CAPÍTULO 28
Esa noche no pude pegar el ojo. Me quedé tirado en la cama, mirando al techo con el celular en la mano. Todo estaba en silencio; mi mamá y el resto de la familia dormían, ajenos a que yo estaba ahí, con el corazón acelerado, pendiente de una llamada.
De repente, la pantalla prendió. Un número desconocido. Me senté de un brinco.
—¿Aló? —susurré.
—¿Malik? —su voz era un hilillo apenas perceptible, pero vibraba con una chispa que nunca le había escuchado—. Estoy metida bajo las cobijas. Me siento como una criminal.
Me reí bajito, recostándome contra la pared, sintiendo un alivio que me recorrió todo el cuerpo.
—Si supieras cómo me siento yo… tengo el pecho que me va a estallar. ¿Ya lo tienes?
—Sí… —escuché cómo se removía entre las sábanas—. Me quedé mirándolo como una hora, antes de meterle la batería y prenderlo. Es un secreto pesado, Malik.
—Nadie se va a enterar, Génesis. Ese celular es nuestro refugio.
Hubo una pausa, y supe que estaba sonriendo.
—¿Sabes qué es lo más chistoso? —dijo, cambiando el tono—.
Que ahora no tienes que esconderte en los pasillos del almacén para hablarme.
Me gusta saber que estás ahí, lidiando con tu tío mientras yo estoy aquí, libre de cajas y de gente.
¿Sigues poniendo esa cara de tipo malo frente a los clientes?
Porque, te digo la verdad, a veces me dan ganas de reírme cuando te veo tan serio, como si fueras el dueño del mundo.
—¡Oye! —protesté, aunque sin poder evitar una sonrisa—. Esa cara es necesaria. Si me ven sonriendo, me pierden el respeto.
—Pues conmigo no funciona eso, "tipo rudo" —se burló ella con un sarcasmo que me dejó desarmado—. Conmigo te pones tierno y hasta te ríes. Si la gente supiera que el "temible Malik" tiene voz de niño cuando está a solas conmigo, no te tomarían en serio.
—Eso es porque contigo no tengo que demostrarle nada a nadie —le contesté, dejando que la gallardía volviera a mi tono—. Además, me gusta que seas la única que ve esa parte. ¿Qué haces ahora que tienes tiempo libre? ¿O sigues ahí, siendo la niña buena que cumple órdenes?
—Nada de eso —respondió ella—. Aparte de mis deberes, algunas veces me la paso leyendo o sentada en la terraza, soñando despierta. ¿Quieres saber qué me imagino?
Cerré los ojos, tratando de descifrar qué pasaba por su mente en ese momento, porque para mí, Génesis siempre era un libro cerrado que moría por abrir.
—Dime —le dije, bajando el tono de voz, como si el simple hecho de hablar de sus sueños fuera un secreto entre los dos—. Siempre me he preguntado qué es lo que esconde esa cabecita cuando te quedas así, perdida. ¿Qué te imaginas?
Ella soltó una risita suave al otro lado de la línea, antes de continuar:
—A que un día no estaré en este puerto. Quiero ser arquitecta, Malik.
Quiero diseñar casas, pero mi verdadero sueño es tener una cafetería, pequeña, llena de plantas, con un olor a café tan fuerte que despierte a todos en el pueblo.
Y quiero que los hombres que lleguen con sus novias puedan comprarles una plantita ahí mismo. Muy tonto, ¿verdad?
—¿Tonto? Me parece un planazo —le dije, sintiendo cómo me imaginaba ese lugar—. Imagínate, la mejor arquitecta del país haciendo cafés y regalando vida. Me gusta.
—¿Y tú? —me preguntó ella—. ¿Cuál es el plan del tipo rudo cuando no estás vigilando el negocio de su tío?
Me quedé callado un momento, mirando el techo de mi habitación. Nunca le había confesado esto a nadie; en mi mundo, tener sentimientos que no fueran sobre dinero o poder era una debilidad que nadie podía conocer.
