noche de enero yo cumplía dieciocho años.
No había querido reuniones grandes con mi familia; lo único que le pedí a mi papá fue que me soltara plata para salir solo con ella.
La llevé a una heladería elegante del centro, de esas con luces tenues y copas de vidrio altas, queriendo celebrar mi mayoría de edad al lado de la única persona que me importaba.
Pero ni el sabor del helado ni el ambiente de celebración lograban quitarme la incertidumbre.
Decidí que no podía esperar más. Ya no aguantaba la duda.
—Oye… —le dije, viendo cómo jugaba con la cucharita—. ¿Por qué nunca dejas que te lleve a tu casa?
Ella me miró de reojo y se puso tensa de una vez. Trató de sonreír, pero le salió una mueca fingida.
—Ya te he dicho, Malik... me gusta caminar antes de llegar. Me ayuda a pensar.
—No me eches mentiras —le respondí, clavándole la mirada—. Algo pasa. No sé qué es lo que estás escondiendo... o si es que no confías en mí para mostrarme de dónde vienes.
Génesis apretó los labios y vi que le dolió lo que le dije. Se quedó callada un rato largo, un silencio harto mientras la gente en las otras mesas hablaban y se reían en lo suyo. Yo no dije nada más; me quedé esperando a que soltara la verdad.
Al fin, suspiró como si se le fuera la vida en ello.
—No es que no confíe en ti, Malik—hizo una pausa y se mordió el labio fuerte—. Es que me da un miedo horrible que te decepciones de mí cuando veas la realidad de mi vida.
—¿Decepcionarme? ¿Por qué? —le pregunté, porque de verdad no entendía.
Ella bajó la mirada y empezó a hablar con la voz temblorosa, como si se estuviera arrancando las palabras del pecho.
—Porque mi casa no es como la tuya. No es bonita, ni grande, ni callada. Es humilde... demasiado humilde para alguien como tú. A veces pienso que si vieras las paredes de dónde vengo, no me volverías a mirar con el mismo respeto.
—Génesis, a mí eso me importa un bledo... —traté de pararla, pero ella levantó la mano.
—Déjame terminar. —Se le aguaron los ojos, pero siguió firme—.
Vivo con mi mamá y mis dos hermanos. Mi papá se fue cuando yo estaba muy niña y nunca volvió; para él no existimos.
Mi hermana mayor se fue con su novio solo por escaparse de esas cuatro paredes, porque allá lo único que había eran gritos, falta de todo y humillaciones.
Me quedé frío. El choque entre mi mundo, donde nunca faltaba nada, y lo que ella me estaba contando me cayó como un baldado de agua fría.
—¿Y tu mamá? —le pregunté bajito.
Ella soltó una risa amarga que me dio hasta cosa.
—Mi mamá no sabe hablar sin gritar. Explota por cualquier pendejada, pelea con los vecinos, con mi padrastro, con nosotros.
Nunca aprendimos a arreglar nada hablando, Malik...
solo a aguantar el chaparrón. Mi casa no es un hogar; es un sitio lleno de problemas del que a veces no quisiera volver nunca.
Apreté los puños debajo de la mesa. Quería decirle que yo la sacaría de ahí, que conmigo no le iba a faltar nada, pero la vergüenza que tenía en la cara me frenó.
—¿Y tú de verdad crees que si veo eso me voy a alejar? —le pregunté con una suavidad que hasta a mí me dolió.
Ella me sostuvo la mirada, entre rendida y desafiante.
—Tal vez sí. Tal vez te des cuenta de que somos demasiado distintos.
Pero si pasa... lo voy a entender. Te voy a decir por donde es, Malik.
Pero te pido un favor: nunca llegues a mi casa.
No quiero que me veas entrar, ni que oigas los gritos de mi mamá, ni que veas esa miseria de cerca.
Si alguna vez llegas hasta allá y decides darte la vuelta... no te voy a echar la culpa.
Sentí un nudo en la garganta. Esa confesión fue más dura de lo que me imaginé. Le agarré la mano sobre la mesa y se la apreté fuerte para que sintiera que yo estaba ahí.
—Mírame —le dije despacio—. A mí nada de eso me importa. Te quiero es a ti. Si crees que ese mundo tuyo me va a espantar, es que todavía no me conoces. No me voy a decepcionar, porque eso no cambia quién eres tú.
Génesis cerró los ojos y dejó que se le escapara una lágrima.
—Ojalá lo creas siempre… —susurró.
La abracé ahí mismo en la heladería, sin que me importara quién nos estuviera mirando.
La pegué a mi pecho como queriendo protegerla de su entorno.
Pero mientras la tenía en mis brazos, no pude dejar de pensarlo.
Pensé en mis dieciocho años recién cumplidos, en el control que creía tener sobre las cosas, y me entró una curiosidad enferma por ver ese mundo con mis propios ojos.
Ella me había pedido que no fuera, pero yo era Malik Murad.
Quería ver ese lugar, necesitaba comprobarlo por mí mismo.