—Tengo una guitarra en el fondo de mi cuarto —solté, bajando la voz—.
Me paso las noches sacando acordes, intentando que suenen a algo importante.
Me apasiona la música, Génesis. Es lo único que me hace sentir que no estoy atado a las exigencias de mi familia.
Mi sueño es ser un músico de talla alta, que todos sepan quién soy por lo que compongo y no por el apellido que cargo.
Hice una pausa, y por primera vez dejé que mi mente divagara fuera de esas cuatro paredes.
—Y si eso no sale... —continué con una risa amarga—, me gustaría ser la sombra del presidente de la República, escolta de los grandes, alguien que se mueva entre el poder, pero con sus propias reglas.
O simplemente... no sé, coger mi moto, llenar el tanque y perderme por todas las ciudades de este país.
Viajar hasta que la gasolina se acabe y el nombre de mi familia no signifique absolutamente nada para nadie. Escapar, ¿entiendes? Solo eso.
Hubo un silencio largo, de esos que por teléfono se sienten pesados, cargados de cosas que no nos atrevíamos a decir en voz alta.
Escuché su respiración, pausada, y por un momento me imaginé que estaba ahí, al otro lado de la línea, con los ojos cerrados, tratando de procesar que el "tipo rudo" tenía un corazón lleno de sueños que no encajaban en esta ciudad.
—¿De verdad harías eso? —susurró ella, y noté que su voz había perdido esa seguridad juguetona de hace un momento—. ¿De verdad te irías de aquí si pudieras?
—Daría lo que fuera —respondí, esta vez con una firmeza que me sorprendió incluso a mí—.
Este puerto me asfixia, Génesis. A veces siento que las paredes de ese negocio y las expectativas de mi padre me van a terminar enterrando vivo.
Lo único que me mantiene cuerdo es saber que, en algún punto de este mapa, tú también estás mirando el horizonte pensando en salir.
Eso me hace sentir que no estoy solo en esta locura.
Ella se rio, pero fue una risa triste, de esas que parecen una despedida anticipada.
—A veces pienso que los dos somos náufragos, Malik. Pero tú tienes un bote de salvamento y yo apenas estoy aprendiendo a nadar.
—Pues no te sueltes —le dije, mi voz endureciéndose, volviéndose más autoritaria—.
No te atrevas a soltarte, porque si tú te hundes, yo me hundo contigo.
Y te juro que no voy a dejar que eso pase.
Si tengo que enseñarte a nadar, si tengo que fabricarte ese bote yo mismo, lo haré.
Pero tú y yo vamos a salir de aquí, aunque el mundo entero se ponga en contra.
—Hablas como si tuvieras el control de todo —replicó ella, aunque pude notar una sonrisa en sus palabras—. Eres muy joven para cargar con tantas promesas, Malik.
—No son promesas, es una advertencia —dije, sintiendo que esa vena posesiva empezaba a palpitar en mis sienes—.
En este puerto todos dicen que soy igual a ellos, que terminaré siendo un hombre de negocios sin alma.
Pero tú eres la única que ha visto lo que hay detrás de la fachada.
Y eso, Génesis, te hace peligrosa para mí. Te hace mía.
La línea volvió a quedar en silencio. Sabía que me había pasado de la raya, que le había mostrado demasiado de esa oscuridad que yo mismo intentaba domar.
Pero no me importaba. A mis diecisiete años, estaba convencido de que esa conexión era el único terreno firme que tenía en una vida que parecía hecha de arena.
Dejé escapar un suspiro, relajando los hombros, sintiendo que, por primera vez en toda la noche, mi voz sonaba a alguien que no tenía nada que ocultar.
—Eres increíble —respondí, con un tono mucho más suave, dejando atrás el desafío para dar paso a la verdad—. Me gusta tu sarcasmo, arquitecta. Me haces falta.
—¿Te hago falta? —su voz cambió, volviéndose un poquito más grave, como si se estuviera acercando más al micrófono—. ¿O es que ya te aburriste de los clientes amargados del almacén y no tienes a quién molestar?
—No te hagas la difícil, que sé que te encanta que te moleste —le devolví el golpe, riendo—. Lo que pasa es que desde que no te veo caminando por el centro, siento que el almacén está más gris. Y eso que solo han pasado unos días.
—Ay, Malik, qué mentiroso eres —dijo ella, pero pude escuchar el sonrojo en su voz—.
Pero bueno, te la paso porque hoy me pillaste de buenas.
¿Sabes? A veces, cuando me siento distraída, me quedo pensando qué estarás haciendo.
Si estás peleando con alguien o si estás ahí, con esa cara de pocos amigos, contando los minutos para que te dejen salir.
—Casi siempre estoy contando los minutos, pero para llamarte —admití, bajando la guardia por completo—.
Es extraño, ¿sabes? Nunca me había sentido tan cómodo hablando con alguien.
Normalmente, con el resto de la gente, siento que estoy actuando, que tengo que llevar una máscara.
Contigo… contigo hasta se me olvida que tengo que parecer duro.
—A mí me pasa lo mismo —susurró, y esta vez no había rastro de timidez, solo una honestidad brutal—.
Contigo me siento... no sé, como si pudiera decir cosas que normalmente me trago.
Eres como una válvula de escape, Malik. Aunque a veces me das un miedo terrible, porque siento que contigo no hay término medio: o todo es increíble o todo va a terminar en un desastre.
—Pues quédate con lo increíble, que de los desastres ya me encargo yo —le respondí, sintiendo una punzada de protección—. Confía en mí, Génesis. En este puerto todo el mundo espera algo de nosotros, pero aquí, en esta llamada, solo existimos nosotros dos.
Hablamos durante horas, olvidándonos del mundo, de las expectativas y de los problemas.
Ella era inteligente, atrevida cuando se sentía segura, y tenía una forma de ver las cosas que me hacía cuestionar todo lo que creía saber sobre este puerto.
Ya no era la chica callada que se escondía tras los estantes; era una mujer con una chispa que, si alguien más la veía, se daría cuenta de que era ella la que realmente llevaba las riendas de la conversación.
—Malik… —susurró ella al cabo de un buen rato, cuando el celular empezó a fallar—. Tengo que colgar, o van a empezar a sospechar.
—Mañana a las siete, nos encontramos en el muelle —le dije, con esa seguridad que me nacía cuando se trataba de ella—. Sé que es arriesgado, pero no acepto un no.
—Como mande, patrón —respondió ella, y pude sentir la sonrisa a través del auricular.
—Así me gusta, futura arquitecta —le respondí, lleno de orgullo—. Sueña conmigo, ¿oíste?
—Ya lo hago —respondió antes de colgar.
Me quedé mirando la pantalla apagada por un buen rato, sintiendo el aparato caliente en la mano.
El 2005 empezaba y, por primera vez, no sentía el peso de la soledad.
Ella creía que yo le había regalado un juguete caro; lo que no sabía era que ella me había regalado a mí la primera noche en la que de verdad no me sentí solo.
Me acomodé mejor en la cama, dejando el celular a mi lado, al alcance de la mano.
Aunque el silencio de la casa me recordaba que mi familia no tenía idea de la guerra que yo estaba librando para poder estar con ella, esa noche me sentí invencible.
Mañana tenía que volver al almacén, aguantarle el genio a mi tío y seguir esquivando las miradas de mi papá cuando regresara, pero todo eso, de repente, se sentía como un precio barato de pagar por lo que acababa de vivir.
Cerré los ojos con una sonrisa, esperando que pasaran las horas lo más rápido posible. Ya no era solo la niña que veía de lejos; era mi confidente, mi cómplice y, aunque ella todavía no lo supiera, era la persona por la que estaba dispuesto a mover cada pieza de mi vida.